Después de una semana con las puertas prácticamente cerradas a causa de las medidas contra la gripe A, los restaurantes de Ciudad de México iniciaron ayer las labores de desinfección para poder abrir desde este miércoles, aunque con algunas restricciones. El brote epidémico hizo que los locales hosteleros solo pudieran preparar comida para llevar. Tras el descenso de la alerta de rojo a naranja, se les permite dar de comer a los clientes en sus instalaciones, aunque con algunos peros. En el Biko, situado en la “milla de oro” capitalina -la calle Presidente Masaryk, en el barrio de Polanco-, chefs y meseros (camareros) se aprestan a reconfigurar el local y amoldarlo a las nuevas normas. “En el área de comedor no puede haber una acumulación de más de cuatro personas por cada diez metros cuadrados y de una silla a otra tiene que haber 2,25 metros”, dijo a Efe el chef español Mikel Alonso, copropietario del restaurante Biko. A la entrada de cada restaurante existirá un filtro: aquellos clientes que presenten síntomas típicos de un cuadro de gripe tendrán que resignarse a cocinar ellos mismos en su casa, porque se les negará el ingreso. Batas blancas, redecillas para el pelo y mascarillas serán uniformes comunes en los restaurantes, lo que hará pensar a más de uno que está comiendo en un laboratorio de alta seguridad. Los productos porcinos como el jamón ibérico seguirán ocupando su lugar habitual en la carta. Uno de los camareros se queja de que la regulación no alcance plenamente a los vendedores ambulantes de la ciudad. Aun cuando aquellos con puestos fijos no pueden vender comida, los que se desplazan con un carrito o una bicicleta burlan la normativa.
