En Brasil le llaman pebolim, en Uruguay futbolito, en Italia es calcio balilla, en Alemania tischgfussball. Es nuestro querido metegol. Existen reglamentos, pero cada barrio, cada cantina, cada vereda tiene sus propias normas. La ficha en nuestras canchas y estadios habilita siete pelotitas, es tradición bien argentina que el individuo o pareja que pierde paga. A pesar de que exige rapidez de piernas y manos, estas contiendas las pueden practicar los flacos y los gordos, los altos, petizos, adultos, niños, damas, caballeros.

Generalmente los rivales son River y Boca, pero mucha gente se resiste y dedica buena parte de su tiempo a pintar los jugadores con camisetas de otro color, incluso con tonalidades de equipos de provincia.

Todos en nuestros lugares conocemos verdaderos genios de este deporte, delanteros que tienen automatizado el movimiento entre su mente y la mano derecha, para en un solo impulso tocar la pelota desde el win al centrodelantero que remata al gol. Hay especialistas en manejar al arquero y se permiten incluso el lujo de tener un disparo potente desde la portería, otro que saca provecho del remate de su defensor en complicidad con el compañero que le levanta las líneas de mediocampistas y delanteros y si juega solo cruza los brazos, con la derecha ejecuta y con la izquierda sostiene horizontales a los volantes.

Cierto día de un partido en la unión vecinal en pareja con el Jorge y ante la presencia de todas las chicas de la cuadra, me jugué el futuro. Estábamos tres a tres, entonces mirando al cielo cambié un posible amor correspondido para toda la existencia por una quema contra el arco de los mellizos Moreno. La pelota, después de hacer un ruido seco en el fondo del arco, no volvió a aparecer. ¡Gol, gol! ¡Les ganamos! ¡Lo conseguí!, por eso ahora que ya camino lento, no me importa andar solo por la vida.