30 de agosto de 2026 - 04:00

Estatistas, liberales y anarcocapitalistas

Por Carlos Salvador La Rosa - Sociólogo y periodista

El presidente Javier Milei parece estar absolutamente convencido de que su gobierno revertirá el último siglo de decadencia y recuperará, ahora de modo permanente pero actualizado, al viejo país liberal. Puede ser, ojalá que lo sea. Pero hasta ahora en su gestión conviven dos actitudes contradictorias porque liberalismo y anarcocapitalismo no son lo mismo, y casi siempre son opuestos.

La más esperanzador de Milei es lo que tiene relación con esas tres metas que desde siempre se fijó, que son eminentemente liberales en el mejor sentido del término: la austeridad, el superávit y la inflación cero. La austeridad implica ser medido con el gasto público siempre y en todo lugar. El superávit indica que no se debe gastar más de lo que se tiene. Y la inflación cero (o casi) es la utopía de todo argentino que no le roben nunca más la plata que tiene en su bolsillo, no mediante el hurto de una parte de sus billetes, sino desvalorizándolos todos, haciendo que cada vez pueda adquirir menos bienes con el mismo dinero.

Si el mileismo impone esos tres objetivos y los incorpora definitivamente en la cultura política y económica argentina como Alfonsín lo logró con la democracia republicana que sobrevivió a su creador hasta la fecha, todos sus deméritos serán secundarios. Porque habrá acabado con la cultura económica que el kirchnerismo no inventó, pero llevó al extremo. La que se basó en tres principios: el subsidio, el déficit y la inflación como los modos centrales de distribución social. A Milei la gente lo votó para que viniera a cambiar de raíz ese falso distribucionismo que, paradójicamente, mientras más nos daba, más pobres nos hacía.

Pero el problema es que el presidente es, ideológicamente, una vertiente muy desviada del liberalismo clásico. Ser dispendioso hace que el Estado se endeude para gastar por encima de lo que el país produce. Pero hacer mal el ajuste conduce a no gastar en cuestiones imprescindibles que, en el futuro, al no haberlas hecho hoy, traerán más costo político y económicamente hasta pueden salir más caras que haberlas hecho cuando se debió hacerlas.

Para el liberal clásico el Estado es la nación jurídicamente organizada, para el anarquista es un mal, el refugio de la casta, algo que debe desaparecer. En la lógica de Milei, él está adentro del Estado para que mañana no haya más Estado, para socavarlo desde dentro. En todo caso, el Estado, como máximo, debe ordenar las coordenadas macroeconómicas, pero no mucho más. Bajar los beneficios de ese esfuerzo a la sociedad, no es un tema del gobierno, sino de la libre competencia entre privados. Del redistribucionismo estatal irracional, pasamos ahora a una sociedad que se pretende sea manejada enteramente por el mercado.

Es que el anarcocapitalismo, aparte de no querer bajar los beneficios del progreso a la sociedad ya que por su concepción teórica piensa que esa es una cuestión entre privados, tiene un defecto aún peor; que, aunque quisiera bajar los beneficios no sabe cómo hacerlo porque no esté en su caja de herramientas teóricas. Por lo cual, de seguir así estamos condenados al ajuste infinito.

El estadista, el político de verdad es aquel que desde el Estado piensa en la Nación. Pero en la Argentina actual no tenemos estadistas, sino estatistas que creen que el Estado es la Nación versus anarquistas que creen que para que exista Nación no tiene que existir Estado. El estadista, el político de verdad es aquel que desde el Estado piensa en la Nación. Pero en la Argentina actual no tenemos estadistas, sino estatistas que creen que el Estado es la Nación versus anarquistas que creen que para que exista Nación no tiene que existir Estado.

El estadista, el político de verdad es aquel que desde el Estado piensa en la Nación. Pero en la Argentina actual no tenemos estadistas, sino estatistas que creen que el Estado es la Nación versus anarquistas que creen que para que exista Nación no tiene que existir Estado. El liberalismo integral, en cambio, implica construir una república pletórica de instituciones y de controles para que la sociedad pueda desenvolverse con la mayor libertad posible, pero con reglas claras establecidas legal y culturalmente. Los estatistas son corporativos y subsidiadores. Los anarquistas creen que cada uno debe salvarse por sí solo porque consideran a la ley de la oferta y la demanda sin traba estatal alguna, como la institución social que siempre conduce al triunfo de los mejores. Lo cual es falso de toda falsedad. Para la democracia más larga y más desarrollada del mundo, la norteamericana, es tan importante que el mercado sea el motor principal de la economía, como que las leyes antimonopolios sean la garantía para que la libre oferta y demanda no conduzca, como conduce inevitablemente sin control estatal y social, a la máxima concentración, al gobierno de los más ricos, más poderosos e inescrupulosos. Contrariamente, el anarcocapitalismo de derecha que defiende Milei estimula la formación de monopolios porque no considera que impliquen la eliminación de la competencia sino el triunfo de los más capaces para competir. Una paradoja colosal del anarcocapitalismo: que quien sea capaz, a través de la libre oferta y demanda eximida de toda regulación estatal, de acabar con todos sus competidores, es el que mejor supo competir. O sea, el monopolio es la fase superior del liberalismo, para el anarcocapitalista.

El estatismo, donde se lo aplicó, fracasó siempre. El liberalismo bien aplicado, fue la base económica y cultural del triunfo de los países capitalistas desarrollados de Occidente. En la Argentina, en cambio, nos encontramos ante lo opción de volver a lo que siempre funcionó mal al arriesgarnos a experimentar algo que nunca funcionó porque jamás nadie lo aplicó.

Por lo tanto, Milei se enfrenta, y nos enfrenta a los argentinos, a una crucial encrucijada histórica: Si el presidente opta por anteponer los grandes principios del liberalismo a su dogma anarcocapitalista, tiene grandes posibilidades de que la vaya bien. Sino deberemos incluirlo en la larga lista de los fracasados.

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