El flaco se acurruca adentro del camperón, bajo la luz amarillenta del fluorescente. Tirita, y no sabe si es por los menos de diez grados de la medianoche o por los nervios. "No sabés lo que te cansa vivir todos los días con el Jesús en la garganta -dice-. Es como que todos los días en el diario a vos te dijeran «mañana te echamos, mañana te echamos»". No da su nombre. Tampoco quiere que en las fotos se vea su carro de panchos. Pero sí confiesa una intimidad: hace muy poco tuvo que entregarle nomás su teléfono celular al proveedor de salchichas para pagar en especie una deuda de 250 pesos. Y también muestra dos papeles que cuelgan de su carro, la nota de DIARIO DE CUYO que reveló que el municipio capitalino desterrará a los pancheros y choripaneros del Parque de Mayo, y una planilla casi llena con firmas de clientes que piden lo contrario.
Así resisten ahora, tras leer las declaraciones del secretario de Gobierno de la Capital, Ricardo Pintos, quien dijo que los levantarán a todos y luego buscarán reubicarlos en un futuro patio municipal de comidas. En los carros que están en el perímetro del parque hay planillas. Algunas, con manchas de aceite. En todas hay firmas de habitués del mundo choripanero. Y las encabeza, bajo el título de "Apóyenos", el siguiente texto: "Los firmantes de esta nota avalan y apoyan nuestra continuidad y permanencia de nuestro servicio en la venta de panchos y chori, dando la posibilidad accesible al público del consumo y comodidad. Sin su apoyo quedan nuestros hijos sin el sustento diario".
Un hombre, que llegó con toda su familia a uno de los carros que ponen mesas y sillas entre la vereda y la banquina, se levanta y firma. La mujer que lo atiende le explica el conflicto. Ella tampoco quiere que su nombre sea publicado. Sólo dice que es una de los pocos "fijos", que llevan de 2 a 11 años en el parque. Lo dice para diferenciarse bien de los "golondrinas", sus enemigos naturales: "Vienen un día a la semana -los describe-, te hacen fuego ahí nomás, en el pasto, dejan todo lleno de basura y se van. Y no tienen ni agua, y nos hacen competencia con los precios". La mujer también está a la expectativa: "Hay muchos que no están en condiciones, pero nosotros sí. Lo único que queremos es seguir trabajando".
Por Las Heras, el olor del aceite quemándose se enrosca con el de la cloaca, que todavía reina en esa zona de paseos públicos. Está por ser la 1 y todavía la clientela aparece contada con los dedos. "Lo movido está en la madrugada, después de las 4, a la salida de los boliches", cuenta Rafael, las manos envueltas en guantes de polietileno, el delantal sobre el pulóver, la gorrita ajustada porque el aire frío se mete con ganas. Está a bordo del Chorisaurio, un carro al borde de lo mítico que exhibe, entre las bandejas de cartón y los pomos de aderezos, el cartel con la leyenda "Quien procura precio, nunca adquiere calidad". Rafael hace números: en madrugadas de fin de semana, el carro genera hasta 900 pesos, de los que la mitad es ganancia. El resto de las noches, se llega a 150 ó 200 en total. Pero se aguanta. "Acá no se hace nada malo -dice-, si nos quieren cobrar impuestos, pagaremos; acá el tema es que nos dejen laburar".
Rafael no es propietario. En el carrerío conviven dueños, arrendatarios, empleados y amigos. Se conocen entre todos. El año pasado se autocensaron y vieron que entre los fijos del parque y de la Plaza España sumaban 14.
Entre ellos está La Lucía. O Lucy, como le dicen a la dueña, arregladora y mandamás absoluta del carro. "Con esto no me falta ni una monedita -cuenta-. Sé lo que es pelear la calle, tengo 3 hijos, vendí ropa, vendí cosméticos, este es el primer trabajo en serio que tengo. Si me sacan esto, me sacan todo". Lucy rescató el carro del óxido, lo resucitó con sus manos y hoy tiene medidor propio de electricidad, boleta de la luz, mesas, sillas y un orden impecable. Hasta el logo de La Lucía bordado en la cofia. "Si no fuera por este carrito…", dispara retórico Eduardo, el padre de 7 niños que trabaja con ella.
En la esquina de Félix Aguilar y 25 de mayo está Asadito. Célebre por sus costillares y puntas de espalda, todo cierra cuando José Luis, choripanero trasnochado, revela que es cheff. Con certificado del Instituto Gastronómico Argentino y todo. Pero, así como detallista en la esencia del chori, es radical en sus decisiones: no junta firmas. "Si me sacan, me voy enfrente -asegura-. Y si me sacan de enfrente… y bueno, me vuelvo acá".

