Llegaba el momento de los últimos acordes, que sonarían una, dos, tres veces. Los coreutas se pusieron más firmes, las primeras voces levantaron el mentón y los instrumentistas empezaron a mover más rápido sus dedos. Todos tomaron aire y el director comenzó a elevar su brazo, cerró el puño y llevó su mano derecha a lo más alto. El sonido se escuchó cada vez más fuerte, más sentido. Hasta que la mano se abrió, volvió a cerrarse, formó un círculo y cayó. En una coordinación perfecta, la música se detuvo en seco y la adrenalina explotó para transformarse en silencio, por unos segundos.
Así se vivió el final de los dos himnos, el Nacional y Provincial a Sarmiento, anoche, frente a la Casa Natal del Maestro de América. Y ese momento llegó a cada punto del país, en cadena nacional, para conmemorar el aniversario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, en el año del bicentenario de su natalicio.
El reloj marcó las 0 y el engranaje se puso en marcha. La orquesta pareció latir al son de las canciones patrias, tan coordinada como el funcionamiento de un reloj. El centenar de artistas tenía el pecho inflado. Detrás de ellos, la casona blanca de techo alto en la que nació el Maestro de América, se alzaba imponente.
Su protagonismo se notó, sobre todo, con la interpretación del Himno a Sarmiento. En ese momento, el cantante Alberto Figueroa se vio parado frente a la simbólica higuera y el orgullo sanjuanino se hizo sentir. Como los integrantes del coro, el cantante usó el poncho provincial, él lo llevaba colgado en el hombro, sobre el costado del corazón. Mientras, los compases del himno sonaban impregnados por el ritmo del folclore cuyano.
Durante la entonación del Himno Nacional, Víctor Heredia permanecía serio, compenetrado y sólo movía lentamente sus dedos mientras cantaba la canción patria. Por su parte, los miembros del coro y las voces principales mantenían su cuerpo firme, casi inmóvil.
El grupo se fusionó a la perfección y todos sus miembros mantuvieron sus ojos clavados en el director, que actuaba de un modo completamente opuesto al de ellos. Gustavo Plis Sterenberg se movía sin parar. No sólo marcaba cada pulso con sus manos y su batuta, sino también con sus piernas y su torso. Gesticulaba tanto, que en su cara se podía ver la fuerza de cada indicación.
El sonido llegó a su punto más álgido al final de la interpretación. Cuando la explosión de movimiento, música y voces cubrió el espacio. Y la emoción contenida durante los 7 minutos que duró la presentación, estalló con el estrepitoso aplauso de las alrededor de 1.000 personas del público, aunque eso no se vio en la transmisión televisiva. Y también, con el agradecimiento de los artistas.

