Por Rosendo Fraga - Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría
Por Rosendo Fraga - Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría
La guerra desatada en Medio Oriente afecta al mundo, pero América Latina es una de las regiones menos involucrada en ella. Los países de la OTAN, Europa, Estados Unidos, Medio Oriente y las naciones árabes en particular, son los más comprometidos en la contienda. Pero ello se va extendiendo a la zona del Cáucaso y la OTAN.
Pero esto no implica que las consecuencias económicas generadas por la guerra no puedan afectar a la región. El aumento de los precios del petróleo y el gas licuado afectan a determinados países, pero también es cierto que ninguno de los más grandes de América Latina, como Brasil, Argentina y México, tienen hoy un abastecimiento de combustible que por ahora se ve afectado por el incremento de precios que se ha generado.
La región está lejos de los puntos claves del conflicto, como es el Estrecho de Ormuz, por el cual pasa aproximadamente el 20% del petróleo que consume Europa, y de los países productores en el Golfo Pérsico que encabeza Arabia Saudita. Está claro que está guerra no aumenta el riesgo político y económico de América Latina, y ello en sí mismo es positivo, ya que la guerra tiende a extenderse a otros países y regiones en forma creciente.
También es lo que está sucediendo con la duración de la misma, cuando ya el presidente Trump ha anunciado que durará entre cuatro y cinco semanas, al haberse cumplido la primera. No ha surgido ninguna iniciativa diplomática en la región convocando a negociaciones de paz ni ha sido llamada la OEA para analizar el problema. La misma región ha asumido una posición pasiva, quizás para no quedar entre el apoyo a Estados Unidos y el régimen iraní de los ayatolas. Cabe recordar que sólo dos países de América Latina -Argentina y Paraguay- se sumaron a los treinta y cinco del Consejo para la Paz lanzado por Trump para organizar la reconstrucción de Gaza.
El debilitamiento de los aliados de Rusia en la región es claro. Por un lado, ha perdido a un aliado firme que era económicamente el más importante de América Latina: Venezuela. Por el otro, tiene en problemas a Irán, cuya alianza se mantiene pese a la guerra, pero con pocas o nulas posibilidades de apoyarlo.
En la región, además del cambio de régimen en Venezuela, parece aproximarse otro en Cuba, histórico aliado de Irán en las últimas décadas. Venezuela no necesitaba petróleo y en gran medida por eso pudo subsistir hasta la intervención militar estadounidense. Pero Cuba, al igual que media docena de islas-estado del Caribe, sí precisan el petróleo barato de Venezuela, que ahora han perdido. La situación económica de Cuba se ha agravado sustancialmente con el cambio de régimen en Caracas y la guerra en Medio Oriente, que ha obligado a Irán a suspender el apoyo en petróleo a la isla. Trump dijo cuando analizó ante el periodismo el conflicto en Medio Oriente, que lo logrado en Venezuela era lo "ideal" también para Irán: un cambio de régimen. También dijo que Cuba sería el próximo país en caer bajo su órbita.
Esto juega un papel importante para el régimen cubano. La idea de negociar con un interlocutor, como sería el nieto de Fidel Castro, va ganando terreno tanto en Cuba como en la administración estadounidense. Pero también la resistencia del régimen de los ayatolas puede fortalecer al sector de la "vieja guardia comunista" cubana, que es reacia a la apertura. Es decir, la burocracia del partido comunista tiene sectores que se resisten a una negociación con Estados Unidos. Para el establishment comunista cubano, hoy aparecen dos modelos: el venezolano (negociación) y el de Irán (resistencia).
Lo que es cierto es que la capacidad de Rusia de generar algún tipo de problema o de resistencia a Estados Unidos en América Latina se ha debilitado. La "flota fantasma" por la cual Rusia elude las sanciones estadounidenses al comercio de su petróleo en el corto plazo se complica, por la convulsión internacional.
Nicaragua, con el cambio de régimen en Venezuela y el fuerte debilitamiento cubano, está perdiendo importancia como amenaza. Si la administración Trump lograra en las próximas semanas un cambio de régimen en Cuba como el que tuvo lugar en Venezuela, obtendría un triunfo político en paralelo a una guerra en Medio Oriente que al día de hoy aparece con resultados inciertos.
Es que tras sesenta y ocho años de régimen comunista en Cuba, que ninguno de los presidentes estadounidenses desde entonces haya podido precipitar un cambio de régimen en la isla, para Trump lograrlo sería un éxito que pesa más en la política interna que en la externa. Así como un curso negativo de la guerra en Medio Oriente juega en contra de Trump con vistas a la elección de medio mandato de noviembre, un cambio de régimen en Cuba lo favorece.
Mientras tanto, Brasil mantiene su neutralidad en la región respecto al conflicto de Medio Oriente. Es la posición que en general ha tenido el grupo BRICS y que ahora Brasilia -en alguna medida México hace lo mismo- la asume como estrategia propia. Entre ser una potencia regional comprometida o un actor neutral, ha optado por la segunda alternativa.