1 de noviembre de 2026 - 04:00

Del Martín Fierro: "Debe trabajar el hombre para ganarse su pan"

Por Orlando Navarro - Periodista

La filósofa e historiadora alemana Hannah Arendt, definió con claridad absoluta cuál es la "función social" que, distorsionadamente, cumple la mentira. Dijo que "la mentira continua y constante, no persigue necesariamente que la gente crea en la mentira específica, sino algo mucho más destructivo: conseguir que nadie crea en nada. Así se borra la diferencia entre la verdad y la falsedad, desaparece la distinción entre el bien y el mal y se paraliza el juicio crítico. Nadie cree en nada".

Ante esta gran verdad, la única respuesta capaz de dotar al individuo de criterio y capacidad de análisis, es la educación. Tanto de la escuela, como la recibe en esa "primera escuela" que es la casa. O sea, la educación que le dan los padres. Y a este respecto, veo muy propicio actualizar la clásica distinción entre lo que significa ser un "buen padre" o un "padre bueno". La diferencia es sideral, a poco que se tome cabal conciencia de lo que se desprende de uno y otro concepto, y quedará a criterio del lector proyectar esa concepción en las políticas públicas que aplican algunos gobernantes, o a las ideologías que estos encarnan, y practican, como si fuesen verdades sublimes.

El "padre bueno" se preocupa en la complacencia inmediata de los deseos de su hijo, con el objetivo primario de evitar conflictos. Mientras que el "buen padre" prioriza los efectos de largo plazo de sus enseñanzas, con el objetivo supremo de formar el carácter de su hijo. El primero accede a todo, con tal que el niño no llore, o entre en molestos berrinches. Al decir siempre que "si", cede a sus caprichos y posterga la necesidad de que su hijo conozca que hay límites. Que en un principio les parecerán molestos, por lo que ponen en funcionamiento, inconscientemente, la táctica, al final manipuladora, de tirarse al suelo, gritar y poner en conocimiento del padre que "lo está haciendo sufrir". El padre que cede, no es consciente en ese momento del daño que le está produciendo, pues le quita una de las herramientas fundamentales del carácter: la voluntad. Que le permitirá valerse por sí mismo y alertarlo en su capacidad de descifrar la realidad, al momento de convivir en sociedad. El resultado a largo plazo es que aquel niño caprichoso se convertirá, muy probablemente, en un hombre siempre demandante, necesitado de la ayuda externa para sobrevivir. Que está convencido de su derecho a siempre recibir. Finalmente, será un ser frustrado y condenado a vivir con el resentimiento de quien cree le cercenaron esos "derechos". Esos que el "padre bueno" le inculcó desde pequeño, como que le eran propios. Y da como resultado un ser antisociable quien, como se cree atacado en sus derechos, sale a la calle, rompe vidrieras, rompe pavimentos o asientos, y "fabrica" toneladas de piedras, para agredir a quienes está convencido lo condenan a la frustración, por la no satisfacción de sus necesidades básicas. Como son los espectáculos que estamos viendo semana a semana.

El "buen padre", por el contrario, manifiesta el cariño sobre su hijo, formándolo en la "dura" realidad de que los límites existen, lo cual formará su carácter, robustecerá esas facultades que le son innatas, como la inteligencia y la voluntad, y lo convertirá finalmente en un hombre y libre, capaz de valerse por sí mismo para satisfacer sus necesidades. Ese niño habrá conocido el valor del esfuerzo, el trabajo, el deber, el respeto a los mayores y todos los atributos que lo proyectarán con seguridad, sin miedos, en una sociedad a veces resulta difícil, hostil y amenazante.

¿Encuentra el lector alguna similitud entre estos conceptos y las políticas de distinto tono que aplican ciertos gobernantes?

Luiz Inácio Lula da Silva, reciente vencedor en la elecciones brasileñas, prometió de improviso, visto el resultado negativo de la primera vuelta, medidas como éstas: fomentar reglamentaciones a favor de multiplicar la actividad de los videos juegos, recortó las horas semanales de trabajo, anunció subsidios para las clases más necesitadas, prometió rebajar el precio de los combustibles y asegurar pasajes gratis, o sea a cargo del estado, los días sábados y domingos, para toda la población. Así como otras muy positivas, debe decirse, como fortalecer la formación de nuevos profesionales, protección a la propiedad intelectual en un sector que reúne empresas, desarrolladores y trabajadores especializados. O sea medidas, estas últimas, de alto impacto que a uno le hacen pensar si no son oportunistas, ya que tuvo tres mandatos para establecerlas a su debido tiempo y no "de apuro". Debe decirse que la medida de rebajar la carga horaria, fue ratificada por el Congreso, también por Bolsonaro, antes de la segunda vuelta. Lo cual reveló, también, un sesgo populista del candidato de la derecha, que al final terminó siendo un fiasco con su horrible desempeño en el debate con Lula, y la rápida huida del país luego de que se le quitara el pasaporte. Hay que decir que llamó la atención que más se hablara de cómo fue que entró a la Argentina, que de preguntarse cómo fue que salió tan fácil de Brasil.

Inmediatamente luego del triunfo, Lula cayó en cuenta, y así lo confesó, que algunas de sus promesas le serán de difícil cumplimiento. Por un lado, por las dificultades presupuestarias que enfrenta y por otro, quizás la más grave, que tendrá enfrente un Congreso opositor que goza de mayoría en ambas cámaras, y ante el cual tendrá que explicar de dónde sacará los fondos para cumplir con aquellas promesas. Así tal como le ocurre al "padre bueno" que debe enfrentar la insoportable realidad de tener que decir alguna vez que "no", cuando acostumbró a su hijo al "si" fácil, engañándolo con la mentira salvífica de que lo que pida le será concedido.

No resulta difícil comparar estas políticas, con las que aquí terminó aplicando el kirchnerismo, como otras corrientes de izquierda en otros países de Latinoamérica. Que finalmente terminaron por hundir en la pobreza a la mayoría de la población. Que tal vez haya sido el objetivo deseado, pues así tendría una población demandante y por lo tanto cautiva. A mi modo de ver, repitió las políticas sociales del primer gobierno de Perón, que le dieron gozar una gran popularidad, y que colapsaron en 1952, cuando el gobierno del General casi terminó de consumirse las reservas que encontró a su llegada en el Banco Central. Debió acudir a un necesario plan de estabilización que puso en cabeza de Alfredo Gómez Morales. Aquellas políticas consistieron en expansión del mercado interno y fuertes aumentos salariales, que colapsaron a raíz de una fuerte sequía, sumado a la caída de los precios internacionales de los granos, y una inusitada inflación, hasta entonces desconocida, que llegó al 39%. Perón, como consecuencia, no tuvo otra solución que recurrir a un impostergable ajuste. Paso, luego, de ser el prototipo del "padre bueno", dador y benefactor, al de un "buen padre", firme y reflexivo. Fue en ese tiempo donde dijo una verdad ortodoxa y realista: "cada ciudadano debe producir al menos lo que consume".

Pienso en cuántos problemas nos hubiésemos ahorrado, de haber persistido en el tiempo en esa postura, que no es más que llevar a la práctica una de las verdades del Martín Fierro: "Debe trabajar el hombre para ganarse su pan, pues la miseria en su afán de perseguir de cualquier modo, llama a las puertas de todos y entra en la del haragán".

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