Por Carlos Salvador La Rosa – Sociólogo y periodista
La frase del título de esta nota corresponde al ensayista chileno Mauricio Rojas, quien en 2012 escribió un extraordinario libro, llamado “Argentina, breve historia de un largo fracaso”, en el cual nos basamos para sustentar las principales hipótesis de este artículo. Partimos de la base que Argentina tuvo tres oportunidades donde se dio una valoración excepcional a nivel internacional de nuestras materias primas. Una ocurrió durante la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX con “el ganado y las mieses” de la pampa húmeda y nuestra relación privilegiada con Gran Bretaña. La segunda fue apenas iniciado el siglo XXI por la necesidad que tenía China, frente a su crecimiento exponencial, de nuestra soja y demás productos primarios. La última la podríamos estar empezando a vivir ahora con nuestros minerales de la Patagonia y toda la zona andina que tan imprescindibles son para el desarrollo de las nuevas tecnologías, particularmente la IA, que además coincide con una alianza importante con los EE.UU. De las dos primeras oportunidades, una la aprovechamos fenomenalmente, pero dejó en herencia graves defectos estructurales, y la otra la desaprovechamos absolutamente. Es de esperar que la tercera sea la vencida.
Primera oportunidad: Roca la aprovechó
Fue un período, el que empezó en 1852, tuvo su apogeo absoluto durante la era Roca y prosiguió hasta 1920/30, de lejos el más brillante para la Argentina y el que prometía los mejores augurios de un progreso imparable. En 1914, el nivel de vida de nuestro país era uno de los más altos del planeta. Así llegamos a 1929 donde éramos la undécima nación exportadora del mundo y nos ubicábamos dentro de las diez naciones más ricas del mundo.
Sin embargo, según Rojas, hubo una falla de origen que jamás pudimos superar. Un modo de apropiación que estuvo más motivada por factores políticos que de lógica económica: Después de la guerra contra los indígenas pampeanos se incorporaron 30 millones de hectáreas con lo que la extensión total del área agrícola pudo crecer de 10 millones de hectáreas en 1850 a 51 millones en 1908. Pero en 1914 el 79,4% de toda la tierra utilizable se concentraba en unidades de más de mil hectáreas. Surgió así un sector agrícola donde el tamaño medio de las propiedades era 7 veces más grande que en los EEUU y 14 veces más que en Inglaterra.
Y acá Rojas es contundente: El modelo de EE.UU. basado en la predominancia de los campesinos propietarios tuvo su eje en el acceso del inmigrante a la tierra. Hizo propietario a los proletarios europeos, mientras que en la Argentina el propietario vivía en la ciudad “tirando manteca al techo”, a la vez que impedía que los inmigrantes pudieran ir al campo porque necesitaban poca mano de obra, obligándolos a quedarse en las grandes ciudades, donde la mayoría terminarían como obreros o dependientes, porque la industria argentina, si bien fue cuantiosa ya desde la segunda mitad del siglo XIX, tenía también una inmensa falla de origen: la baja productividad relativa del sector.
Y de allí al inicio de la tragedia que aún nos acosa y no nos deja crecer ni en el campo ni en la ciudad: la necesidad siempre en aumento de importaciones para el sector industrial fue cubierta con parte de las divisas que el sector agroexportador generó tan ampliamente en esa época. Todo seguía dependiendo de la Pampa, pero el mundo ya no nos necesitaba. Estados Unidos, el nuevo país hegemónico, competía con nuestro campo.
El mundo nos brindó tres grandes oportunidades para integrarnos a él, desarrollándonos internamente a la vez. Una empezó genial, pero no pudo proseguirse en el tiempo. La otra resultó fallida. Ahora estamos frente a la tercera. ¿Será la vencida?
Segunda oportunidad: Kirchner la desaprovechó
Pero la historia sigue evolucionando, y a fines del siglo XX, la apertura económica generada por el menemismo, logró un cambio estructural que fue exitoso, una verdadera revolución tanto de la composición como de la productividad del sector agropecuario con un auge de la producción de oleaginosas y de cereales, así como de la exportación ligada a una agroindustria cada vez más competitiva.
Otra vez el granero del mundo, ahora mucho más tecnologizado, se ponía a disposición de lo que le ofreciera el futuro. Y el futuro era el crecimiento fabuloso de una China devenida económicamente capitalista que estaba forjando una enorme clase media, lo cual elevó a las nubes el valor de nuestros ofrecimientos alimenticios.
Sin embargo, por esos avatares de la historia llegó a presidir el país un señor feudal del sur patagónico, Néstor Kirchner que, en vez de forjar una alianza estratégica y estructural entre el gobierno y el campo, optó por seguir el camino tradicional de pedirle al campo ahora más eficiente que nunca, que subsidiara más que nunca a la industria improductiva. Sin embargo, esta vez el campo se rebeló. Eso llevó a un conflicto gravísimo donde el gobierno fue derrotado pero el campo no pudo triunfar en imponer su rumbo, con lo cual la segunda gran oportunidad histórica de integrarnos al mundo desarrollando estructuralmente por dentro a la Argentina, se convirtió en otro fracaso estrepitoso.
Tercera oportunidad: ¿Milei la aprovechará?
Hoy el destino nos brinda otra posibilidad: ahora el turno de la integración internacional, global, deberá estar hegemonizada por materiales gestados principalmente en la Patagonia y en toda la zona andina hasta el norte del país. Donde Mendoza también está definitivamente incluida. El otro país, el olvidado de siempre, el del desierto infinito y de los caudillos eternos, se encuentra a las puertas de poseer las llaves para dirigir el desarrollo estratégico de la Argentina, si esta vez no cometemos errores como en las anteriores ocasiones.
