Los terremotos pasan, pero aparentemente el miedo queda. Aquí la gente tiende a dar vuelta la cara a la posibilidad de que haya un sismo en cualquier momento, y al parecer es que como en un siglo hubo cinco terremotos destructivos no dio tiempo a digerirlos. Distinto a lo que sucede en Japón, por citar un ejemplo, que al poco tiempo del terremoto y tsunami del año pasado, los japoneses ya tenían a mano sus bolsas de no más de 5 kilos, con alimentos no perecederos, agua, ropa, y todo aquello que se necesita para sobrevivir en caso de una catástrofe natural. Ellos optaron por aprender, y no por negar, porque como dice Daniel Castro, psicólogo "sepultar la memoria es perder la capacidad de aprendizaje"".

Algunos dirán que es porque las construcciones son sismorresistentes y para qué preocuparse. Pero hay señales de que la gente tapa, sepulta el pasado para tratar de olvidar lo que pasó. Un ejemplo es que el Museo de la Memoria de la Municipalidad de la Capital con su simulador de sismos es prácticamente visitado sólo por turistas curiosos por saber qué se siente en estas situaciones. A los locales no les llama la atención.

Pero no es el único signo de ignorancia al tema que tanto debería importar a los sanjuaninos. El único monumento al recuerdo del terremoto es la llama votiva que inauguró el ex gobernador Alfredo Avelín y está apagada. La plaza Hipólito Yrigoyen, más conocida como la de la Jorobita, no tienen ningún cartel que indique que esa lomada tiene escombros del terremoto del "44. O lo que paradójicamente se planteó el año pasado como homenaje o recuerdo de las víctimas por parte de la Sociedad Israelita de San Juan, haciendo dos bosques en paralelo -uno en San Juan y otro en Israel-, plantando un árbol por cada muerto. Aquí todavía no se define el lugar. Mientras que en el diminuto país de Medio Oriente ya hay aproximadamente 50 plantines bajo tierra con ese propósito. En fin…

"Un ejemplo es que en la curricula de las escuela no está incluida una materia vinculada a la educación para la vida en zona sísmica. Tampoco hay referentes, y en el caso de la Municipalidad de la Capital que hizo el Museo de la Memoria y el simulador de sismos, es usado básicamente por los turistas. No obstante es un hito en la historia de la provincia porque alguien ha podido poner algo vinculado al o los terremotos. Primero debe haber un reconocimiento del proceso traumático para poder elaborarlo y lo que nosotros hacemos son procesos negadores. La memoria queda cerrada al recuerdo traumático porque cuando uno vive en una situación de peligro constante surge lo que se llama la disociación para no vivir con miedo. Así aparecen los procesos posteriores, el macro, es decir un proceso social, sin fotos, sin hitos, mientras que en otros países encontramos que hay ruinas y allí se indica que eso quedó de tal terremoto, muestran la cicatriz social que quedó, pero nosotros no, preferimos enterrar y construir encima"", dice Castro.

San Juan es moderno, y la gente se jacta de eso, algo que no es malo de ninguna manera, pero en esas construcciones no ha quedado la mirada de lo que pasó. "Eso hace que no podamos evolucionar en el aprendizaje, si bien acá el nivel de construcción cambió todo y eso es muy importante, falta una conciencia social"", indica.

Desde lo personal también pueden aparecer patologías. "El precio es grande para sostener la disociación, puede implicar que posterior a las catástrofes muchas personas hagan procesos depresivos o fóbicos, porque el yo no tiene capacidad de resolver lo que le pasa"".

Otro ejemplo del reconocimiento social es la escuela. Allí los chicos tienen simulacros para aprender a actuar ante un terremoto, pero no hay un plan social para que todos tengan la opción de aprender a vivir en zona sísmica. "En esto es muy importante la participación de los medios, hacen falta charlas, congresos, porque es abrirnos a la capacidad de aprender y dejar el miedo de lado. Hay que tomar como ejemplo al japonés que no negó, decidió realizar un aprendizaje que permite no vivir disociado y si preparado para que la situación, llegado el caso, sea menos traumática. La nueva generación que no ha padecido terremotos como las anteriores es la que está en condiciones de hacer los aprendizajes en forma previa, estarían mas abiertos"".

Agregó que "es posible que ese proceso social de negar y sepultar que nace de una estructura social determinada,

se traslade a otras cosas. Reconocer si somos vulnerables a algo nos permite ver que podemos hacer para fortalecernos y enfrentarlo mejor"".


Otra mirada profesional

Michel Zegaib, filósofo y a punto de terminar su tesis sobre cómo se reconstruyó el imaginario social del sanjuanino tras el sismo de 1944 para obtener un segundo título con la Maestría en Historia de la UNSJ, tiene mucho para decir al respecto. Este profesional encaró para esto una investigación con documentos de la época y básicamente se entrevistó con una decena de sobrevivientes del tremendo fenómeno natural. Con todo esto y bajo su "lupa” profesional llegó a varias conclusiones que le permiten entender por qué el sanjuanino no termina de apropiarse de la situación para así prepararse y poder enfrentar con herramientas básicas este hecho eventual que no puede manejar ni predecir pero si prevenir.

"Realmente el tema del terremoto es un hecho muy doloroso. Solo basta escuchar testimonios que cuentan que había muertos tirados en las calles, enterarse cómo los cremaron o los enterraron en fosas comunes para evitar la transmisión de enfermedades o que más del 80 por ciento de las viviendas quedaron destruidas y que todo estaba tapado por polvo y escombros, tomar conciencia que la mayoría de las familias perdió a uno o más de sus integrantes para comprender que muchos de los sobrevivientes ni siquiera quieran hablar del tema con sus hijos. Se vivió en un paisaje aterrador y sombrío que cualquiera quisiera olvidar. Hasta diría que esa es una razón humanamente entendible para tomar esa postura casi de negación”, resume.

Zegaib asegura que el terremoto "igualó socialmente a las personas: todos habían quedado sin nada y todos pedían ayuda. Los más pobres para levantar sus casas y los mas acomodados para por ejemplo volver a tener sus bodegas, no hay que olvidarse que en ese entonces San Juan era una de las provincias más progresistas y próspera del país debido al boom vitivinícola que se vivía en ese momento. Después del 15 de enero de 1944 quedó todo muy pobre. Ahí se instauró la política del reclamo permanente”.

Hay una arista más que analiza Zegaib y es la influencia política-religiosa del momento que por supuesto recayó en los sanjuaninos víctimas del terremoto. "Cuando ocurrió el sismo, hacía poco menos de un año que había asumido el general Ramírez como presidente (eso fue el 4 de febrero de 1943 cuando derrocaron a Castillo y asumió un grupo de militares al que justamente pertenecía Perón, una figura fundamental para la ayuda social que llegó a San Juan, más tarde). Argentina como así también buena parte del mundo respondía a un modelo político y económico liberal que reinaba desde la época del "30, pero con este gobierno estas ideas empezaron a decaer y fue la oportunidad de desterrar el modelo para dar paso a ideas nacionalistas, integrista y católicas. De hecho, el discurso que dieron el presidente y la iglesia en esos días fue que el terremoto era un castigo pero a su vez la interpretación era que servía de oportunidad para purificar los errores del pasado y empezar a reconstruir de nuevo. Quizás esa sea una razón para no apropiarse del sismo porque la sociedad era parte de esos pecados”, argumenta.