Por Claudio Fantini - Periodista y Politólogo
Por Claudio Fantini - Periodista y Politólogo
¿En serio me decís? dijo con perplejidad el titular de Greenpeace Argentina, Diego Salas, al periodista que lo entrevistaba. Con esa pregunta respondió a la pregunta que lo desconcertó: "¿Por qué hicieron este acto de terrorismo ecológico?".
Se refría a la escenificación de Greenpeace en las escaleras del Congreso, mientras el Senado trataba la Ley de Glaciares. Los activistas estaban sentados en inodoros, de los que fueron arrancados a empujones por policías y guardias.
La primera pregunta que surge de la pregunta formulada por Eduardo Feinmann, es si existe el "terrorismo ecológico" y de qué se trata.
El término es normalmente usado por negacionistas del cambio climático y dirigencias que cuestionan las políticas medioambientales y a las agrupaciones ambientalistas. Y el uso que hacen de ese término es equivocado.
En todo caso, deberían hablar de "terrorismo ecologista", o sea actos como poner bombas o disparar a mansalva sobre civiles perpetrados por ecologistas. Algo que nunca ocurrió. "Terrorismo ecológico" es otra cosa. Por ejemplo lo que hizo Estados Unidos en Vietnam con las bombas defoliantes que arrasaron las selvas para desguarnecer al Vietcong. O lo que hizo Rusia al dinamitar la represa de Kajovka, sobre el río Dniéper, inundando grandes parcelas de territorio para cortarle el paso al ejército ucraniano.
El desmonte que se hace para extender áreas de cultivo y los incendios para desforestar áreas con vistas a urbanizar, podrían ser considerados "terrorismo ecológico". Pero en modo alguno una protesta escenificada a la que, como mucho, se la puede acusar de mal gusto.
A esta altura de la historia, Greenpeace tiene una presencia y un activismo a escala global que le ha generado un merecido respeto.
Esta organización fundada en Vancouver en 1971, fue la consecuencia de las protestas espontaneas de norteamericanos y canadienses contra los ensayos nucleares que Estados Unidos hacía en Amchitka, una isla que está frente a las costas de Alaska.
Los habitantes de cercanías de esa isla aleutiana temían que las detonaciones atómicas generaran tsunamis que arrasarían las costas. Por eso esgrimieron la consigna "don't make a wave" (no hagas una ola).
Esas protestas implicaron navegaciones hasta la isla de los ensayos, naciendo como rasgo las protestas presenciales en escenarios peligrosos: los activistas de Greenpeace iban al lugar de los ensayos para intentar obstruirlos.
Pronto hubo más ensayos nucleares. El general De Gaulle nunca había digerido que en 1956 Eisenhower sacara de una oreja a franceses y británicos de la guerra que habían iniciado contra el Egipto del coronel Nasser por la nacionalización del Canal de Suez. Desde ese momento puso al físico Yves Rocard al frente del equipo científico que creó la bomba atómica de Francia.
Para entonces, las pruebas nucleares francesas y chinas eran sobre la atmósfera y fomentaron el activismo Greenpeace. En 1972, el navío Greenpeace III se aproximaba a Mururoa, el atolón de la polinesia francesa donde se hacían ensayos nucleares submarinos. Lo interceptaron buques franceses con militares que abordaron la nave ecologista y golpearon a sus tripulantes, haciendo perder un ojo al capitán del Greenpeace III.
No fue la única vez que esa ONG fue atacada con violencia. En 1985, en el puerto de Auckland, agentes secretos franceses ingresaron en el Rainbow Warrior, la embarcación de Greenpeace que se preparaba para zarpar hacia Mururoa para obstruir los ensayos que por entonces realizaba el gobierno de Francois Mitterrand. Los agentes pusieron explosivos que hundieron el Rainbow Warrior, matando a un fotógrafo de la ONG que había regresado a la nave para buscar su equipo.
Greenpeace no hizo actos terroristas, sino que fue blanco de actos terroristas perpetrados por los gobiernos franceses de Charles de Gaulle y Mitterrand.
Algo similar pasó en las escalinatas del Congreso, donde la violencia no estuvo en la protesta que realizaban los activistas de la ONG, sino en los empujones y arrastramientos que hicieron policías y guardias contra los activistas.
Hay quienes consideran que protestar es violencia, sea cortando rutas y apedreando vidrieras, o realizando un pacífico acting que representa metafóricamente lo que consideran que el oficialismo y sus satélites políticos harán con la Ley de Glaciares.
Se puede acordar o no con la posición de la ONG ecologista, pero no se puede considerar terrorismo su escenificación.
Cuestionar el rechazo a la reforma que pretende el gobierno en esos términos, podría ser hasta contraproducente, porque es posible encontrar más violencia en una legislación que desproteja los glaciares. Porque las consecuencias que podría tener esa legislación serían daños ambientales graves y peligrosos.
De hecho, países como Canadá no permiten a sus mineras poner en peligro reservorios de agua como los glaciares. Lo que no hacen es proteger los demás glaciares del mundo, porque mandan a sus empresas mineras a que hagan afuera lo que en Canadá no pueden.
Volviendo a la acusación contra la protesta en las escalinatas del Congreso, lo primero es sacar la palabra "terrorismo" porque no tiene lógica en este contexto. En todo caso, cabría preguntarse si hubo violencia en esa escenificación contestataria.
Posiblemente, hubo mal gusto en la elección de la metáfora sobre lo que ocurría en el Senado. Pero la violencia que se vio no corrió por cuenta de los activistas sentados sobre inodoros, sino de los agentes y guardias que los arrastraron escaleras abajo y los arrojaron bruscamente a la vereda.