Enviado especial

 

Stella Maris se levantó temprano. Fue a desayunar con el cuadro de su hermano Hugo, fallecido en Malvinas. Hasta partir, lo tuvo en su falda. Los 78 kilómetros entre Stanley y Darwin fue callada, mirando por la ventanilla. Y cuando llegó, encaró antes que nadie los 150 metros de un sendero de piedra que conduce al ingreso del cementerio.

 

 

Caminó presurosa entre las tumbas. No encontraba la lápida. Hasta que le indicaron dónde se encontraba. Se le humedecieron los ojos y se arrodilló para abrazar la cruz. Todos a su alrededor lloraron. La imagen fue verdaderamente desgarradora. Desde el sábado que pisó la Isla, Stella Maris quería estar ahí. Fueron 36 años desde que le comunicaron la muerte.

 

 

Una carta que había preparado para el momento la leyó en voz alta. La escena resultó tristísima. Había mucho dolor que empezaba a salir. A sus 59 años, esta posibilidad de llegar a la tumba de quien fue su hermano compinche parecía algo imposible. Este miércoles estaba ahí, frente de sus ojos.

 

 

El grupo de veteranos sanjuaninos trató de consolarla. Era imposible. Un mar de lágrimas corrían por sus mejillas ya rojizas. Y luego vino el silencio, el estar frente a su tumba, dejarle en la lápida el cuadro que trajo de San Juan y envolverle en la cruz una bandera argentina.

 

 

Se alejó sólo para las fotos de rigor que se sacó la delegación. Luego volvió, siempre volvió. Y estuvo hasta el último minuto. Quería estar un poco más, todo el tiempo que fuera posible. Habían pasado casi dos horas y seguía ahí.

 

 

En tanto que los 15 veteranos recorrieron cada tumba, quebrándose cuando encontraron compañeros caídos en la guerra o soldados de la misma promoción. Abrazos, palmadas en la espalda y alguna palabra para doblegar el dolor fue un remedio casero que se multiplicó entre el grupo.