Entrar al taller mecánico de Carlos Ludueña es introducirse a un mundo de pura mística. Allí hay repuestos, piezas y motos antiguas. Son las emblemáticas Harley Davidson, que marcaron un estilo alrededor del mundo. El hombre no está solo en su hobby de armar estas máquinas, sino que lo comparte con su esposa y sus 4 hijos, que lo acompañan en este placer de poder reconstruir y conducir estos rodados por las calles sanjuaninas.
Al ingresar al taller se puede ver a Carlos enfundado en un vestuario salido de antañas películas norteramericanas de motoqueros. Borcegos con la marca de la moto, igual que su cinturón negro, chaleco de cuero del mismo color, el pañuelo y la gorra que muestran la misma marca de las motos.
Adentro del recinto se respira Harley. Es que a los innumerables repuestos originales de la primera mitad del siglo XX, se encuentran emblemáticos fotografías de figuras del espectáculo nacional e internacional. Desde uno de Elvis Presley, pasando por la figura del legendario rockero argentino (ya fallecido), Pappo Napolitano, al lado de uno de las motos de Carlos. También con "Chiso", de la banda "La Renga", que estuvo en el taller, como así también el cantante JAF.
Ese taller tiene un pedazo de la historia de la marca Harley y su paso por San Juan. Desde fines de la década de 1960, que Carlos invirtió tiempo y paciencia para armar una de estas máquinas. Tuvo la compañía de su esposa Rosa, que con el tiempo se hizo incondicional con su marido y el hobby. Con el tiempo llegaron los hijos: Cinthia, Diego, Costanza y Mara aprendieron desde la historia de estas motos hasta el nombre de sus piezas y por supuesto conducirlas.
Todo comenzó a fines de la década de 1960 cuando Carlos veía a distintos jóvenes transitar en este tipo de motos por las calles de San Juan. El hombre se contagió del estilo de estas máquinas. Entonces tomó la decisión de tener una. Lo hizo de a poco y con mucho esfuerzo.
Carlos comenzó a trabajar en la restauración de una de ellas. La primera era modelo 1947, con una cilindrada de 750cc. La compró en la década de 1980. Luego adquirió otra, modelo 1937, de 1.200cc. Y de a poco la logró hacer funcionar con Diego, su hijo que es técnico en motores. Esos conocimientos del muchacho fueron de mucha ayuda para que la familia se involucrara en este hobby ya convertido en pasión. Siempre de forma paralela a las distintas actividades personales.
Hasta la década de 1980 habían muchas Harley Davidson en San Juan. Después, llegaron aquellos buscadores de oportunidades que compraron esas motos para hacer negocios, cuenta Carlos.
Sus hijos, a medida que fueron creciendo, se involucraron más en el mundo Harley. Es por eso que aprendieron muchos secretos de estos motores, buscaron información, conocieron piezas mecánicas y también a algunos lograron conducirlas. Incluso las chicas, en especial la mayor, ya es una experimentada motociclista en este tipo de máquina.
Por supuesto que el esfuerzo es muy grande. "Una Harley no tiene precio, el valor es afectivo, porque estas máquinas son pura mística", dice Carlos.
Los hijos de Carlos siguen está pasión y hablan con mucho afecto de su padre y de este tipo de moto, que si bien son modelos antiguos, funcionan a la perfección con repuestos originales y conseguidos con mucho tiempo de trabajo. Muchas de esas piezas fueron conseguidas en San Juan, para asombro de mucha gente, cuentan en la familia.
En medio del taller, considerado un santuario por el jefe de familia, está una Harley modelo 1922 , hay otra de 1936 y otra de 1930, que están en vías de ser restauradas, claro que no hay tiempo límite para completarla y de ese modo llegar a ese objetivo familiar. Las piezas que ya no sirven no se tiran a la basura, sino que se mantienen en el taller a modo de souvenir. Hasta tienen una pequeña biblioteca en el taller, donde hay libros vinculados a esta marca y catálogos de los diferentes modelos.
Paola cuenta que junto a sus hermanos colaboran con su padre con este hobby. Suelen salir juntos rumbo al dique de Ullum y "esta pasión hasta me sirve para desestresarme los fines de semana después de trabajar", cuenta.
Mara, la menor de los Ludueña tiene 18 años, cuenta que a lo largo de su vida fue mirando como su familia le dedicaba tiempo y pasión a las motos, por eso aprendió a querer este hobby.
Por el lado de Costanza, la chica está en plena etapa de aprender a conducir uno de estos monstruos mecánicos. "A mí me encanta el sonido de los motores. Son reliquias muy vistosas. Llama la atención el diseño y al andar en una ruta ves el panorama distinto a viajar en otro tipo de moto".
Rosa vive el mundo Harley en su casa como algo familiar. "Al principio fue difícil, pero con el tiempo me fui adaptando hasta querer estas motos y nos hace muy felices".
Los Ludueña participan cada vez que pueden en distintas exposiciones. Y, sin pretenderlo, sus motos suelen ser las más llamativas. Es que son modelos únicos, restauradas en San Juan y piloteadas por sanjuaninos que respiran la mística de una marca de moto que dejó huella en el mundo.

