Se sienta a su lado, toma la guitarra y da rienda suelta a una tonada. El canto de Marcelino parece vencer al alzheimer de Isabel. Ella, a pesar de su desmemoriada y descontrolada mente, lo mira fijo a sus ojos y tímidamente goza cada punteo de la guitarra y cada una de las palabras de la canción. La música parece ser lo único que los conecta.


Marcelino Federico Castro e Isabel Narcisa Rodríguez viven juntos en una humilde vivienda de la Villa Lourdes, en Rivadavia. El hombre, de 76 años, cuenta que se conocieron cuando eran vecinos. Desde su casa veía pasar a su enamorada cuando iba a buscar agua a un surtidor público que había en una de las esquinas del vecindario. “Ahí le eché el ojo”, relata entre risas.


Isabel, antes de empezar su relación con Marcelino, sufrió un gran golpe en su vida. Su expareja y padre de 6 de sus hijos falleció por problemas con el alcohol. Sin embargo, al poco tiempo volvió a sonreír, pues el amor tocó nuevamente su puerta. Marcelino apareció en su vida para no irse más: el 25 de agosto de 1977 se casaron y desde entonces no se separan. En marzo cumplirán 40 años de casados.

En familia. Marcelino e Isabel están por cumplir 40 años de casados. Su familia está siembre cerca.


Tuvieron 4 hijos, aunque Marcelino se hizo cargo de los otros 6. Al tener que mantener una decena de criaturas, la vida se hizo muchas veces cuesta arriba. Se las arreglaban para sortear problemas económicos. Mientras ella se pasaba horas y horas trabajando como empleada doméstica, él se ganaba la vida bajo los parrales. “Hasta solíamos hornear pan y semitas para vender”, comenta Marcelino. Así, su vida fue una lucha constante.


Pero había algo que calmaba todos los problemas, una pasión que los hacía volar hacia otra dimensión: cantar, eso les daba felicidad pura. El hombre tomaba su guitarra y no había quién lo pare. La mujer se prendía a dúo y se encargaba también de deleitar con el baile. “Hemos llegado a ir a cantar hasta a Chile. Si nos habremos ganado aplausos”, dice Marcelino sacando pecho de su talento, que desde chico lo fue afinando cuando canturreaba en los campos de Media Agua, donde fue criado. 


Ya de grandes, se floreaban en los centros de jubilados. Todos, absolutamente todos, quedaban fascinados con las serenatas y las tonadas que emprendían a dúo. Sin embargo, una inesperada enfermedad sorprendió a Isabel, y ya nada fue igual. 

 

La conexión del amor. Marcelino le canta a Isabel y ella parece volver a la realidad cada vez que escucha los acordes de la guitarra de su esposo. Es un momento mágico para el matrimonio.
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Cuando pasó los 65 años, sus hijos comenzaron a notar conductas raras en ella. “Nos empezamos a dar cuenta que escondía bolsitas y guardaba tapitas y juguetes”, relata una de sus hijas. Eso los alertó, por lo que la llevaron al médico, que fue quien descubrió el alzheimer de Isabel. 


Ahora, a sus 74 años, tiene la enfermedad controlada. Casi no habla y, si lo hace, enuncia incoherencias y frases fuera de contexto. Tiene sus brazos quebrados y una mano entumecida. Camina muy poco, le tienen que dar de comer en la boca y hasta bañarla. Está todo el tiempo con un muñeco a su lado, pues cree que es su hijo. Se pierde y se olvida de quiénes son los que están a su alrededor. 


Sin embargo, hay una persona de la que nunca se olvida: Marcelino. Cuentan sus hijos que una vez se escapó de la casa para buscar a su marido, que estaba en el centro de jubilados. Claro, nunca lo encontró porque su enfermedad la llevó a perderse a kilómetros de su vivienda, pero ella lo seguía buscando.


Puede el alzheimer sumergirla en las tinieblas del peor de los olvidos, pero cuando su compañero de vida arranca una de esas tonadas que ella solía cantar, es como si el canto se filtrase por entre su sangre y llegase a su corazón. Como si se acordara de todo lo que han vivido, acaricia su vieja guitarra, sigue el ritmo con los dedos y se le forma en su rostro una sonrisa que eriza la piel. “Cuando yo le canto se pone contenta, le gusta mucho”, dice Marcelino emocionado. Es lo único que la hace reaccionar, su canto de amor que vence al olvido.