Por Celeste Roco Navea

Desde la vereda de una reconocida calle de Santa Lucía se puede percibir que detrás de la primera puerta de rejas el hogar de Irma Lepe guarda más que recuerdos familiares. Aquella casa en la que vivió siendo una niña y en la que hoy aun habita en su interior custodia una historia, la de una vida que fue sufrida, sacrificada, con mucho dolor, pero también con mucho aprendizaje, resiliencia y valor. En ATTTA San Juan (Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros) hay unas 150 personas asociadas, de las cuales solo cinco superan los 60 años. Irma es una de ellas.

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Según su DNI, nació en 1965 y tiene 62 años, pero en confianza comenta entre risas que tiene “un par de años robados”, ya que la inscribieron cuando rondaba los 8 años. Nació en el seno de una familia con una madre de carácter fuerte, dura como un roble; y con un hermano con el que siempre tuvieron diferencias. Desde pequeña comenzó a darse cuenta que sus intereses no eran los mismos que los niños de su edad. Mientras muchos jugaban a la pelota, a Irma le gustaba vestirse de mujer, que es como se siente.

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Con solo 12 años y una inocencia intacta se animó a decirle a su madre que era homosexual. “Cuando le conté a mi mamá me partió una silla en la espalda y me corrió de la casa”, comenta Irma, recordando que aún tiene en su poder aquella silla que con el paso de los años dejó de cumplir su función.

En aquel entonces no había familiares que la cobijaran y le brindaran un techo seguro, ya que desde antes de verbalizar su elección la habían hecho a un lado. “Yo me daba cuenta. Mi madre salía a trabajar en las cuadrillas y dejaba a mi hermano con familiares, pero a mí no. Un día le pregunté volviendo de la casa de unos parientes por qué lloraba y me dijo ‘porque nadie te quiere’. Eso me quedó para siempre”.

Las realidades en el San Juan del 1970-1980 eran distintas a las que se perciben ahora y eso Irma lo sintió cuando se encontró sin casa y sin el apoyo de su madre. Tuvo que valerse por sí misma, pero jamás dudó ni por un segundo en dejar de lado su ser y su sentir.

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Siendo una niña comenzó a trabajar en distintas casas limpiando, lavando, planchando, cuidando niños, logrando su primer alquiler a los 13 años. Irma recuerda que la señora que le alquiló en aquel entonces le pidió que mintiera. Si alguien preguntaba, era familiar, ya que aún era menor de edad.

Sobre esa época Irma recuerda que las recomendaciones para el trabajo doméstico prácticamente le salvaron la vida, ya que de esa manera lograba tener dinero para sobrevivir. En otros ámbitos la discriminaban, no la aceptaban pese a todas sus virtudes, solo por ser una mujer trans.

“A mi se me notaba y nunca lo tapé. Siempre me demostré tal cual soy. Algunos me decían que tenía de disimular, pero no tengo por qué disimular si soy así. Me gusta, me hago cargo y siempre le hice frente a los insultos. No voy a presentarme de una manera para después ser de otra. Quien me acepte, lo tiene que hacer por como soy”, asegura con convicción.

Tres amigas trans de mayor edad fueron las primeras guías en un mundo que era desconocido para Irma. Ella sabía que en su interior no se sentía identificada con su género de nacimiento, pero le restaba mucho por descubrir. Los cuidados, los peligros, la noche, lo que implicaba ser trans en aquel momento.

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A los 18 años su madre la buscó. Estaba enferma y buscó en Irma alguien que la cuidara y acompañara, sin embargo la relación ya se había roto. Irma volvió a su casa, pero ya no era aquella niña a la que golpearon con una silla por manifestar una elección, sino una mujer que se valía por sí misma, que trabajaba y cuidaba mucho su imagen. Incluso asegura que, si bien tuvo sus veladas donde daba la “vuelta del gato”, como dice ella, para tener unos pesos extras, lo hacía con precaución ya que lo que menos quería era que su madre se enterara y eso le valiera quizás una paliza peor. Estuvo al lado de su madre hasta que falleció.

Por elección Irma decidió no conformar una familia. Asegura que no fue porque le hayan faltado candidatos sino porque se priorizó por sobre los demás. Sin embargo, durante su vida no faltaron las tristezas, desilusiones y maltratos, pero asegura convencida que cada episodio vivido le sirvió para tener más fuerzas de continuar.

La soledad, que la acompañó durante largas décadas comenzó a cambiar gracias a las chicas de ATTTA. Verónica Araya, principal referente de la asociación es hoy en día una de las compañías más presentes en la vida de Irma. Entre risas comenta que ella es de la época colonial, y gracias a ATTTA supo que había más personas que habían vivido historias similares; conoció a chicos trans descubriendo un universo distinto; e incluso se enteró sobre la expectativa de vida de las personas trans, que ronda entre los 30 a los 40 años. “Yo lo ignoraba la verdad”, asegura.

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Irma junto a Verónica Araya

En la asociación encontró contención, unión y familia. Apoyo para los momentos complejos y compañía para las tardes de silencio.

Hoy, a punto de cumplir 63 años, Irma reconoce que en el pasado le hubiera gustado haber tenido “un poquito más de inteligencia” para sacarle provecho a la juventud. Lo que ella no ve aun es que tuvo la inteligencia suficiente para salir adelante, para trabajar siempre desde la honestidad, siendo en la actualidad una persona sumamente recomendada por sus ex patrones como por la gente que actualmente la contrata. Tuvo la inteligencia suficiente para dejarse ayudar cuando se encontró al borde del abismo y para rechazar los encantos detrás de los vicios que la podrían haber perdido y perjudicado.

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“Hay muchas cosas que no me gustaría haber vivido, pero también pienso que, si no hubiera vivido esas cosas insólitas, terribles, no me habría dado el coraje para afrontar la vida. Si yo tuviera que nacer de nuevo haría todo igual, no me arrepiento de nada”, reflexiona Irma, una de las mujeres trans más longevas de San Juan y parte de la memoria viva de la comunidad.