Sus padres les inculcaron que el trabajo es la única herramienta para salir de la pobreza y convertirse en hombres de bien. Y ellos pusieron en práctica esta consigna desde muy chicos. Realizaron diferentes tipos de changas para ayudar a sus familias a salir de los problemas económicos y con el tiempo se convirtieron en personalidades reconocidas en el ámbito local. Así, Ricardo Bustos, cirujano y artista plástico; Francisco Martín, sacerdote; Mauricio Muñoz, boxeador; Benito Ortíz, juez; y Ernesto Villavicencio, cantante, le contaron a DIARIO DE CUYO sobre su pasado changarín. A través de sus experiencias demostraron que trabajando se puede salir adelante, superarse y alcanzar el éxito. Esto, en el marco del Día del Trabajador que se celebra mañana.

De semitero a sacerdote

En la década del "50, Francisco Martín llegó de España junto a sus padres y hermanos para instalarse en la provincia en busca de un futuro mejor. El sacerdote contó que llegaron "con una mano atrás y otra adelante’ y que pasaron muchas necesidades en un principio. Su padre comenzó a trabajar en una panadería y esa fue la oportunidad para que Francisco, más conocido como el padre Paquito, también colaborara con los gastos de la casa. "Muchas veces cenábamos una taza de mate cocido porque no teníamos otra cosa. Recuerdo que mi mamá, varias noches a la semana, decía que le dolía la cabeza y la panza y que por eso no iba a comer. Era mentira, lo hacía cuando había poca comida y prefería que comiéramos nosotros. Por las noches, yo no podía dormir pensando cómo ayudar. Se me ocurrió pedir en la panadería donde trabajaba mi padre que me diera más barato las semitas y facturas para venderlas por la calle. Y tuve mucha suerte porque un vecino me prestó una bicicleta para que recorriera una distancia más larga para poder vender más. Al principio me dio un poco de vergüenza gritar "llegaron las semitas’, pero de a poco fui tomando coraje", contó el padre Paquito.

En esa época tenía 12 años. Iba a la escuela en la mañana y a la tarde salía a vender semitas. Así es que aprovechaba la noche para hacer los deberes y estudiar. "No me importaba dormir pocas horas con tal de ayudar a mi familia. Después empecé a vender las semitas y pan casero que mi padre amasaba en la casa. Pero creo que ganaba menos que cuando sacaba los productos de la panadería. Es que, por ejemplo, llevaba 10 semitas y en el camino regalaba la mitad a niños más pobres que yo que me encontraba en la calle. Cuando volvía a casa mi padre me preguntaba cuántas semitas llevaste para vender, y yo le mentía en la cantidad. Siempre le decía que había llevado menos para que me coincidiera con la recaudación. Aún recuerdo que mi padre me decía la única forma de combatir la pobreza y el hambre era el trabajo por más sacrificado que fuera", agregó el sacerdote.

De repartidor de leña a juez

Ni bien es consultado sobre los trabajos que desempeñó a lo largo de su vida, Benito Ortiz, actual juez de Instrucción, enumeró una lista larga y al oírlo dio la sensación de que la estaba leyendo. "Trabajé en la finca cuando era niño. Acarreaba y vendía leña, gameleaba y hasta vendía semitas. Fui obrero de un taller metalúrgico, empleado de una empresa que podaba árboles, preceptor y profesor. Todo hasta a ser abogado", narró sin pausa. Contó que a los 10 años ya ayudaba a su padre en esa finca (foto), sin embargo no recordó a qué edad empezó. "Nací en Valle Fértil y éramos una familia humilde compuesta por 9 hijos, los más grandes teníamos que colaborar", dijo. Y agregó que "en ese momento las cosas eran así. Si uno pensaba en qué quería ser cuando fuera grande se limitaba a imaginar trabajos para los cuales no se necesita estudios. Hacer el secundario y más aún llegar a la universidad era sólo para los hijos de familias de buena posición". Sin embargo, él logró terminar el Secundario. "Por suerte", reflexionó. Y tuvo la chance de llegar a la ciudad por el Servicio Militar. "Cuando me dieron de baja me quedé a trabajar y con lo que ganaba me pagaba los estudios", dijo el hombre que hoy ocupa uno de los cargos más importantes el Poder Judicial y se encarga de casos tan resonantes como el de Ariel Tapia. Y confesó que "nunca se me hubiera ocurrido que podría tener un título universitario".

De vendedor de copitos a boxeador

Mauricio "El NegritoI Muñoz viene de una familia humilde de la que aprendió a rebuscársela como fuera para poder comer. Y a pesar de que ahora triunfa como boxeador profesional su pasado estuvo marcado por las changas. Vendió copitos de azúcar casi 8 años, fue albañil, vendedor ambulante, cuidador de autos y trabajó en una fábrica de reciclado.

Tenía tan sólo 8 años cuando empezó, junto a su hermano mayor, a vender copitos de azúcar. "Íbamos en una motocarga y recuerdo que me encantaba ir a lo que hoy es el barrio La Estación. Salían niños de todos lados y vendíamos todo rápido", dijo Mauricio, que tiene 28 años. Además, recordó que en ese momento le pagaban 6 pesos por día de trabajo. "Era buena plata’, dijo entre risas y contó que ellos cambiaban el copito por una botella y que hace unos meses vio al señor con el que trabajaba y le dijo que quería salir de vuelta a vender copitos para recordar esos lindos años.

Si bien después cambió de trabajos dijo que nunca se fue mal de ningún empleo. ‘Siempre me crucé con gente que me aconsejó y enseñó la importancia de trabajar y no gastarme la plata en cualquier cosa’, dijo y contó que si bien ahora trabaja de lo que más le gusta, ser boxeador es el trabajo más duro que hizo porque está mucho tiempo lejos de su familia. Además, dijo que nunca se avergonzó de sus empleos y que sabe que cuando no pueda pelear más, sus hijos no van a pasar hambre porque aprendió muchos oficios.

De jardinero a cirujano plástico

Ricardo Bustos, hoy cirujano y artista plástico, tenía apenas 7 años cuando decidió trabajar para ayudar a su familia. Dijo que con su primer trabajo no ganaba dinero, pero sí alimentos. Contó que cuando les entregaron su casa propia en villa América, aprovechó para armar una huerta en el fondo. Y que allí plantó desde acelgas hasta melones para el consumo familiar. Ya de adolescente cambió de trabajo, pero porque también cambió de vida. ‘Me fui a Córdoba para estudiar Medicina y por mis propios medios porque mis padres no podían costearme los gastos de estudios. Así que ni bien llegué allá y acomodé mis horarios, salí a hacer changas. Comencé a cortar el césped en las casas vecinas, y como ya tenía mi alma de artista y de cirujano plástico hasta podaba algunos arbustos dándole forma de escultura. Eso les encantaba a las dueñas de casa así que no me faltaba el trabajo. Al principio iba a ofrecer mi servicio de jardinero casa por casa, después me llamaban para contratarme. Pero, como lo que ganaba con este oficio apenas me alcanzaba para pagar el alquiler, me busqué otra changuita. Por las noches trabajaba de mozo en un restorán donde no me pagaban con dinero, sino con comida. Y para mí eso era suficiente. Entre trabajo y trabajo me quedaba poco tiempo para estudiar, así que pasé varias noches en vela para poder cumplir con todas mis obligaciones’, dijo Bustos.

De canillita a cantante folclórico

Ernesto Villavicencio (42), cantante folclórico, integrante del Dúo Los Compadres e hijo del recordado Negro Villavencio, se considera un "busca’ que jamás le esquivó al trabajo. Y aunque en su vida pasó por varias changas, la que recuerda con mayor cariño fue la de canillita, cuando era un chico de entre 10 y 11 años. "Nos fuimos a Buenos Aires con la familia, a principios de la década del "80, y la situación económica por entonces era muy mala. Yo tenía un amigo que trabajaba en un puesto de diarios en Belgrano y un día me dijo que si lo quería ayudar. Así que salía de la escuela, en la tarde, y vendía diarios caminando entre los autos’, recordó Ernesto, papá de cuatro hijos.

"Cantaba algunos títulos y gritaba los nombres de los medios de tirada vespertina. Y para ver si ganaba clientes, en vez decir diarios decía "darios". Lo que junté de plata en los primeros tres meses de trabajo, se lo di a mi papá que un día no sabía de dónde sacar para pagar la boleta de la luz. No me olvido más que se emocionó y empezó a llorar’, contó Ernesto.

El hombre también fue panadero, trabajó en la cosecha de uva, fue locutor y hasta se animó al boxeo. Y aunque ahora además de cantar maneja un taxi, a sus tiempos de vendedor de diarios los guarda con gran cariño en su memoria.