21 de agosto de 2026 - 05:00

Día del Catequista: enseñar la fe es mucho más que dar una clase

Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora

En una época en la que la información circula con una velocidad inédita, pero las certezas parecen cada vez más escasas, existe una figura que continúa trabajando silenciosamente, lejos de los reflectores y de cualquier reconocimiento público, se trata del "Catequista". Cada 21 de agosto, la Iglesia Católica celebra su día en memoria de san Pío X, el Papa que comprendió que la formación en la fe no era un privilegio reservado para unos pocos, sino un derecho de todo bautizado, especialmente de los niños.

Sin embargo, reducir esta fecha a una simple efeméride religiosa sería perder de vista el verdadero sentido de una vocación que, generación tras generación, ha sostenido buena parte de la transmisión de los valores cristianos en nuestras provincia.

Muchas veces se piensa que un catequista es alguien que enseña oraciones, prepara a los niños para la Primera Comunión o explica algunos contenidos del Catecismo. Pero la realidad es mucho más profunda. La catequesis no consiste únicamente en transmitir conocimientos religiosos; consiste, sobre todo, en acompañar procesos de vida. Es aprender a escuchar, contener, orientar y caminar junto a quienes buscan respuestas en medio de un mundo que, con frecuencia, ofrece más preguntas que certezas.

Quien comienza este servicio suele hacerlo con una mezcla de entusiasmo e incertidumbre. Surgen dudas sobre si será capaz de responder todas las preguntas, de hablar en público o de llegar verdaderamente al corazón de quienes tiene delante. Con el tiempo, esas preocupaciones cambian. El catequista descubre que su misión no es tener todas las respuestas, sino compartir una experiencia: la de haber encontrado en Jesús un motivo para vivir con esperanza.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más valiosas de la catequesis. Este no ocupa el lugar del maestro que impone verdades ni del especialista que pretende saberlo todo. Es, antes que nada, un testigo. Una persona que continúa buscando, que también atraviesa dudas, alegrías y dificultades, pero que ha decidido caminar junto a otros con la confianza de que Dios sigue actuando en la historia cotidiana.

Cada 21 de agosto vale la pena agradecer a quienes, muchas veces de manera anónima y totalmente voluntaria, dedican tiempo, estudio y corazón para anunciar el Evangelio. Cada 21 de agosto vale la pena agradecer a quienes, muchas veces de manera anónima y totalmente voluntaria, dedican tiempo, estudio y corazón para anunciar el Evangelio.

En tiempos donde predomina el individualismo, la tarea del catequista adquiere un valor aún mayor. No solo transmite contenidos; construye comunidad. Enseña que la fe se vive compartiendo, dialogando y comprometiéndose con la realidad. Muchas veces su trabajo trasciende las paredes de un salón parroquial o de espacio áulico en nuestros colegios. Se convierte en una presencia cercana para niños, jóvenes, adultos y familias que necesitan ser escuchados, alentados o simplemente acompañados.

No es casual que la Iglesia haya elegido como patrono de los catequistas a san Pío X. Nacido en una familia humilde del norte de Italia, Giuseppe Sarto jamás olvidó sus raíces. Como sacerdote, obispo y luego Papa, mantuvo una profunda cercanía con la gente sencilla y comprendió que una Iglesia viva necesitaba creyentes bien formados.

Su pontificado estuvo marcado por importantes reformas, pero quizás una de las más recordadas fue permitir que los niños recibieran la Primera Comunión desde el uso de razón, aproximadamente a los siete años. Detrás de aquella decisión existía una convicción profundamente pastoral: nadie debía ser privado del encuentro con Cristo por falta de formación o por criterios excesivamente rígidos. Del mismo modo, impulsó con fuerza la enseñanza del Catecismo convencido de que la ignorancia religiosa debilitaba la fe y alejaba a muchas personas de la vida cristiana.

Más de un siglo después, el desafío continúa siendo el mismo, aunque los escenarios hayan cambiado. Hoy los catequistas evangelizan en una sociedad atravesada por las redes sociales, el vértigo de la inmediatez y una creciente indiferencia religiosa. Ya no basta con repetir fórmulas aprendidas de memoria; es necesario dialogar con nuevas generaciones, comprender sus lenguajes y mostrar que el Evangelio sigue teniendo algo significativo para decir en medio de los desafíos actuales.

Quizá por eso el mayor aporte de un catequista no pueda medirse en cuántos niños recibieron un sacramento o cuántas clases preparó durante el año. Su verdadera huella permanece en aquellas personas que descubrieron que la fe no era un conjunto de normas, sino un camino para vivir con mayor esperanza, libertad y sentido.

Cada 21 de agosto vale la pena agradecer a quienes, muchas veces de manera anónima y totalmente voluntaria, dedican tiempo, estudio y corazón para anunciar el Evangelio. Porque mientras el mundo suele valorar aquello que produce resultados inmediatos, el catequista trabaja sembrando en silencio, sabiendo que las semillas más importantes son aquellas cuyo fruto, muchas veces, solo Dios llega a contemplar.

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