4 de agosto de 2026 - 06:00

Un patrimonio genético que asegura la competitividad futura del olivo argentino

En tiempos en que la agricultura enfrenta los desafíos del cambio climático, la presión sobre los recursos naturales y la creciente competencia internacional, preservar la diversidad genética de los cultivos deja de ser una tarea exclusivamente científica para convertirse en una verdadera política estratégica de desarrollo. En ese contexto, el Banco Mundial de Germoplasma de Olivo de San Juan constituye uno de los activos más valiosos que posee la olivicultura argentina y un ejemplo de cómo la investigación puede transformarse en una herramienta concreta para fortalecer la producción.

La importancia de este banco radica en una realidad que muchas veces pasa inadvertida. Aunque en el mundo existen alrededor de 2.000 variedades de olivo, la producción comercial se concentra en apenas un reducido grupo de ellas. Esta estandarización varietal, impulsada por la búsqueda de mayores rendimientos y por la difusión de paquetes tecnológicos desarrollados en otros países, implica riesgos crecientes frente a enfermedades, plagas o variaciones climáticas cada vez más extremas.

Frente a ese escenario, la colección ubicada en el departamento San Martín representa un verdadero seguro para el futuro. Con más de 200 variedades conservadas y el reconocimiento del Consejo Oleícola Internacional como la cuarta colección mundial de referencia, el Banco Mundial de Germoplasma de Olivo se ha consolidado como el mayor reservorio de diversidad genética de América y uno de los más relevantes del planeta.

Sin embargo, su valor no reside únicamente en la conservación del patrimonio biológico. La investigación desarrollada por el INTA ha permitido identificar trece nuevas variedades con posibilidades de adaptación a las condiciones productivas argentinas, abriendo una oportunidad concreta para diversificar los sistemas de cultivo y reducir la dependencia de materiales importados desde países cuyas condiciones ambientales difieren significativamente de las nuestras.

La creación de observatorios ambientales en San Juan, Mendoza, La Rioja y Buenos Aires constituye un paso decisivo para validar ese conocimiento. Mediante una articulación inteligente entre organismos públicos y productores privados, cada variedad es evaluada bajo diferentes condiciones fitoedáficas, permitiendo conocer con precisión cuáles ofrecen mejores respuestas en cada región. Este modelo colaborativo demuestra que la innovación adquiere mayor eficacia cuando la ciencia y el sector productivo trabajan con objetivos compartidos.

También merece destacarse la participación de los viveristas, actores indispensables para multiplicar el material genético seleccionado y hacerlo llegar a los establecimientos agrícolas. Sin esa capacidad de reproducción sería imposible trasladar los avances científicos al territorio, limitando el impacto de años de investigación.

La experiencia sanjuanina demuestra que la competitividad no depende únicamente de incorporar tecnología importada, sino de generar conocimiento propio adaptado a las condiciones locales. Esa es, precisamente, la mayor fortaleza de este banco genético: transformar la biodiversidad en innovación y la investigación en desarrollo productivo.

Proteger y fortalecer este patrimonio científico debe ser una prioridad permanente. En un mercado global cada vez más exigente, disponer de variedades adaptadas a los distintos ambientes argentinos permitirá mejorar la productividad, ampliar la calidad de los aceites y aceitunas, reducir riesgos y consolidar la posición del país como productor de excelencia. San Juan no sólo conserva la memoria genética del olivo; resguarda una parte esencial del futuro de la olivicultura argentina.

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