Nació en Vélez, brilló en el Atlético de Madrid y paseó toda su capacidad por el Viejo Continente. Volvió a su Argentina para empezar a desandar una exitosa carrera como entrenador desde Estudiantes a River, pasando por Racing. Sufrió en San Juan cuando su River perdió con San Martín. Ya había comenzado la segunda vida de Diego Pablo Simeone: un todo terreno nacido para ganar. Dueño de más chapa como entrenador que como jugador pese a haber marcado un ciclo más que importante en la Selección Argentina. Ahí, jugaba con el cuchillo entre los dientes como decía uno de sus inspiradores: Carlos Salvador Bilardo. Lo tuvo un ratito como entrenador en el Sevilla con Maradona y para el Cholo, ese estilo quedó marcado a fuego. Cultor acérrimo de la prioridad del equipo por encima de las individualidades, amagando incluso con no querer ser seleccionador porque para Simeone, tener a Messi es un problema. Y claro, el Cholo encontró tierra fértil en el Atlético de Madrid. El que vive a la sombra del Real Madrid, el que no se entrega nunca y que desde la adversidad, potencia lo que tiene y termina mirando desde arriba al otro coloso español , el mismísimo Barcelona. Le alcanzó para ser nuevamente campeón de la Liga Española nuevamente y a su Colchonero no le sobraron lujos, pero tuvo el acierto de potenciar y explotar a un tremendo goleador como Luis Suárez, demostrando que un buen equipo puede lograr sus objetivos. Demasiado enérgico, extrovertido, polémico. Dueño de amores y de odios por partes iguales, pero generoso en la apuesta de trabajo. Con obsesión por la táctica, con una capacidad enorme para admitir sus limitaciones como equipo y desde ahí, hacer lo mejor por un resultado. No le interesa jugar bonito, le sirve ganar. El hijo que Bilardo quiso tener. Simeone entró para siempre en la historia grande del Atlético, sabiendo y pregonando que sea donde sea y como sea, el nació para ganar.

