El cielo estaba cubierto de estrellas y no había ninguna nube que las cubriera. A su lado, la Luna grande, llena, iluminaba todo el paisaje. Abajo el agua del Dique de Ullum reflejaba el brillo de las luces que rodean el espejo. Y adelante, la escalera: el cerro con sus sectores de tierra suelta y sus rocas, estaba dispuesto a llevar a los visitantes hasta un punto en el que estuvieran más cerca de la Luna. Así estaba dispuesta la naturaleza para el ascenso al cerro Tres Marías, sobre la quebrada de Zonda, en la noche y a la luz de la Luna llena.

Los seis visitantes llegaron por la noche a la base del cerro, en el paredón del Dique de Ullum, y emprendieron un viaje en subida que les llevaría 50 minutos. Comenzaron ascendiendo con fuerza y energía para encarar el sector empinado de arena suelta que cubre el primer tramo del Tres Marías.

A pesar de ser una noche de otoño, la montaña servía de reparo y el clima era más bien cálido detrás de las rocas. La subida demandaba esfuerzo y el camino, toda la atención. La Luna se veía cada vez más grande y más cercana y, en contraposición, el paisaje de abajo comenzaba a hacerse más pequeño y lejano.

El lucero nocturno era tan intenso que las linternas permanecían apagadas, no eran necesarias. Y cuando alguien encendió una de ellas recibió la negativa del grupo, es que la luz artificial resultaba molesta en las pupilas que se habían adaptado a la luz natural y encandilaba haciendo que el camino se volviera más difuso.

Al parar para descansar comenzó a notarse la altura. La central hidroeléctrica del dique era lo más visible, por su iluminación. Y aparecían las primeras luces del pueblo de Ullum y el de Zonda. La superficie se asemejaba a una postal, todo estaba inmóvil, salvo por los pequeños reflejos del agua, que apenas se movían, y por una que otra luz de los autos que transitaban la ruta que va al dique.

El camino siguió y el cambio más visible en el clima llegó después de pasar por un portezuelo que llevaba a un descenso sobre la montaña. El aire se sintió un poco más fresco y parecía que la Luna se había encendido aún más, por lo que el camino se volvió mucho más claro y visible.

La cima, con una superficie perfectamente plana, no estaba tan alta, sólo a 1.100 metros sobre el nivel del mar. Pero fue la altura suficiente para contemplar mucho más de cerca la Luna redonda y el brillo del dique. Hasta ese momento las vistas de los caminantes se habían dirigido al Oeste y al Norte, donde está el dique y la base del cerro. Pero al mirar hacia el Este, todo cambió: la ciudad quedó a los pies y sus luces formaron una alfombra de estrellas titilantes que parecían estar en constante movimiento. Allí, el aire se sentía completamente limpio y los ruidos eran escasos, sólo se podía percibir el bramido lejano de los vehículos.

Después del descanso, de contemplar el paisaje y de recobrar fuerzas con un buen asado en altura, el grupo emprendió el regreso. El descenso sólo demandó media hora. Había que controlar el cuerpo para no bajar prácticamente corriendo y, mucho más, para no bajar rodando por la pendiente. Los tobillos parecían bailar entre las rocas del suelo y el camino demandaba más concentración que en el viaje de ida a la cima.

Al llegar a la superficie todo volvió a la normalidad. La Luna quedó lejana y todo lo que hay sobre el piso tomó su dimensión natural. Sólo se mantuvo la satisfacción de haber llegado a la meta y de que el esfuerzo tuvo un premio muy gratificante: acercarse a la Luna y tener la alfombra de estrellas a los pies.