Fuerza de voluntad y pasión son dos cualidades que no le faltan a Ezequiel Ferro, el cordobés que hace pocos días hizo cumbre en el cerro Mercedario, convirtiéndose en la primera persona sorda en conseguir esta hazaña a 6.770 metros de altura.
“Me dio una gran emoción”, compartió el andinista con DIARIO DE CUYO al referirse a su primer sentimiento al llegar a la cima de la montaña ubicada en Calingasta. Ferro tiene 42 años, es guía superior de trekking, recibido en el Instituto Superior Arturo Umberto Illia de Carlos Paz, y practica montañismo desde hace 16 años.

En 2023 intentó por primera vez llegar a la cima de la montaña, considerada por su altura el cuarto pico de América, pero las condiciones climáticas no acompañaron. Fuertes vientos, nevadas y precipitaciones hicieron imposible cumplir la meta y debió descender de urgencia tras sufrir congelamiento en las extremidades, lo que motivó su internación durante algunos días para lograr su recuperación.
Hoy, tres años más tarde, Ezequiel, junto a Sebastián Mastrapasqua, también guía del ISAUI, regresó a la montaña y coronaron la cumbre en siete días, precisamente el 11 de enero. Fue a las 18 horas cuando dieron el último paso hacia la cima.
No permanecieron mucho tiempo, ya que aún les quedaban varias horas de regreso y poca luz solar para el descenso.
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Era noche cerrada cuando regresaron hasta La Ollada, el campamento ubicado a 5.880 metros, después de cinco horas de caminata. Estaban cansados, pero el esfuerzo había valido la pena y la alegría era inmensa.
Ferro considera que la clave para completar la hazaña fue la perseverancia y adelantó que su meta más grande es “conquistar todos los picos de más de 6500 de la cordillera de Los Andes”, ya que además del Mercedario, lo consiguió en el más alto de todos, el Aconcagua (6.962 mts), no una, sino tres veces. El Everest también ronda en su cabeza.

En 2016, después de tres intentos anteriores, completó por primera vez el desafío en el pico más alto de América, al que llegó en solitario, es decir, sin mulas, guía ni porteadores de altura, convirtiéndose en la primera persona sorda de Latinoamérica en lograrlo.
“Eran las 16.30 del 13 de enero. Enseguida planté las dos banderas, de Argentina y de Córdoba. No pude contenerme emocionalmente porque me largué a llorar durante unos 10 minutos ininterrumpidos”, declaró por entonces al diario Los Andes el andinista que, por entonces, además integraba el equipo argentino de fútbol para sordos.

