Aún con los pies descalzos y avanzando casi en cámara lenta para evitar cualquier tipo de impacto en la madera casi bicentenaria, la sensación de pisar suelo sagrado invade ni bien se atraviesa la puerta. Hay tres habitaciones que parecen interminables. Sólo con imaginar que entre esas paredes Sarmiento planeó su manifiesto industrial y dejó bien sentado que no es incompatible la naturaleza con la industria. El privilegio de poder ingresar, casi como si se tratase de un premio por pertenecer a la misma tierra que vio nacer a quien incitó y planificó la población del Delta. La casa que Sarmiento convirtió en su refugio y que fue el modelo para la construcción del resto del poblado, hoy es un museo y está rodeada de vidrio para que no se deteriore. Los visitantes sólo pueden verla desde el exterior, pero DIARIO DE CUYO pudo recorrerla por dentro, convirtiéndose en el primer medio del interior del país que puede ingresar al lugar.

Basta con la luz del día para iluminar hasta el último rincón. El canto de los pájaros aturde. Ese mismo canto que embrujó a Sarmiento hasta el punto de convertir el lugar en el refugio donde iba con su hijo Dominguito. Las hojas del timbo se golpean entre sí, y el motor de alguna lancha que atraviesa el río es lo único que se puede escuchar durante horas. No hace falta más que pararse al lado de la cama que perteneció al sanjuanino, para ver por la ventana el río que hoy lleva su nombre. Allí todavía está el sillón hamaca, entre la ventana y la cama, el punto ideal, y su preferido, para observar semejante paraíso.

La habitación principal es austera. Sólo hay algunos sillones, una biblioteca y un escritorio. Los muebles son los que Sarmiento tenía en su oficina del Consejo Nacional de Educación, en Buenos Aires, lo que hoy sería el Ministerio de Educación de la Nación. La estructura fue restaurada después de la muerte de Sarmiento y se usó la misma madera, pero por razones de seguridad se eliminó la planta alta. Durante años, este sitio estuvo abandonado a la buena de Dios, hasta que en 1995 la Municipalidad de Tigre se hizo cargo y mandó a construir la protección de vidrio para que la madera no continúe deteriorándose.

Hoy es una de las atracciones de lugar y está dentro del recorrido turístico que realizan todas las embarcaciones. Esta casa es visitada por más de 600 personas al día. La mayoría llega allí por la atracción que le produjo la construcción de vidrio que desde lejos y con el sol pegando fuerte, produce efectos visuales impensados, como si se tratase de un enorme diamante que sale la frondosa vegetación de las islas. Pero una vez que ingresan a esa tierra de una hectárea, la historia comienza a ser la protagonista.

Después de la atractiva construcción, los seduce una imponente arboleda donde las higueras son las reinas. Se trata de retoños de la casa materna de Sarmiento. Retoños que recorrieron todo el mundo, hasta llegar a una plaza de Nerja en España y otra plaza en Boston. "Ni piedra ni ladrillo, sauce debe ser el material de una casa para el Delta", dijo Sarmiento. Y de hecho este árbol es el que abunda en la región, además del cedrón que penetra su aroma hasta el último rincón de la isla a la que el sanjuanino llamó Procida, igual que una isla que existe en Europa, frente a Nápoles.

Al puentecito que construyó en la isla, y que ahora fue reemplazado por otro más nuevo, lo bautizó "Rialto", como el de Venecia. A pesar de sus achaques esta casa se parece al resto de las viviendas que hay en el Delta. Todas ellas vinieron después y son un legado arquitectónico de Sarmiento.

Así, mientras los isleños trabajan, cargan y descargan antiguos botes con todo tipo de mercadería, el guía de algún catamarán de lujo, cuenta a los turistas, la mayoría extranjeros, la vida de +El Inventor del Delta+. Con ese término se lo conoció a Sarmiento, en homenaje a su trabajo de divulgación de la zona y por impulsar la actividad económica.

En 1855 plantó allí la primera varilla de mimbre, con la que dio inicio a la actividad que hoy es el principal sustento de los isleños. La casa del Delta, que se transformó en un museo, ni siquiera tiene una página web que la promocione, tampoco entregan folletería para informar a la gente. Pero es tal el atractivo, que los lugareños dicen que no necesita tener más difusión. A unos metros de esta casa, construyeron otra que hoy funciona como biblioteca y donde se dictan talleres de trabajo en mimbre y hasta enseñan a bailar tango.