Por Silvana Cataldo- Especialista en formación en lectura
Por Silvana Cataldo- Especialista en formación en lectura
Escribir no consiste solamente en registrar palabras. Es una actividad en la que interactúan procesos lingüísticos, motores, visuales y cognitivos. Primeramente, si escribimos a mano, debemos recordar la forma de cada letra y producir el movimiento adecuado para trazarla en la hoja. Esto supone coordinar la visión con el movimiento de la mano, controlar la presión y el desplazamiento del lápiz. Para los escritores expertos, todo esto sucede en automático mientras pensamos qué decir, a quién se lo estamos diciendo, seleccionamos palabras y organizamos ideas. El teclado simplifica parte de esa tarea. Para escribir una "a" no necesitamos reconstruir su forma: alcanza con localizar una tecla y presionarla. El movimiento necesario para producir una "a", una "b" o una "z" es prácticamente el mismo. Es más rápido y eficiente, pero la experiencia sensoriomotriz es diferente.
Un estudio realizado en 2025 en base a neuroimágenes de adultos señala que el grupo que escribe a mano involucra redes cerebrales relacionadas con el control motor, el procesamiento sensorial y distintas funciones cognitivas de una manera diferente y, en muchos casos, más extendida que en los cerebros de aquellos que escriben mediante un teclado.
La mano ayuda a aprender las letras
Estas diferencias adquieren particular importancia durante la infancia. Uno de los estudios más conocidos fue realizado por Karin James y Laura Engelhardt, de la Universidad de Indiana, con niños de cinco años que todavía no habían aprendido formalmente a leer y escribir. Los investigadores hicieron que los chicos aprendieran letras de tres maneras diferentes: escribiéndolas, tipeándolas o repasándolas.Después observaron mediante resonancia magnética funcional qué ocurría en sus cerebros cuando volvían a ver esas letras. El resultado fue particularmente interesante: después de haber producido las letras a mano se activaban regiones vinculadas con el circuito cerebral que posteriormente participa de la lectura. Esa activación no aparecía de la misma manera cuando los niños simplemente habían tipeado o calcado las letras. La explicación posible es sencilla y, al mismo tiempo, fascinante. Cuando un niño aprende a escribir una letra, no solamente aprende a reconocer una figura. Aprende un gesto.Para producir una B, una D o una P debe recorrer trayectorias diferentes. Tiene que decidir dónde comienza, hacia dónde se desplaza el lápiz, cuándo cambia de dirección. El cuerpo participa en la construcción de la representación mental de esa letra.Por eso la escritura manual en los primeros años de escolaridad es clave porque forma parte del proceso mediante el cual el niño construye representaciones estables del sistema escrito. Una revisión y metaanálisis que reunió 31 investigaciones realizadas entre 2000 y 2020, con más de 2.000 alumnos de nivel inicial y primario, encontró además efectos positivos de la enseñanza sistemática de la escritura manual sobre la fluidez de la escritura. Por esta razón, el papel, el lápiz y el libro impreso son herramientas indispensables en la primera infancia.
Escribir menos obliga a pensar más
En los adultos aparece otro fenómeno interesante.Quien toma apuntes en una computadora puede registrar muchas más palabras que quien escribe a mano. Sin embargo, escribir a mano tiene enormes beneficios para los adultos: dado que las manos se vuelven más lentas, y posiblemente no alcancen a escribir todo (por ejemplo durante una clase en la universidad), esto obliga al cerebro a seleccionar, sintetizar, relacionar y reorganizar la información. Un artículo publicado en Educational Psychology Review en 2024 reunió 24 estudios sobre estudiantes universitarios. Los resultados mostraron una aparente paradoja: quienes tipeaban producían una cantidad considerablemente mayor de apuntes, pero quienes tomaban y revisaban notas manuscritas obtenían, en promedio, mejores resultados académicos. En estos casos, la escritura deja de ser una simple forma de almacenamiento y se transforma en una herramienta para pensar.
¿Pantallas vs. papel?
En 2024, investigadores de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología agregaron otra pieza a este rompecabezas. Registraron con electroencefalografía de alta densidad la actividad cerebral de 36 universitarios mientras escribían palabras a mano con un lápiz digital o las tipeaban. Encontraron patrones de conectividad entre regiones cerebrales mucho más extensos durante la escritura manual. El estudio tuvo enorme repercusión porque sus autores relacionaron esas redes con procesos importantes para la memoria y la codificación de nueva información. Pero también recibió críticas científicas que conviene atender: el experimento comparaba actividad cerebral, no aprendizaje efectivo, y la condición de tipeo utilizada era bastante artificial. Por eso no podemos concluir simplemente que una mayor conectividad equivale automáticamente a "aprender más". Entonces, no se trata de elegir entre papel y pantalla. Vivimos en tiempos de posibilidades y el desafío consiste en saber qué tecnología utilizar para cada proceso cognitivo. Para escribir un informe extenso, corregir versiones, trabajar colaborativamente o comunicarnos rápidamente, una computadora ofrece ventajas indiscutibles. Para tomar algunas notas, organizar una idea, estudiar un concepto o aprender las primeras letras, el papel puede ofrecernos otras.
Esto vale tanto para los niños como para los adultos. A medida que dejamos de escribir listas, agendas, cartas, diarios personales y apuntes, la escritura manual va quedando limitada a situaciones cada vez más excepcionales. Y no solamente estamos cambiando el soporte sobre el que escribimos: estamos modificando el conjunto de acciones que acompañan al pensamiento. Quizás por eso todavía muchos adultos, los que nos formamos antes del aluvión de pantallas, sentimos la necesidad de tomar un papel cuando queremos entender un problema complejo, dibujar flechas entre conceptos, hacer una lista de ideas, rodear conceptos y definiciones o escribir una palabra en el margen de la página de un libro No es necesariamente resistencia tecnológica. Es que, a veces, pensamos también con el cuerpo. Y no se trata de ejercitar la "caligrafía". El valor de volver al hábito del lápiz y el papel está menos en "hacer letra" que en recuperar situaciones en las que la mano acompaña procesos de atención, memoria, selección y elaboración.