�Letizia Ortiz Rocasolano, una periodista plebeya por nacimiento y futura reina consorte de España, parece destinada por su historia y convicción a acercar la desprestigiada monarquía a las calles.
Hace sólo una década seguramente hubiera estado detrás de los micrófonos narrando por televisión la abdicación del rey Juan Carlos y el ascenso de quien ahora es su marido, Felipe. Pero su historia comenzó a dar un giro de 180 grados cuando fue a cenar a la casa de un compañero de la Televisión Española (TVE) y le presentaron al príncipe.
Procedente de CNN, en TVE cubrió grandes acontecimientos, como los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York.
Cuando estaba en la cúspide de su ascenso, la historia cuenta que se enamoró de su príncipe y el 22 de mayo del 2004 se casó. A partir de ahí, dejó de dar noticias para convertirse en noticia.
Comenzó a emerger, entonces, una figura menos rígida a la de la realeza. Así se la vio apoyando renovaciones tecnológicas, interesada en enfermedades raras, y a la vez rompiendo el protocolo para ir al cine.
Letizia, de 41 años, ha mostrado un espíritu crítico y ha hecho gala de libertades que jamás hubiera soñado su suegra. Aún así, los españoles no parecen quererla mucho. Pese a sus esfuerzos para asimilarse a la nobleza sin traicionar sus orígenes, como ella se lo ha propuesto, compite con su suegro como el miembro de la familia real peor valorado por su pueblo. Pese a ello, Letizia, junto a Felipe, sigue tratando de llevar una vida normal, más alejada de fastuosidades.
