La confirmación llegó en forma de números concretos y, aunque no sorprenda, alarma. El Programa de Gestión Integral de Cuencas Hidrográficas de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ) estimó que el escurrimiento del río San Juan para el ciclo octubre 2025-septiembre 2026 será de 773 Hm3. Si se compara con los 1.250 Hm¦ registrados el año pasado, la conclusión es que habrá un 38% menos de agua disponible.
La crisis hídrica que atraviesa San Juan desde hace casi siete años no encuentra alivio, ni siquiera con las últimas nevadas de septiembre, que alimentaban una tenue esperanza. La sequía se ha instalado como una realidad estructural, y su impacto se siente de manera transversal en la producción agrícola, en la industria, en el comercio y, por supuesto, en los hogares.
Frente a este panorama, ya no se trata de esperar soluciones milagrosas, sino de actuar con racionalidad y responsabilidad. El ahorro de agua no puede seguir siendo un eslogan ocasional. Debe consolidarse como política pública y como hábito ciudadano. No se puede seguir concibiendo al agua como un recurso ilimitado, porque no lo es. La disponibilidad es cada vez menor y las necesidades, crecientes.
La tarea, sin embargo, no es exclusiva de los organismos estatales o de los productores frutihortícolas. Involucra a toda la sociedad. Cada familia, cada industria, cada emprendimiento, debe revisar sus prácticas para reducir el derroche y dar al agua el valor que realmente tiene. En muchos casos, se trata de cambiar pequeñas conductas cotidianas que, multiplicadas en escala, pueden marcar la diferencia.
De no asumir este compromiso, las consecuencias no tardarán en hacerse sentir. No solo se resentirá la producción agrícola y la preservación del arbolado público, sino también cuestiones básicas como la higiene urbana y la disponibilidad de agua para el consumo humano. Pensar que las restricciones no alcanzarán al ámbito doméstico es un error: el agua que se gasta de más hoy, será la que falte mañana en la canilla.
San Juan está frente a una de las mayores pruebas de su historia reciente. El agua, más que nunca, es un bien escaso y vital. Cuidarla no es una opción, sino una obligación moral y social. El futuro inmediato dependerá de que todos comprendamos que este recurso se debe proteger con la misma seriedad que se protege la vida.