Por Claudio Fantini – Periodista y Politólogo

En “Lolita”, novela publicada en la década del 50, un pervertido llamaba “nínfulas” a las niñas de entre 9 y 14 años, por las que sentía una oscura y viscosa atracción. Por eso se casó con la madre de Lolita, la niña de doce años por la que pierde definitivamente la cabeza.

Vladimir Nabokov puso el dedo en una llaga social: la atracción perniciosa que muchos hombres y mujeres sienten por los púberes y los adolescentes, algo que, sobre todo en el caso de las jovencitas, ha sido material de mucha literatura y filmografía.

Por eso llaman “Lolitas” a las menores de edad que resultan atractivas. Y es ese nombre el que se usa en el modelaje de niñas en la pubertad y en la adolescencia. De ese modo, los empresarios de la moda y el periodismo abocado a la farándula y la vida del Jet Set, deja constancia del vínculo entre las modelos púberes y adolecentes con la pervertida atracción sexual que sienten muchas personas propensas a caer en la bancarrota moral.

Con “Lolitas” construyó Jeffrey Epstein el negocio pervertido con el que multiplicó la inmensa fortuna que había amasado en los mercados financieros. Muchas de sus modelos eran adolescentes en la vidriera del pederasta que industrializó la pedofilia para ganar dinero, influencia y poder en dimensiones descomunales.

Desde que ese negocio aberrante quedó al descubierto, el “Caso Epstein” no ha dejado de crecer y, a esta altura, ya se ha convertido en el escándalo sexual con el ingrediente de un delito repugnante más grave y de mayor alcance en la historia.

Por cierto, Epstein no inventó la fórmula de convertir a niñas en carnada para poder chantajear a poderosos empresarios, millonarios, miembros de la jerarquía judicial y políticos de los Estados Unidos y otros países. En los ’90, Carlos Menem designó como embajador en Chile a Fernando Spinoza Melo, un patán de baja estofa que generó un cortocircuito diplomático descomunal cuando se descubrió que organizaba orgías en la embajada invitando a ricos y poderosos chilenos, para filmarlos y poder sacarles dinero y favores mediante el chantaje.

Pero hasta que Epstein se suicidó (o lo suicidaron) en prisión, el más grave de los escándalos sexuales convertidos en sismos políticos fue el Caso Profumo. Un tembladeral europeo con epicentro en el Reino Unido, en cuya trama se mezclaba sexo, política y espionaje.

John Profumo era el ministro de Guerra del gobierno conservador que encabezaba Harold Macmillan en 1963. Brillaba entre los dirigentes tories y se perfilaba como futuro primer ministro, cuando se le cruzó un “cisne negro” llamado Cristien Keller. Tenía 19 años y un grado de sensualidad que le permitía ganar muy bien como “showgirl”. Así llamaban a las chicas que bailaban en toples y hacían striptease en clubes nocturnos londinenses.

Cuando un periódico amarillista habló de esa relación extramatrimonial, el poderoso y admirado secretario de Guerra negó ante el Parlamento lo que decía la publicación. Pero poco después los agentes del MI-5 (aparato de inteligencia interna) corroboraron la relación adúltera con la jovencita, Profumo tuvo que renunciar y auto-condenarse al ostracismo, el gobierno conservador quedó debilitado y poco después renunció Macmillan.

Ocurre que al rechazo en la sociedad que provocó su mentira en Westminster y el hecho de que engañara a su esposa, nada menos que la actriz Valerie Hobson, amadísima por el público británico, se sumó otro descubrimiento del MI-5: Profumo conoció e inició su relación extramatrimonial con Keller en 1961, durante una de las fiestas que organizaba el pintor y miembro del jet set Stephen Ward, quien mezclaba sus invitados poderosos con modelos y prostitutas de alto vuelo con las que generaba vínculos sentimentales que le daban influencia y gravitación sobre los miembros del poder económico y político.

Otro descubrimiento de los agentes secretos: Keller era también amante de Yevgeny Yvanov, agregado militar y espía soviético. Todos los ingredientes para convertir el caso en una bomba política que sacudió el escenario occidental.

Con su inmenso impacto entre los principales protagonistas de los tiempos de la Guerra Fría, el Caso Profumo ya ha sido superado en magnitud, gravedad y alcance por el Caso Epstein. Su onda expansiva sacude la memoria del fallecido estilista de la farándula Roberto Giordano, pionero en el modelaje de “Lolitas”; inquieta al primer ministro Keir Starmer por haber tenido como embajador en Washington a un allegado a Epstein; podría romper el matrimonio del príncipe Haakon, heredero del trono noruego con su esposa, la princesa Mette-Marit Tejssen Hoiby, además de opacar la imagen de Soon-Yi Previn, la ex hijastra y actual esposa de Woody Allen, entre muchos otros personajes relevantes de los escenarios de la fama y el poder en el mundo.

Pero en el epicentro del terremoto generado por el hombre que industrializó la pedofilia, esta nada menos que Donald Trump. El jefe de la Casa Blanca es el protagonista de esta trama de sexo, poder y miseria moral. Quince años interrumpidos de estrecha relación entre el magnate neoyorquino y el anfitrión de la “isla de la fantasía” sexual que tenía en el archipiélago caribeño de las Vírgenes, vuelven imposible imaginar que Trump nunca supiera ni imaginara de qué se trataba el negocio con que Epstein amasaba poder, influencia y fortuna.