Por Miriam Mabel Fonseca – Presidente de Escritores del Sol

Caminaba por la Quebrada de Zonda cuando escuché a unos turistas señalando la montaña:

—¿Viste? Ahí vivían los huarpes, en esas cuevas.

La frase me congeló un segundo. Era la versión instantánea de una historia que muchos dan por cierta, pero que no resiste un mínimo contraste con la evidencia histórica. Las cuevas impresionan, pero lo cierto es que esas cuevas no fueron hogares huarpes.

Las cuevas de Zonda —esas grandes cavidades excavadas en la sierra— no son producto de una ocupación indígena ancestral. Son obra humana, del siglo XX. Fueron excavadas entre fines de la década de 1920 y los años 30 por obreros inmigrantes, principalmente yugoslavos y europeos del este, como parte de un plan ambicioso del gobierno provincial impulsado por Federico Cantoni.

Este proyecto, bautizado al inaugurarse como Parque Bernardino Rivadavia —luego renombrado Parque Federico Cantoni—, no fue un asentamiento indígena ni una ocupación prehispánica. Fue un proyecto turístico, recreativo y laboral, diseñado para generar trabajo en tiempos de crisis económica, transformar un valle agreste en un destino de paisaje y dar a la población sanjuanina un espacio de esparcimiento.

Los yugoslavos —hombres de Europa del este— junto con cientos de obreros checoslovacos y de otras procedencias perforaron la montaña, cavaron túneles, trazaron pasajes y miradores. Más de mil obreros estuvieron involucrados en abrir esos túneles y caminos en varios niveles escalonados que hoy, entre la vegetación y el silencio, parecen parte del mismo relieve natural.

Se trabajó de sol a sol, con herramientas, dinamita y sudor, perforando la roca caliza en siete niveles, uniendo espacios con senderos y escaleras, y dotando al parque de un carácter singular en toda Sudamérica. Una de esas excavaciones —la llamada Caverna Mayor— llegó a alojar la fábrica de champaña Cavas de Zonda y hoy puede verse en distintos usos recreativos.

El parque fue inaugurado el 11 de septiembre de 1932, pero quedó inconcluso. Muchos planes —como los sistemas de transporte interno, aerosillas y varios de los caminos proyectados— nunca se terminaron, y parte de la obra más ambiciosa quedó reducida a la memoria y a los caminos hoy semiocultos por la maleza.

Las cuevas fueron excavadas entre fines de la década de 1920 y los años 30 por obreros inmigrantes, principalmente yugoslavos y europeos del este.

Por eso conviene aclarar que sí es posible que pueblos originarios hayan usado cuevas naturales de manera ocasional —como refugio transitorio, resguardo climático o espacio con significado simbólico o ritual—, pero eso no equivale a que las cuevas de Zonda hayan sido viviendas huarpes. Aquí no hubo hogares indígenas bajo la roca. No como muchos imaginan.

Los huarpes fueron pueblos indígenas del valle de Cuyo, distribuidos históricamente entre lo que hoy son las provincias de San Juan, Mendoza y San Luis.

Su forma de vida giraba en torno a los ríos, lagunas y sistemas de riego que ellos mismos construían. Con ingenio creaban redes de acequias que llevaban agua a sus campos, cultivando maíz, porotos, zapallo, quinoa y otros alimentos, que constituían la base de su dieta.

Sus hogares eran ranchos de adobe, caña y paja, de formas simples y prácticas, integrados al paisaje del valle. Estos ranchos, muchas veces semisubterráneos o con muros gruesos de barro, estaban diseñados para proteger del calor del verano y del frío del invierno, respondiendo al ritmo climático del oasis cuyano.

Vivían en pequeñas comunidades extendidas, organizadas en torno a la familia y lideradas por un cacique. Su organización social, agricultura y costumbres eran sofisticadas: tejían cestas, fabricaban cerámica, cazaban guanacos y aves locales, recolectaban frutos de algarrobo y chañar, y procesaban alimentos en tecnologías de conservación avanzadas para su tiempo.

Las cuevas de Zonda, en cambio, son marcas de una historia moderna, planificada, humana, fruto del trabajo de inmigrantes que dejaron grabado en la roca su esfuerzo y su tiempo. Nombrarlas bien no empobrece la memoria popular; la enriquece, porque permite distinguir entre lo que fue ancestral y lo que fue esfuerzo contemporáneo.

Tal vez la próxima vez que alguien señale una cueva, podamos responder con cuidado:

—Ahí trabajaron yugoslavos para construir un proyecto turístico en la década del 20 al 30; los huarpes vivían más abajo, donde estaba el agua.