

Ni que le hubiese puesto un "continuará" a la nota del domingo pasado, sobre la manera en que se regaban las calles, antes de que llegara el asfalto. A pulso, balde y un cordel. No bien publicados esos recuerdos, un grupo de amigos de mi barrio natal comenzó a desgranar sus propias vivencias, sobre aquellos regantes municipales. Juan Videla se refirió a don Cuevas, y Juan Salvalagio se detuvo en don Luna. Entre ambos regaban la San Miguel desde la calle Correa (Cabot) Libertador. Ambas narraciones describen el modo de ser de aquellos lugareños, con su pacífica conformidad con la vida que les tocó vivir. Desenvuelta y relajadamente, sin traumas, insomnios o estrés. Inmersos en un paisaje solariego, con el agua constante y serena de las acequias, invitando a sentarse en sus orillas. Veamos lo que narra Videla. "Don Cuevas miraba los partidos de Del Bono, desde los árboles detrás del arco Oeste, frente a la casa del "Pinda". Iba con una bocina y alentaba al equipo. En un aniversario por la muerte de don Juan B. Del Bono, piden un minuto de silencio y en medio de ese silencio grita, "¡y qué hombre bueno que era…!" y se arruinó el homenaje, pues se armó una jarana tremenda. Un poco más al Norte vivía el "Queso" Moreno. Le decían "madre del agua", porque era el jefe de todos los regadores "a baldes". Por su parte, Salvalagio cuenta que don Luna, se hacía un desayunito con don Segundo Páez, que vivía en un ranchito por San Miguel al Sur. Ahí jugaban al truco o a la taba y hacían un desayunito que era una entrañita hecha en una parrillita en el piso, y unos vinitos que tenían en un botellón de aceite de litro y medio, envuelto en una arpillera, y atado a la acequia que pasaba por la casa de don Páez. Esa acequia después tomaba para los campos donde ahora están los barrios Municipal, Policial, Universitario y demás. Don Luna venía regando desde la Villa Flora hasta Cereceto y a la vuelta se paraba, a eso de las 9:30 ó 10 de la mañana, a comerse la entrañita. Y al lado una pava bien negra, al fuego, calentando agua. Don Segundo Páez llegaba a eso de las 7.30 u 8 de la mañana, con una bicicleta de carrera con el manubrio al revés y compartía el desayuno. Don Páez era carrero y llevaba uva hacia la bodega El Globo. Siempre iba acompañado de un perro. Cuando paraba el carro sobre la báscula, el perro se echaba abajo y, por supuesto, aumentaba el peso. "Me está metiendo el perro don Páez", decía el basculero. Entonces Páez corría al animal, pero disimuladamente echaba para atrás la mula, que con sus dos patas traseras también pisaba la báscula. "Y ahora me está metiendo la mula", se quejaba el hombre. Me pregunto si habrán salido de ahí esos dichos tan populares, de meter la mula o el perro. Ese desayunito de media mañana, era muy común entre los hombres dedicados a tareas rudas. Muy lindos recuerdos de los muchachos, que rescatan del olvido un tiempo que retorna con la frescura y relajo de aquellas acequias, que le dieron vida a las fincas de la San Miguel.
Por Orlando Navarro
Periodista
Rodolfo Crubellier
Ilustración