La batahola que generan los niños corriendo, chapoteando, gritando y saltando se detiene en seco. El silencio gana el camping y sólo se escucha algunos aplausos aislados cuando las conservadoras comienzan a recorrer las mesas. Después, sólo se ve bocas llenas y brindis con sachés de jugo. Así pasan los mediodías los niños que asisten a una de las colonias de vacaciones, quienes agradecen el almuerzo que les sirven para renovar las energías perdidas a lo largo de la mañana.

La primera comida que reciben los niños es el desayuno. Y siempre el más festejado es el que incluye chocolate recién hecho, que llega a los campings en termos de 5 litros. "Hoy, por ejemplo, repartimos 12 termos de estos y los chicos tomaron el chocolate felices. También les dimos un sánguche de tortita con queso", cuenta Alejandro Ponce, uno de los encargados de repartir la comida en la colonia del Camping de Suboficiales de la Policía, de Capital.

Sin embargo, el gran cambio de la colonia llega cuando los chicos se disponen a almorzar. Pasado el mediodía, las conservadoras están listas en el buffet. "A veces recibimos comidas frías, como hoy, por ejemplo, que tenemos tarteletas de jamón y queso. Otras, en cambio, tenemos hasta pastas, como tallarines o ravioles con boloñesa, en esos días recibimos también platos y cubiertos para que los chicos coman", comenta Ponce. Y cuenta que "los menúes son preparados por nutricionistas y hay dos cocinas en las que se prepara el desayuno y el almuerzo para todas las colonias del Gran San Juan y sus alrededores. Los departamentos alejados tienen sus propias cocinas".

Los profes dan la orden y los chicos colaboran trasladando cada uno su silla hasta la mesa, después todos se sientan separados en grupos, tal como están ordenados durante toda la jornada. Aunque también hay niños que ensayan picnics sobre los toallones. En ese momento, el camping parece detenerse. Charlas y chistes acompañan la espera y ni bien los profes llegan para comenzar con el reparto de la comida los más hambrientos aplauden. En general, todos los chicos comparten, agradecen y no hay quien se queje porque no le gusta el menú. Eso, a pesar de que todos comen lo mismo, salvo los niños que padecen enfermedades, como celiaquía, que tienen comidas especiales.

El almuerzo pasa rápido y después, ya con la panza llena, los chicos ayudan a llevar las sillas a su lugar y arman sus mochilas para subir a los colectivos que los llevan de regreso a sus casas.