En artículos anteriores me referí a la transmisión de la fe en la familia a través de la oración en familia y del estudio de la doctrina católica en el hogar. En esta oportunidad quiero referirme a la vivencia del Evangelio, pues la familia que reza, la familia que estudia su fe, también sabe vivir aquello que ha llevado a la oración y busca aplicar lo que ha conocido gracias a la ayuda de la gracia de Dios.
La familia como "primera escuela de vida cristiana" (Catecismo, 1657) es el mejor ámbito natural para aprender a vivir como hijos de Dios: "Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado y, sobre todo, el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida" (ídem). La perfección del hombre se logra en la práctica de las virtudes; el hombre santo es el hombre virtuoso. "Obras son amores" dice un conocido refrán y el amor que no se traduce en obras es falso. La familia es así escuela de santidad y "escuela del más rico humanismo" (Concilio Vaticano II, GS, 52), "célula primera y vital de la sociedad y de la Iglesia" (Juan Pablo II, FC, 42) ámbito insustituible para crecer como persona.
La familia es la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. En efecto, el ser humano es esencialmente un ser que se ha de educar. El niño viene al mundo para realizarse como persona y a través de la educación familiar se aprenden las virtudes sociales indispensables para la vida individual y colectiva, donde el hombre aprende a comunicarse, a humanizarse, a amar y a forjar su futuro; es en la familia donde el hombre adquiere los principios fundamentales de convivencia que luego podrá difundir en la sociedad. Una sociedad anda bien cuando sus miembros son individuos virtuosos y honrados, si obedecen las leyes, si son respetuosos y justos, si procuran el bien común de la sociedad, si practican virtudes fundamentales como la responsabilidad, la honestidad, la idoneidad, la solidaridad, y tantas otras. La familia es una comunidad de humanización y de virtudes, un auténtico "útero espiritual" donde se aprenden los valores y virtudes básicas de convivencia.
En este Año de la Fe recientemente comenzado, los padres debemos educar en la práctica de la fe a nuestros hijos. Las indicaciones que podrían ofrecerse son muchas, pero señalamos las siguientes: A) La práctica del Evangelio traducida en la vivencia de los diez Mandamientos y de las enseñanzas morales que encontramos en la Santa Biblia y que la Iglesia nos explica en el Catecismo, actual legado del beato Juan Pablo II. Vivir de acuerdo a la Ley de Cristo es permitirles a los hijos encontrar en la familia un auténtico "Evangelio vivo". B) El Catecismo enumera la práctica de las "obras de misericordia" que ilustran ampliamente cuál es el modo de vivir la caridad según el Evangelio. El primer ámbito de aplicación, desde luego, es el de la propia familia. Vivir el Evangelio implica crear un clima en el hogar en el que se lleva a la práctica la Caridad: el amor se aprende, se hace vida, cuando los hijos ven el ejemplo de sus padres. C) La práctica de las virtudes humanas y cristianas en el hogar es el testimonio que forja a los grandes hombres. Los hijos que ven en sus padres estas actitudes profundas y sinceras, más allá de las palabras, entienden lo que significa seguir a Cristo.
(*) Profesor. Bioquímico. Escritor. Instructor de métodos naturales de planificación de la familia.
