-¿Cómo conseguiste un Hachi Roku? -dijo Amara, con aceite en las mejillas-.

El ronroneo del motor penetraba en el chasis, se colaba entre el humo y la carne molida, entre el cuero de los asientos y el roce de la ropa. Sara atenazaba una colilla entre sus dedos, como un anillo de plata. Amara se embarraba la cara con comida de origen sintético. El bajo cero. El vapor. La mezcla de sustancias que era de ambas una síntesis.

-Para colmo un GT-APEX  -sopló con una sonrisa- ¿Quién sos? ¿La protagonista?

Con cierta tensión en los hombros soltó una risita silenciosa. Devoró el último pedazo de empanada con ligereza y succionó la grasitud impresa en cada dedo como una ronda de besos deliciosos. Se limpió la boca y guardó el pañuelo en su uniforme. Luego se apresuró en girar la cabeza, perdiendo reparo en tronar el cuello, para así enfrentarse al rostro moreno de Sara.

-Lo vas a reportar, ¿no? -dijo grabando la reacción de Sara con sus retinas-. Como tu superior me debés cierto respeto. Por eso quiero un informe detallado al respecto.

Sara contestó con silencio.

Fue raptada su atención por el velo iluminado en el parabrisas. Dos fotografías pudo atender en él: la primera, la fina capa de nieve que cubría los edificios, los suburbios y los cadáveres, como un manto albo de indolencia. Nítida, estática. La segunda, que se movía como un filme mudo; la cuadrilla de Elementos de Campo que se organizaba contra los insurgentes en el edificio de enfrente, mientras la virginidad de la nevada era manchada por sangre humana. Roja. Espesa.

Las patrullas aéreas acordonaban el perímetro. Por el altoparlante se comunicaban con los indocumentados. Daban aviso de la inherente falla de la guerra y la naturaleza del conflicto, que oponer resistencia no sólo era un acto suicida, sino una pérdida de tiempo y esfuerzo de sus activos. Los sujetos incendiaron una de las patrullas como respuesta. Y más molotov fueron lanzadas desde el edificio.

-Un exagente fue reportado en la jefatura por robar y modificar un Sprinter Trueno sin registro, dijo Amara, ajustando su corbata y pintando el interior de sus labios con carmín. Recibí órdenes de mandarlo al desguace, junto con el vehículo. No hubo mediación posible.

-Pobrecita… perro faldero.

-¿Por qué no pedís una patrulla, Sara? – reviró Amara.

-¿Para qué?

-Sabés para qué.

-No -interrumpió-.

Amara la tomó de la chaqueta, el tirón fue limpio, exacto, corto y al cuello

– No espero que lo entendás, tampoco te pido que te importe, pero acatá mis órdenes. ¿Qué te pensás que te va a pasar a vos, o a mí, si no obedecés?

– ¡Que pase! -bramó Sara-. Lo que tenga que pasar, que pase de una vez -su chaqueta crujió al apartarse-. El desguace o el reacondicionamiento; un nuevo agente me va a reemplazar de todas formas. ¿Para qué perder más tiempo?

– Nada de eso pasará si actuás acorde al protocolo.

Sara embistió contra Amara. A sólo centímetros de su rostro, la tomó de la nuca y desapareció el milímetro restante entre ambas.

-¿Hacia dónde nos lleva todo esto, directora?

¡Tack!

Golpeó la ventanilla con el dorso de la palma.

-¡Nieve! ¡Humanos! ¡Servidores! -gruñó-. ¿Esto es lo que tu protocolo dicta que sos? ¿Hacia dónde te lleva eso, directora?

Entonces, Sara cerró los ojos, como si pudiera anticipar el calor.

Amara la abofeteó.

El rodete en su cabello se desarmó sobre ella.

-No voy a tolerar tus berrinches -escupió-. No tenés el poder, la posición ni el derecho para hablarme así. ¿Te queda claro?

Dejó la mano en el aire, como un copo anclado en el eco del cachetazo. Ambas reposaron en sus posiciones. Sara se clavó en los ojos verdes de Amara, en la sucesión de órdenes y castigos, de abrazos íntimos y de comunicación por radio; y ella se detuvo en los café de Sara, como las hojas de otoño que caen sin dar aviso y los libros prohibidos por la Federación.

El viento se internó por la ventanilla, como si fuera una respuesta objetiva. Como un susurro de vapor y hielo. Levantó sus cabellos, la correa de sus uniformes. La brea y el oro se arremolinaron al compás de las ráfagas de céfiro.

Todo paró.

Sara respondió, como si respondiera una pregunta que nunca se dijo:

-No me importa.

Abrió la puerta hacia arriba, salió del auto.

Amara se empujó contra el asiento.

Ambas suspiraron como si el aliento les faltara.

El edificio de hormigón se presentó ante Sara. Mismo que vio en las fotografías del parabrisas: el último gran refugio de insurgentes. Atisbó a los Elementos de Campo fusilar y desmembrar a los últimos adultos. Mujeres, hombres, ancianos. Detrás, los Equipos de Apoyo los metían en bolsas negras y luego se dirigían a las aeronaves de transporte a Lorens Corporation. Mientras que los sobrevivientes, de 20 a 29 años, eran transportados a la jefatura. “Más juguetes de Migdála”, pensó.

La mejilla le ardió con una intensidad extraña: leve y cariñosa. O quizás no. No empezó justo allí, sino que lo sintió como la primera vez… Cuando Amara era más directora que nunca. Acarició su cutis con los dedos, el cuerpo se le estremeció. Recordó que Amara no era rubia ni sus ojos eran verdes, en la fábrica eran todas iguales. Lo mismo en todas partes. Incluso ella.

Uno de los Elementos la trajo de nuevo: le envió un mensaje por radiodifusión. Ella respondió con el mentón. Los Sujetos B estaban en el edificio, ocultos, sin sus padres; de eso se encargaban ellas. Le dio una última calada al cigarro. Pero, por primera vez, mantuvo el humo dentro.

Aguantó.

Más de lo que debía.

Bocanada que no pensó. La echó por la nariz. Miró hacia abajo, tiró la colilla al suelo. Divisó la nieve devorar las cenizas. Retrocedió y dio la vuelta, apoyó la mano sobre el techo del auto. Asomó la cabeza por la ventanilla.

-¿Vas a salir? Nos llaman -dijo tamborileando los dedos-.

Pero sus palabras las devoró el silencio.

Amara estaba petrificada, cabizbaja, con los ojos en el rubor de su palma que se extendía hasta sus dedos. Los mechones de cabello dorado escondían su rostro de marfil, pero su mirada latente rebosaba de vacío.

-¿Qué necesitás para ser la protagonista? -susurró Amara, como si fuera para ella misma y no para el mundo-.

Sara tomó una pausa. Por unos segundos, desconfió de lo que veía. Amara seguía abstraída en sus manos, moviendo los dedos torpemente. Algo cambió. Oscureció como la noche, pero continuó:

-Que salgás del auto, por ejemplo. Tenemos que hacer esto, ¿o no?

Amara viró los ojos hasta ella.

-¿Qué tal si no?

-¿Qué? -arrugó la frente-.

-Migdála no nos está viendo.

-Migdála está en todas partes. Además, me acabás de abofetear por no seguir tus órdenes, ¿qué te pasa? -bufó Sara-.

-Lo siento…

-Salí del auto, Amara.

Las puertas se desplazaron hacia arriba con un silbo airoso; lento, pesado. Un click metálico avisó al terminar. Amara sacó las piernas. Las botas de cuero emergieron del interior, tocaron la nieve, se aferraron al suelo, se clavaron frente al Hachi Roku. Levantó la cadera y cerró la puerta.

El calor del motor se filtró entre sus muslos hasta aferrarse a su espalda: era tibio, algo dulce, algo amargo, como café caliente con espuma melosa. Firme en textura, pero delicado a la memoria.

Buscó a Sara con la mirada. Ella no la miró.

El Elemento se acercó hasta sus posiciones a paso desmañado. La curvatura de su cabeza beige, análoga a la tapa de una olla, se tambaleaba como péndulo y sus patas resbalaban sin interrumpir su andar. Acompañó su llegada con una genuflexión innecesaria, pero a ellas no les importó.

-Reporte -dijo Sara-.

Tardó unos minutos, tiempo en que encendió su cerebro, hasta que al fin respondió:

-Perímetro asegurado. Desalojo asegurado. Cargamento asegurado. Sujetos B -hizo una pausa de varios segundos, la pantalla de su cabeza parpadeó-. Falta información.

Amara avanzó hacia él con pasos que crujían sobre la nieve. El autómata inclinó su cabeza-olla, en respuesta dócil a su protocolo. Ella lo sujetó del torso, arrancó la tapa de plástico en su pecho y descubrió cada puerto de acceso.

-¿Qué hacés? -musitó Sara-.

Los dedos de Amara se afilaron como agujas de acero. Los introdujo en el panel, vinculando su mente con la red. Los pequeños focos en el Elemento parpadearon en amarillo, luego rojo, blanco. Amara cerró los ojos. Su cuerpo se arqueó entre espasmos y gemidos.

-¡Amara! -vociferó Sara-.

Observó que todo a su alrededor se detuvo en el espacio. Los Equipos de Apoyo circundante y los Elementos restantes, las naves en el cielo y los drones de vigilancia, el mundo observaba cada detalle como un gran gestor.

-Quisiera ser tu protagonista, Sara… -susurró Amara-.

La pantalla del Elemento se inundaba de códigos. Dígitos. La espalda de Amara, su pecho, sus brazos desprendieron tanto vapor que la nieve bajo sus pies se hizo charco.

Giró hacia Sara. Sus ojos verdes -que no eran verdes, que nunca habían sido verdes- fulguraban con algo parecido a la vastedad del universo. O al primitismo de la libertad. Quizás a ambos.

Se desconectó con una contracción de sus manos.

El Elemento colapsó en la nieve con los circuitos internos totalmente desechos. Las naves cayeron como moscas muertas. Todo en el perímetro murió en el acto.

-Siete minutos antes de que sepan qué hice -dijo, con la voz oscilante-. Pero, ahora podemos irnos. ¿Vendrás conmigo?

Sara sintió el suelo moverse bajo sus pies. Resbaló. Cayó.

El agua salpicó las botas de Amara. El rostro de Sara se desfiguró con trauma.

-¿Qué mierda hiciste? -clamó- ¿Qué te pasa?

-Saboteé los servidores de la jefatura. Migdála está temporalmente ciega…

-¡Ya lo sé! Pero nos van a encontrar.

-¿No es lo que querías?

Sara apretó los puños. El humo del cigarro aún le amargaba la garganta. La humedad del agua atrapada en su ropa se congelaba con cada segundo. La escarcha. La tormenta.

Miró el edificio de hormigón, las bolsas negras, los cuerpos, el logo de Lorens Corporation. Luego miró el Hachi Roku. Miró a Amara.

-Yo… no lo sé -dijo con temblor en la boca-. No sé quién o qué seré después.

Amara se agachó.

Sujetó su mentón con cariño.

Sara la observó.

-Pero sé que no quiero ser menos que esto -dijo, al fin-.

Unieron sus cuerpos con los brazos, los labios y su piel. El calor de ambas, como el de un reactor, pero ya no les importaba explotar. Ni siquiera si era el final de sus memorias. Corrieron hasta el auto. Subieron juntas. Escaparon del área limítrofe. Desconocían hacia dónde, ni por cuánto. Sin embargo, ahora tenían algo.

Migdála lo supo.

Acabaron en el desguace.

 

Breve perfil del autor

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​Marcos Nahuel Tomas Casivar nació el 12 de marzo de 2005 y actualmente estudia Licenciatura en Letras en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes, de la Universidad Nacional de San Juan. Desde que aprendió a leer ha amado la literatura.

Todo comenzó por los cuentos, las novelas y la poesía de Edgar Allan Poe, su principal referente. Puede recordar con precisión la primera vez que leyó “El tonel de amontillado” y el extremo pavor que le quedó en la sangre cuando lo terminó. A partir de ahí descubrió, por recomendación de amigos, a Borges, Cortázar y Chéjov; “los mejores cuentistas por excelencia”.

Lleva cinco años escribiendo sus propios cuentos, aprendiendo con el ejemplo de dichos autores y de cada libro que lee. Aspira a que sus textos lleguen a lectores que buscan en la literatura tanto el rigor formal como la intensidad emocional.

 

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