El año de la consolidación como titular fue 1977. Ya no estaba Bilardo en el banco, pero había sido reemplazado por otro histórico de las horas inolvidables de la década anterior. Un hombre que sería muy importante en el devenir de los años para Miguel Russo: Eduardo Luján Manera. En ese Metropolitano llegó su primer gol oficial. Como un guiño del destino, el rival no podía ser otro que el eterno adversario. Fue 1-1 ante Gimnasia como local el 16 de septiembre.
Serían tiempos de navegar en la mitad de la tabla para Estudiantes, con la excepción del Nacional ’77, que lo encontró perdiendo recién en las semifinales ante Independiente, a la postre el campeón en la recordada final ante Talleres. Tanto 1978 como 1979 y 1980, no dejaron grandes recuerdos, con un equipo donde cambiaban los entrenadores, la conformación del plantel y lo único que se mantenía era esa medianía donde no se luchaba por nada. En 1981 se vivieron momentos complicados, con Carlos Pachamé como técnico. Al terminar la primera rueda, apenas aventajaba en las posiciones a Sarmiento y Colón, cuando había dos descensos por tabla. De a poco comenzaron a aparecer los resultados positivos, pero el alivio llegó recién sobre el final, donde quedó dos puntos arriba de San Lorenzo, que perdió la categoría.
Los dirigentes fueron conscientes que debían remontar esa situación y fueron en busca del hijo pródigo para la temporada 1982. Carlos Bilardo venía de dirigir con éxito al Deportivo Cali y estuvo cerca de clasificar a la selección de Colombia para el Mundial ’82. Dijo sí a la propuesta y comenzó a trabajar, primero en lo anímico y luego en lo futbolístico. Quedaban muy pocos jugadores de los que había tenido en su paso anterior. Pero en dos de ellos sentó las bases: José Luis Brown como líbero y Miguel Ángel Russo, para dar equilibrio en la mitad de la cancha.
Fueron piezas claves del equipo que llegó hasta las semifinales del Nacional y que luego se dio el gusto de volver a gritar campeón en el torneo de primera división, peleado mano a mano contra Independiente hasta la fecha final. Russo hizo horas extras y trabajó a destajo en la mitad de la cancha, como único volante de recuperación, para que pudiera lucirse el talento de Alejandro Sabella, Marcelo Trobbiani y José Daniel Ponce. Unos meses más tarde, el Pincha repitió el título en el Nacional, ante el mismo adversario, en lo que se había manifestado como un choque de estilos futboleros.
El éxito de Estudiantes había catapultado a Carlos Salvador Bilardo como nuevo entrenador de la selección en reemplazo de César Luis Menotti. Miguel Russo no estuvo en la primera convocatoria, pero a los pocos meses fue llamado por el Narigón. Su debut con la camiseta de Argentina ocurrió el 10 de agosto de 1983 en un empate en dos tantos ante Ecuador en Quito, en la primera presentación en aquella edición de la Copa América.
Quedó formando parte del plantel en los complejos años 1984 y 1985, donde el equipo jugó bien en pocas ocasiones. Quizás la excepción haya sido la gira por Europa de agosto/septiembre del ’84, donde Miguel dijo presente en los tres partidos: Suiza, Bélgica y Alemania. Al año siguiente disputó 5 de los 6 encuentros por las eliminatorias, faltando solo en el último, el de la agónica clasificación ante Perú en cancha de River.
El 14 de noviembre del 85, vistió por última vez la camiseta celeste y blanca. Fue un empate 1-1 frente a México en Los Ángeles, compartiendo la mitad de cancha nada menos que con Diego Maradona y Ricardo Bochini. Una lesión se interpuso en su camino hacia el Mundial 86. Pese a que Bilardo lo esperó, finalmente no lo vio completamente recuperado y quedó fuera de los 22. Quizás haya sido su más grande dolor como futbolista.
Siguió un par de temporadas más batallando en la mitad de cancha de su querido Estudiantes, hasta que el miércoles 15 de junio de 1988, actuó por última vez. Fue en la desangelada liguilla clasificación (una especie de rueda consuelo, que apenas otorgaba un lugar en la liguilla pre libertadores del año siguiente), en una derrota 2-1 frente a Independiente en La Plata. En total, disputó 431 partidos oficiales con la casaca Pincha, entre torneos locales e Internacionales.
Como técnico
Tras un año sin actividad, el jugador le dio paso al técnico. Con 33 años recién cumplidos, aceptó el desafío que le propusieron los dirigentes de Lanús, club al que siempre le estuvo agradecido por esa oportunidad: “Me vinieron a tocar el timbre de mi casa para ofrecerme el cargo. Ellos se la jugaron conmigo, y yo con ellos, porque era un momento bravísimo. Acababan de perder el ascenso contra Chaco For Ever en la última fecha y el club era un velorio. El primer entrenamiento fue una cosa increíble: ocho dirigentes me presentaron a siete jugadores. El panorama era oscuro, porque el golpe se había sentido. Arrancamos el Nacional B más o menos, pero se terminó armando un buen grupo y logramos regresar a primera luego de 13 años”.
Aquella temporada 1990/91 no fue fácil y Lanús descendió nuevamente. A contramano de lo que ocurría (y ocurre), los directivos mantuvieron la confianza en Miguel, que la retribuyó con un nuevo ascenso en 1992. Se quedó en el cargo hasta mediados del ’94, volvieron a poner a los Granates como protagonistas. Estudiantes había perdido la categoría y Russo acudió al rescate. En dupla con Eduardo Manera, lo regresaron enseguida, con un equipo inolvidable, donde se destacaban Verón, Capria y Calderón, entre otros.
Había llegado el tiempo de probar suerte en el exterior. Dejó su huella en la Universidad de Chile, llegando hasta las semifinales de la Copa Libertadores 1996. En julio del ’97, decidió aceptar el llamado de Rosario Central. Nadie podía suponer que allí se estaba gestando una increíble historia de mutuo amor futbolero. Fue poco más de una temporada, para sembrar a futuro. Luego fue el tiempo de breves ciclos en Salamanca, Colón, el regreso a Lanús, Los Andes y Morelia de México.
Hacía fines de 2002, Rosario Central navegaba de la mitad de tabla hacia abajo. Miguel aceptó el desafió de volver, y realizó excelentes campañas, que no solo hicieron olvidar la tabla de los promedios, sino que lo puso nuevamente entre los mejores. El ciclo concluyó en aquella dolorosa eliminación por penales ante Sao Paulo en los cuartos de final de la Copa Libertadores 2004.
Firmó para Vélez Sarsfield a comienzos de 2005 y en el primer torneo, el Clausura, lo sacó campeón, en lo que fue su primer título en la máxima categoría y lo llevó hasta las semifinales de la Copa Sudamericana de ese mismo año. Tras dos años en Liniers, le llegó la gran chance de dirigir a Boca Juniors. Y se dio el gran gusto de su carrera como entrenador, al obtener la Copa Libertadores 2007, con un muy bien equipo, donde sobresalió un Juan Román Riquelme sin igual.
Algunos problemas dentro y fuera de la cancha, lo alejaron del club Xeneize y recaló poco tiempo después en San Lorenzo. Cuando promediaba el Apertura 2008, era el cómodo líder del torneo, con amplia ventaja. En el mes de octubre, por unas horas, fue el técnico de la selección nacional. Fue apenas un suspiro, porque al día siguiente del ofrecimiento por parte de la AFA, se enteró que el elegido era Diego Armando Maradona. Una inmensa frustración, que se sumó al hecho de perder ese campeonato que estaba ganado, a manos de Boca, en el recordado triangular en el que también participó Tigre.
Luego tuvo un tercer ciclo en Central, que fue muy breve, un paso por Racing y apenas 14 partidos en su querido Estudiantes de La Plata. En 2012 retornó, una vez más a territorio Canalla, cuando la parada era muy brava. Pero Miguel siempre estuvo templado para esas circunstancias y logró el anhelado ascenso a primera, quedándose hasta 2014. La temporada siguiente fue en Vélez Sarsfield.
A partir de allí, llegó el periplo sudamericano, con estaciones en Millonarios, Alianza Lima y Cerro Porteño. Estando en el club colombiano, fue que le detectaron esa enfermedad contra la que luchó sin dar un milímetro de tregua hasta el final de sus días. A comienzos de 2020, volvió a Boca y se dio el gusto de ser campeón, superando a River en la fecha final, a 10 días del inicio de la horrenda pandemia. Al retornar la actividad, nunca logró reencontrar el rendimiento y dejó el cargo en septiembre de 2021, para marcharse al Al-Nassr de Arabia Saudita.
En 2023, Rosario Central, su segunda casa, lo recibió una vez más, y nuevamente hubo fiesta, con la obtención de la Copa de la Liga, en la final ante Platense. La eliminación a manos de Fortaleza en los octavos de final de la Copa Sudamericana, marcó el final de la era auriazul. Poco tiempo después, llevó su calma y experiencia al afiebrado momento de San Lorenzo, donde logró atemperar los ánimos, llegando hasta la final del Clausura 2025.
Ya su estado de salud era un rival complejo. Que se agigantaba cada día más. De manera sorpresiva, recibió el llamado de Juan Román Riquelme, para ocupar el lugar que había sido de Fernando Gago y con la inmediatez de tener que dirigir el Mundial de Clubes en los Estados Unidos durante los primeros días de junio del 2025. La eliminación en primera rueda, estaba dentro de los planes, pero el no poder vencer al modesto y amateur Auckland City, no. En el ámbito local, la cosa no fue mucho mejor, sumado a la decadencia física que se hacía evidente.
Como futbolista, una de las características más destacadas de Russo, era que no se entregaba jamás. Esa voluntad, también se la transmitió a sus dirigidos, en más de 35 años, casi ininterrumpidos, de trayectoria como entrenador. Con esa tenacidad que luchaba cada pelota en la mitad de la cancha, peleó contra la enfermedad. Dolía verlo muchas veces, con un frágil estado de salud dentro de una cancha, pero ese fue su ámbito. Se fue Miguel Ángel Russo. Caen, sobre todo, lágrimas Pinchas, Canallas y Xeneizes. Pero el mundo del fútbol argentino, se suma en la despedida a un hombre respiró fútbol hasta el último día de su vida.