Por Silvana Cataldo- Especialista en formación en lectura
Por Silvana Cataldo- Especialista en formación en lectura
Vemos a un niño aprender a hablar y, poco después, esperamos que aprenda a leer como si ambas adquisiciones pertenecieran al mismo proceso. Pero no es así. El ser humano está biológicamente preparado para desarrollar el lenguaje oral. Pero no sucede lo mismo con la lectura, que requiere de un aprendizaje sistematizado y acompañado. A leer se aprende y este aprendizaje ha ido transformando el cerebro de los hombres a lo largo de los años. Las investigaciones de neurocientíficos, como Stanislas Dehaene, han mostrado que la alfabetización reorganiza circuitos cerebrales vinculados con la visión y el lenguaje. Aprender a leer implica que áreas que originalmente cumplían otras funciones comiencen a especializarse en reconocer letras, secuencias y palabras. Incluso quienes aprenden a leer en la edad adulta muestran modificaciones importantes en la organización cerebral.Pero la transformación producida por la lectura no ocurrió solamente dentro del cerebro.También modificó nuestra manera de relacionarnos con el conocimiento, con el tiempo y, probablemente, con nosotros mismos.
Pensar más allá del presente
Durante miles de años, gran parte del conocimiento humano circuló de manera oral: las historias, las reglas, las tradiciones y los saberes debían ser recordados por alguien y transmitidos a otra persona. La aparición de la escritura produjo una transformación extraordinaria: permitió que una idea sobreviviera a quien la había pensado.Ya no es necesario que alguien esté presente para escucharlo, para conocer sus ideas. La lectura habilitó un espacio para dialogar con alguien que ha vivido siglos antes. Permite conservar una ley, reconstruir un acontecimiento, comparar una explicación con otra, dejar instrucciones para alguien que todavía no había nacido. La escritura extiende la memoria humana fuera del cuerpo. Tal vez por eso uno de los grandes cambios que introdujo la cultura escrita fue nuestra posibilidad de pensar más allá del aquí y ahora.
La palabra hablada desaparece mientras ocurre. En cambio, la palabra escrita permanece.
Podemos avanzar sobre una página, pero también podemos detenernos; volver una línea atrás; comparar dos párrafos; subrayar una contradicción; preguntarnos qué quiso decir alguien. Descubrir que, a pesar de la distancia con ese autor, sentimos lo mismo o, por el contrario, no estamos de acuerdo. Esa posibilidad parece sencilla, pero transformó profundamente nuestra relación con las ideas. Leer permite someter el pensamiento a una temporalidad diferente. Nos da tiempo para analizar, levantar la mirada y pensar, dudar, establecer relaciones, antes de volver al texto. Y estas son operaciones que fortalecen profundamente el pensamiento.
El nacimiento de una humanidad lectora
Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia esta posibilidad estuvo reservada a unos pocos. Las primeras formas de escritura aparecieron hace varios milenios, pero durante siglos la alfabetización estuvo estrechamente vinculada a pequeñas élites religiosas, administrativas o políticas. Vista desde nuestro presente, este dato resulta particularmente revelador. La lectura fue considerada peligrosa precisamente porque quienes desconfiaban de ella comprendían muy bien su poder: leer permite acceder a conocimientos que antes dependían de intermediarios, contrastar versiones, conocer otros mundos posibles y descubrir diferentes voces. También permite encontrar palabras, indispensable para reconocer y nombrar las propias ideas, para sacar a la luz la propia voz. Por eso, la progresiva democratización de la lectura fue mucho más que la expansión de una destreza: fue también la expansión de una forma de autonomía.
Sin embargo, la lectura masiva es un fenómeno bastante reciente. Las reconstrucciones históricas indican que alrededor de 1820 apenas una de cada diez personas adultas en el mundo sabía leer y escribir. Dos siglos después, la proporción se ha invertido: cerca de nueve de cada diez poseen al menos habilidades básicas de alfabetización. Es difícil dimensionar la magnitud de esa transformación. En términos históricos, vivimos en una de las primeras sociedades en las que una gran mayoría de las personas puede acceder directamente a textos. Y quizás precisamente porque la lectura se volvió habitual dejamos de percibir lo extraordinaria que es.
Vista desde nuestro presente, esta historia resulta particularmente reveladora. La lectura fue considerada peligrosa precisamente porque quienes desconfiaban de ella comprendían muy bien su poder. Leer permite acceder a conocimientos que antes dependían de intermediarios, contrastar versiones, conocer otros mundos posibles y descubrir que otras personas pensaban de manera diferente. También permite encontrar palabras para nombrar una injusticia o imaginar que las cosas podían ser de otro modo. Por eso, la progresiva democratización de la lectura fue mucho más que la expansión de una destreza: fue también la expansión de una forma de autonomía.
Hoy nos parece evidente que aprender a leer constituye un derecho, pero durante buena parte de la historia el acceso irrestricto a la palabra escrita no fue considerado inocente. Hubo temor frente a las mujeres lectoras, frente a los trabajadores que accedían a periódicos y folletos, frente a los jóvenes que leían novelas consideradas inconvenientes y, en general, frente a cualquier lector que pudiera apropiarse de ideas sin supervisión. Quizás recordar esa historia permita comprender mejor por qué sigue siendo tan importante formar lectores. Leer nunca fue solamente descifrar palabras; también fue, y sigue siendo, acceder a la posibilidad de pensar por cuenta propia.