No son poetas. Ni estudiaron literatura. A veces ni siquiera tienen tiempo para leer, uno de sus grandes hobbies. Sin embargo, coincidentemente encontraron en el don de la palabra esa oportunidad para perdurar frente a quienes más quieren. Así de simple. Así fue fuerte. Mauro Pereyra por un lado y Carlos Eduardo Valdez, por otro, les escriben a sus hijos. Cualquier papel y cualquier circunstancia es válida para estos treintañeros para expresar sus puntos de vista y sus consejos para siempre. La práctica, más allá de la intimidad que genera, bien vale para reconocerlos hoy, en el Día del Padre.
Los hombres se conocen. Fueron amigos del barrio cuando chicos y por esas cosas de la amistad, cada tanto les da alegría volverse a encontrar, aunque sea en la calle y ponerse al día con sus novedades. En todo este tiempo, Mauro intentó estudiar la Licenciatura en Educación (todavía le quedan materias por recibirse) y se dedicó a los mil oficios para mantener a su familia. Carlos, en cambio, ni bien salió de la escuela secundaria se puso a trabajar. Y fue justamente en uno de esos encuentros callejeros donde se éste último lo incentivó a su amigo a ponerle palabras a sus sentimientos respecto de su descendencia.
"Yo tuve una infancia dura y pasé momentos afectivamente difíciles por eso me propuse darles a mis hijas otras vivencias. Tan es así que desde que conocí a Mariela, quien luego se convirtió en mi esposa, empecé a soñar con esta posibilidad de ser familia, tener hijos y de escribirles lo que siento", cuenta Carlos sobre su iniciativa de narrarles la vida a Rocío y Angela desde antes de concebirlas. En todo tipo de soporte (la computadora, la pantalla del celular y la agenda que lleva al trabajo) y papel -desde cuadernos muy prolijos hasta borradores de oficina y servilletas- les dice sin vueltas, quien es él, su mamá y les deja en claro desde un principio que ambos, las quieren y las están esperando. También hay lugar y palabras para el racconto de sus primeras hazañas y ejemplos de aquellas pruebas superadas que no hacen más que corroborar como van creciendo.
"Para mí, esta tarea es algo espontáneo. Son como flashes, ideas, sensaciones y sentimientos que quiero que mis hijas lean algún día. Por ahora, son chiquitas para escuchar algunas cosas. Pero ya llegará la oportunidad que puedan leerlo o que necesiten de mis palabras para superar esa dificultad que las preocupe ó que con lo que les digo puedan elegir el camino a seguir. Creo que el momento justo va a ser la adolescencia, que es la etapa donde ellas mismas tengan que salir a pelear sus propias batallas. Yo como papá las voy a acompañar pero no voy a poder pelear por ellas. Quizás estos escritos las puedan ayudar porque fueron dictados por el corazón", asegura Carlos que va marcando con día y hora cada página a la que le vuelca -con dejos indiscimulables de amor- su parecer sobre el primer diente, el primer día de clase, la experiencia de su paternidad y lo mucho que disfruta cada vez que las lleva a la plaza a jugar a la pelota, además de otras enseñanzas que quiere transmitirles.
Carlos, que nunca antes había imaginado llevar adelante esta rutina, hace un mismo escrito para sus dos hijas. Piensa que algún día podrá ordenar las hojas sueltas y encuadernarlo para que no se pierda ninguno momento.
Una semillita de afecto
Para Mauro, es un verdadero tesoro ese cuaderno tapas duras, forrado de papel araña verde, al que tuvo que anexarle en la contratapa un sobre para seguir guardando lo que escribe a un único destinatario: su hijo Exequiel. Por eso lo resguarda en un lugar privilegiado de su casa, al que no accede nadie, ni el chiquito de seis años, ni su esposa. Ellos respetan ese cuaderno como algo especial y saben que ya habrá tiempo para enterarse lo que dice.
Este muchacho tiene una historia algo diferente a la de su amigo Carlos, quien le propuso la rutina de dejar por escrito "aquellas cosas importantes" para su hijo. En la casa materna de Mauro, no se retaceaba el afecto ni los consejos, aunque reconoce que su padre fue criado en una generación donde la paternidad era marcada por la dureza y menos demostraciones. Por eso a este papá, le pareció interesante esta forma de llegar a su hijo, a través de la perdurabilidad de las palabras.
"Es un tesoro y hasta diría es el único legado valioso que le puedo dejar a mi hijo. Creo que cada palabra es una semilla de nuestro sentimiento de padre e hijo. Todavía es chiquito y no va a entenderlo. Por eso prefiero por ahora dedicarme a compartir y vivenciar otros momentos y cuando sea más grande tendrá tiempo para leer, acordar con lo que digo o criticarlo. A veces ni siquiera encuentro palabras para explicarle lo que le quiero decir pero trato de expresarme con todo mi afecto. Lo que me moviliza es el amor y la necesidad de que sepa que en todo momento pienso en él", confiesa, aclarando que los momentos en que más escribe es la noche, cuando le toca hacer turnos en el trabajo como conserje de hotel o cuando en su casa, lo invade el insomnio.
Aunque Mauro comenzó a escribir en el 2005 -cuando su hijo tenía dos años-, se tomó la licencia de volver el tiempo hacia atrás para poder contarle la emoción que tuvo al estar presente en el parto y a partir de entonces, cada situación que le parece significativa, la incorpora en forma de relato.
"Si bien nosotros hablamos de hombre a hombre, hay cosas que es mejor que queden por escrito, para que pueda apelar cuando lo necesite a este papel. Le digo cosas que creo que le van a ser útiles para su vida. A mí me encantan muchos autores pero yo me propuse escribirle desde el amor. Por eso, le hablo de mis miedos y mis alegrías, de lo mucho que cuesta superar los problemas y le doy ejemplos de lo que me pasa a diario, en mi trabajo, en mi vida. A veces le cuento que yo me caigo pero me levanto porque hay que seguir adelante. También le pido que se acuerde de todos los momentos que hemos vivido y que sepa que somos humanos, a veces nos equivocamos pero siempre queremos hacer las cosas lo mejor posible", explica el hombre que más allá de lo escrito, por sobre todas las cosas disfruta de jugar con su hijo.

