Por Miriam Fonseca – Presidente de Escritores del Sol
Hay gestos que parecen pequeños, casi imperceptibles, pero que con el tiempo dicen mucho más de lo que creemos. Un pueblo no se define solo por sus calles, sus instituciones o sus cifras. Se define, sobre todo, por aquello que comparte, por los rituales que lo reúnen, por las costumbres que le dan sentido al paso del tiempo.
Las celebraciones, las tradiciones y los encuentros comunitarios no son meros acontecimientos del calendario. Son espacios donde la memoria se hace presente, donde las generaciones se reconocen unas a otras, donde el pasado dialoga con el presente sin necesidad de palabras. Allí se transmiten valores, afectos, creencias y modos de estar juntos que no se aprenden en los libros.
las celebraciones religiosas en parroquias, capillas y santuarios sostienen una parte profunda de nuestra identidad cultural y espiritual.
También son momentos fundamentales para que el arte local se haga visible. Artesanos, cantantes, músicos, pintores y hacedores culturales encuentran en esos espacios una oportunidad única para mostrar su trabajo, para compartir lo que nace de la tierra y de la identidad del lugar. No se trata solo de expresión artística, sino de reconocimiento: de decir “esto somos”, “esto hacemos”, “esto sabemos cuidar”.
Cuando ciertas costumbres se van apagando, no desaparecen de golpe, se diluyen. Primero dejan de convocar, luego dejan de nombrarse y, finalmente, corren el riesgo de ser olvidadas. En ese proceso, algo esencial se resiente y ese algo es el sentimiento de pertenencia. Porque un pueblo que ya no se encuentra, que ya no comparte tiempos y símbolos comunes, empieza lentamente a fragmentarse.
Hoy, muchas de esas prácticas colectivas han quedado reducidas o suspendidas. En cambio, persisten —aunque también con esfuerzo— las celebraciones religiosas en parroquias, capillas y santuarios. Allí todavía se conserva el gesto de reunirse, de encender una vela, de agradecer, de pedir, de recordar. No es un dato menor, esas expresiones sostienen una parte profunda de nuestra identidad cultural y espiritual.
Sostener las tradiciones no implica anclarse en el pasado ni resistirse al cambio. Implica comprender que esos encuentros son, además, una invitación abierta, una forma de mostrar al visitante quiénes somos, qué valores nos definen y qué riqueza cultural habita en nuestra comunidad. Un pueblo que celebra su identidad se vuelve visible, cercano y hospitalario.
Un pueblo necesita más que infraestructura y proyectos, necesita alma. Y esa alma se construye en los gestos compartidos, en las tradiciones transmitidas, en los rituales que nos reúnen y en el arte que nos representa. Son oportunidades —a veces únicas en el año— para expresar nuestra identidad y proyectarla hacia afuera sin perder autenticidad.
Ahora, a buscar con atención —y con responsabilidad colectiva— esos espacios donde aún late la identidad común. A cuidar lo que nos reúne, aunque sea en formas más sencillas, más íntimas. Porque cuando un pueblo deja de reunirse, no solo pierde actos, pierde memoria, pierde identidad y pierde futuro.
