La señora trabaja lento, mira cada billete bajo una luz violeta, se asegura de que todo está bajo control entre las góndolas y, mientras tanto, su cabeza se llena de recuerdos. "Lloro todos los días desde que decidí cerrar el bazar. Es que no hay sucesores para el negocio y mis hijos están ocupados", dice Ana María Herrero. La mujer atiende el bazar Giménez Castro, de Laprida y Rioja, que ella inauguró junto a su marido, hace 53 años. A fin de mes, cuando baje las persianas por última vez, cambiará una parte de la historia del comercio sanjuanino, porque su negocio es uno de los más antiguos de la ciudad (ver aparte).
Corría 1958 cuando Ana María y su marido abrieron el negocio en el edificio de su propiedad, sin pensar que la prosperidad que les traería. Mientras vendían copas, platos, ollas y eran los líderes de las listas de casamiento, la pareja tuvo 3 hijos, a quienes les dieron estudio gracias a lo que ganaban en el negocio. Eso es, justamente, lo que ahora hace que el negocio desaparezca, porque los hijos de la mujer están todos ocupados en sus profesiones y no pueden encargarse del bazar.
La pareja trabajó a dúo hasta 1991, cuando el hombre murió y María, como le dicen sus empleados, tomó coraje para seguir sola. "A lo largo de todos estos años vivimos muchas cosas. Pero, por suerte, siempre nos fue bien. Es que el negocio es una tradición y la gente sabe que aquí lo que vendemos es de buena calidad", dice la mujer de 77 años con orgullo. Su hija, Laura, que decidió ayudarla durante los últimos días de venta, la mira de reojo y cuenta que "en los últimos días han venido muchos clientes que cuentan que aquí compraron con su abuela, después con sus padres y ahora vienen ellos".
Según la dueña, en el negocio siempre les fue bien, pero para eso tuvieron que ir cambiando. "Todavía me acuerdo de cuando guardábamos la plata en un cajoncito de madera, como la de los almacenes. Después, tuvimos que poner la caja automática con el controlador fiscal y hasta tuve que aprender a usar el posnet para que la gente pudiera comprar con tarjetas", dice.
La mujer no para de marcar números, cobrar y dar vueltos. Mientras, cuenta que "este es un trabajo complicado, hay que atender bien a la gente, pero sin descuidarse. Si supiera todo lo que nos han robado". También dice que "este es un trabajo de hormiga. Hay que sacar con cuidado cada cosa de porcelana, vidrio y cristal y limpiar pieza por pieza, día por medio, para que todo esté impecable".
Entre los momentos más difíciles que le tocó vivir, la señora recuerda el terremoto de 1977. Dice que cuando llegaron al negocio encontraron todas las góndolas en el piso y una alfombra de vidrios. "Tuvimos que levantar todo con pala y ponerlo en un camión. Después fue como empezar de nuevo", relata.
Si bien el negocio lleva más de medio siglo, María dice que no pasaron muchos empleados por el lugar. Es que siempre trataron de mantener al personal, por lo que muchos de ellos trabajaron allí hasta jubilarse.
El negocio sólo estará abierto hasta fin de mes y María tendrá que volver a su casa y cuidar su espalda, el problema que no la deja seguir adelante con las ventas. Dice que se dedicará a seguir disfrutando y que ya alquiló el edificio en el que trabajó la mayor parte de su vida, pero que no sabe de qué rubro será el nuevo emprendimiento.

