Ya no dormía sobre la cama de ninguno de ellos ni los iba a recibir cuando llegaban del trabajo. Tampoco los correteaba por el patio para que le hicieran cosquillas en la panza o le dieran una galleta. Pero seguía en la casa, aunque encerrada en una caja de vidrio. Es Josefina, una perra que por 14 años convivió con la familia Maffezzini. En el 2000 falleció a consecuencia de un problema hepático y sus dueños decidieron embalsamarla para evitar el dolor de la despedida. Ahora, la donaron al museo Einstein, en Rivadavia, para que todos conozcan su historia.
A Mariela Maffezzini aún le tiembla la voz cuando habla de Josefina. Dijo que llegó en un momento muy triste de su vida, pero que con sus travesuras logró arrancarle una sonrisa. “Yo tenía un conejo de mascota al que amaba, pero me lo mataron unos perros. Por eso mi papá me trajo de regalo a Josefina, que era una mezcla de salchicha con otra raza desconocida. Tenía el tamaño del control remoto. Ni bien la alcé me mordió la oreja y me hizo reir. Desde entonces nos hicimos inseparables”, dijo la mujer.
Con el tiempo, Josefina se transformó en el integrante más mimado de la familia. Los Maffezzini hasta sacrificaron las vacaciones familiares para no dejarla sola. “Como en esa época no te dejaban viajar con animales en colectivo, mi papá se quedaba en la casa durante las vacaciones para acompañar a Josefina, mientras que con mi mamá y mis dos hermanos nos íbamos de viajes. Igual todos los días llamábamos a mi casa para saber cómo estaba la perra y escuchar sus ladridos”, contó Mariela.
Tanto amor hacia esta mascota fue más que justificado. Es que Josefina hasta se encargaba de avisar cuando el hermano más chico de los Maffezzini iba a padecer un ataque de epilepsia. Mariela contó que unos minutos antes de que ocurriera este suceso, la perra ladraba sin parar y corría hasta donde se encontraba el chico. “Parecía que quería hablar, era increíble. El aviso nos servía para buscar a mi hermano y tomar las precauciones necesarias antes de que sufriera un ataque”, agregó la mujer.
En el 2000 Josefina comenzó a sentirse mal a raíz de una infección en el hígado. La internaron de urgencia, pero no pudo revertir su situación. Tras tres días de agonía falleció. Pero no se fue sin despedirse de su familia. “Esa mañana estaba en mi habitación y de repente entró por la ventana una luz intensa. Me asusté y pensé en Josefina. Fui corriendo hasta la veterinaria y me dijeron que había muerto. Falleció a las 6, a la misma hora que vi la luz en mi habitación”, dijo Mariela.
Los Maffezzini sepultaron a Josefina en el jardín de su casa, pero no soportaron el dolor de no de verla. Por eso decidieron, al día siguiente de su muerte, hacerla embalsamar. Luego la pusieron en una vitrina de vidrio y en la sala principal de la casa. Ahí estuvo por 15 años y hasta que decidieran donarla al museo Einstein, en la Quebrada de Zonda. El fundamento: que todos los sanjuaninos la puedan conocer.

