Bajan 2 escaleras para poder llegar al lugar, ya que no cuentan con un ascensor. El que asiste por primera debe contar con la ayuda de algún empleado para dar con el salón de clases, ya que está en un rincón al final de las oficinas del subsuelo. No hay ventanas, por lo que deben encender todas las luces para tener buena iluminación. Pero nada de esto los detiene en su afán de despertar el artista que hay en su interior. Son los hombres y mujeres, de 8 a 70 años, que participan de los talleres de arte gratuitos que dictan en el subsuelo del edificio del Rectorado. Algunos lo hacen para aprender a dibujar sus caricaturas preferidas y otros, como una alternativa para salir de la depresión.
Estos talleres surgieron a través de un convenio entre la UNSJ y el PAMI para que los afiliados de esta obra social pudieran aprender dibujo, pintura e historia del arte. Pero con el tiempo ampliaron su alcance. Desde hace un par de años cualquiera puede participar de las clases gratuitas sin distinción de edad, sexo, religión o condición social. ‘Comenzamos con pocos alumnos y todos mayores de 50 años, provenientes del PAMI. Ahora tenemos 50 en promedio por clase. A veces el lugar resulta chico’, dijo Alejandro Carrizo, a cargo de los talleres.
A las 8,30 el salón ya estaba repleto de potenciales artistas. No entraba una mesa más y Sacarías, de 8 años, tuvo que conformarse con apoyar la hoja sobre su falda para poder terminar de dibujar a Woody, el vaquero de Toy Story, su personaje favorito. No le quedaba mucho tiempo disponible para cumplir su objetivo. Eran las 12 y sólo le faltaba una hora y media para entrar a la escuela. A Nilda, de 71 años, tampoco le importó que ya se acercaba la hora de preparar la comida y prefirió continuar con su autorretrato hecho con crayones. Dijo que con el arte no sólo aprendió a exteriorizar sus emociones, sino también a aislarse de las preocupaciones por lo menos el tiempo que dura la clase. Esto la ayudó a salir de la depresión que le provocó la enfermedad de su hermano.
Poco a poco se fueron apagando las luces de las oficinas de ese sector del Rectorado y el salón de clase se quedó en penumbras. ‘Llegó el momento de ir a casa. Y recuerden, el arte nos humaniza’, dijo el profesor, a modo de despedida.

