Por Rosendo Fraga – Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría
La política de Trump con Venezuela sigue generando interrogantes e incertidumbres. Las experiencias de Irak y Afganistán están detrás de ello. Disolver las Fuerzas Armadas de un país al que se pretende cambiar de régimen lleva a una situación de anarquía armada que se hace muy difícil de controlar, y que obliga a un empeñamiento directo de las fuerzas militares estadounidenses. No caer en este error es clave en la visión de Trump.
Generalmente esta segunda estrategia se ha realizado sustituyendo a los primeros de la cúpula por los que les siguen, y esto ha quedado como el modelo para promover cambios de régimen más eficaces. Al mismo tiempo, el presidente estadounidense asume públicamente que él toma las decisiones sobre Venezuela y ello implica administrar y disponer sobre la explotación petrolífera, la actividad económica más importante de Venezuela.
En este cuadro adquiere un rol cada vez más importante la presidente interina, Delcy Rodríguez, figura clave de poder con Maduro, como lo es hoy también con Trump. Ella se maneja con gran habilidad política: no critica a Trump, por el contrario lo elogia moderadamente, pero mientras continúa realizando homenajes a los militares cubanos y venezolanos caídos en la fracasada defensa de Maduro, a quien reivindica cada vez con más moderación.
Ella no ha modificado el esquema de poder básico del madurismo. El general Vladimir Padrino López sigue siendo el Jefe de las Fuerzas Armadas, como en los últimos ocho años, y el ex militar y legislador Diosdado Cabello, que ocupa el ministerio del Interior, continúa a cargo de la policía y los grupos paramilitares denominados “colectivos”. Rodríguez sólo ha sumado a su núcleo de poder y en segunda línea a su hermano Jorge, presidente de la asamblea legislativa, y al coronel y jefe de la guardia presidencial y el Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN), Gustavo González López. Hay diferencias en la segunda y tercera línea de la estructura “militar-policial-popular”.
Pero Rodríguez ha iniciado una purga gradual en las Fuerzas Armadas, presentada como una renovación que no deja todavía en claro cuál es su objetivo político.
Mientras tanto, la relación entre Estados Unidos y México continúa en tensión. Trump ha criticado el T-MEC, el tratado de libre comercio firmado en los años noventa por Estados Unidos, Canadá y México. Ha dicho que el saldo final del mismo no ha sido favorable para Estados Unidos, fundando esta afirmación en el saldo del intercambio comercial con los dos países. Pero se da en un contexto político en el cual los gobiernos de México y Canadá están en una línea política “progresista”: la presidente mexicana, Claudia Sheinbaum, como ha sido tradicional durante décadas, y el primer ministro canadiense, Mark Carney, es uno de los pocos que en el mundo occidental ha sido electo por el progresismo.
Para México un problema político central son las reiteradas declaraciones de Trump sobre que sería necesario enviar tropas estadounidense a territorio mexicano para combatir en él la estructura y las bases del narcotráfico. La presidente mexicana rechaza terminantemente esta posición, aunque lo haga en un tono moderado y evitando conflictos.
Trump asume públicamente que él toma las decisiones sobre Venezuela y ello implica administrar y disponer sobre la explotación petrolífera.
Cabe señalar que en la semana siguiente a la captura de Maduro, Sheinbaum envió petróleo a Cuba, lo que resultó esencial para que el gobierno cubano no entre definitivamente en crisis. El gobierno mexicano ha puesto en marcha operativos para mostrar que está empeñado en luchar contra los carteles. Demuestra voluntad, pero no muchos resultados.
La región centroamericana es seguida con atención por el presidente de Estados Unidos, pese a los múltiples conflictos a los cuales sigue y está participando en el ámbito global. En Honduras parece haber logrado el triunfo de su candidato Nasry Asfura, quedando finalmente sin efecto los cuestionamientos que intentó la presidente saliente, Xiomara Castro, próxima al chavismo. Costa Rica tiene elecciones presidenciales el 1° de febrero.
Las simpatías de Washington se inclinarían por el candidato Ariel Robles, que enfoca sus propuestas en temas de seguridad y narcotráfico. Tiene esta posición en una región donde el modelo del presidente Bukele en El Salvador va creciendo en cuanto a influencia política y social. Es cuestionado por los sectores progresistas por su voluntad de permanecer en el poder durante dos períodos más, pero su popularidad sigue siendo excepcional. En el caso de Guatemala, se han producido importantes motines en las cárceles organizados por las “pandillas”, lo que ha llevado al gobierno del presidente Bernardo Arévalo a tomar medidas de seguridad excepcionales. En Panamá, la situación política es relativamente estable y Estados Unidos ha tomado el control del Canal con medidas económicas pero sin incursionar por ahora en lo político. En cuanto a Nicaragua, ha recibido el reclamo de Washington de que libere a los presos políticos, pero sin haber recibido respuesta. Se trata del único país de América Central que sigue manteniendo una línea afín a Cuba -que resiste una dura crisis económica- y un régimen cada vez más autoritario. La importancia para Trump de América Central por un lado es social, por la influencia que sus problemas tiene en la inmigración hacia Estados Unidos, y al mismo tiempo es estratégica, por la importancia de la comunicación atlántico-pacífico que implica el Canal.
Venezuela sigue siendo una prioridad para Washington en América Latina, pero no descuida su entorno: México y América Central.
