Por Orlando Navarro - Periodista
Por Orlando Navarro - Periodista
En la última asamblea de la Fundación Faro, el presidente Milei volvió a sostener como fundamento de su gobierno "la moral como política de Estado". Destacó, entre otras cosas, que "las reformas y la batalla cultural están basados en principios éticos y valores judeocristianos, por encima de las acciones meramente utilitarias o de conveniencia política"
Para Milei, el liberalismo y el libre mercado no solo son económicamente eficientes, sino que "son los únicos que aseguran a los individuos el respeto irrestricto por la vida, la libertad y la propiedad privada".
Por información recabada a los fines de esta nota, ya varios países han adoptado doctrinas de "Estado moral", con políticas basadas en marcos éticos, aunque con enfoques ideológicos muy distintos.
En China, por ejemplo, se aplican códigos morales dirigidos en primer lugar a la lealtad partidaria, el civismo y el patriotismo. Pero dentro de un Estado como se sabe autoritario, de partido único y libertades restringidas.
En Estados Unidos, se incorporó la moralidad para el ejercicio de su política exterior, pero con los reparos que suelen despertar esas políticas en su aplicación práctica. Y gobiernos de tradición democrática como los del Reino Unido, Canadá, Dinamarca y Singapur utilizan el comportamiento ético y las ciencias del comportamiento, para guiar las políticas públicas.
A su vez, existen países donde el Estado está íntimamente ligado a la religión o a marcos dogmáticos absolutos, como las teocracias islámicas, donde la moral religiosa se traduce directamente en la legislación nacional.
No obstante, en el debate político y académico internacional, se advierte que los "Estados morales" absolutos, corren el riesgo de transformarse en regímenes adoctrinadores e ideologizados. Esa, en apretado resumen, es la experiencia recogida de las administraciones que someten sus políticas públicas a la moral. Donde nada está garantizado en orden a la pureza de sus intenciones, siendo que quienes las llevan a cabo son hombres, no ángeles.
En la alocución referida, Milei enfatizó que luchar contra el socialismo y la "justicia social" es un deber ético, "ya que el Estado violenta continuamente el principio de no agresión y fomenta la inmoralidad del robo mediante los impuestos".
Para él, el término "justicia social", en sí mismo plausible, ha sido utilizado por gobiernos populistas para subordinar a los ciudadanos a los supuestas beneficios de lo que se dio en llamar "el estado presente". O sea, un fin moralmente aceptable, pero deformado en la realidad por la voracidad de ciertos políticos que pusieron por encima de la gente sus privilegios y beneficios. Como resultado, Estados poderosos, que para colmo generalmente son autoritarios, suelen tener, como contraparte, una población mayormente pobre, y demandante, pródiga en necesidades insatisfechas.
Siguiendo a Milei, sostuvo que con la transparencia de la gestión "se busca establecer una superioridad ética frente a administraciones anteriores, reduciendo el gasto y la discrecionalidad en el manejo de los fondos públicos".
Sin embargo, para varios analistas e historiadores, con estos propósitos sobre la soberanía de la moral en las políticas de estado, se abre el riesgo de imponer un "Estado moral" único, que puede derivar hacia el dogmatismo, recordando que la historia argentina ha tenido episodios conflictivos bajo premisas similares. Muchas atrocidades, sostienen, se cometieron en nombre de lo que para la autoridad de turno era lo que moralmente correspondía.
El filósofo israelí Avishay Margalit, advertía sobre la necesidad de prestar atención al compromiso manifestado por determinado gobierno con la dignidad humana. Se hacía preguntas lógicas e inquietantes a la vez: ¿es que el gobierno discrimina o maltrata sistemáticamente a ciertos individuos o grupos sociales, insultándolos o relegándolos en la distribución de beneficios? O ¿cómo es que se relaciona con los más viejos, con los más jóvenes, con los más vulnerables? ¿Y cómo se desempeñan las burocracias frente al público? En otro orden, también se preguntaba: ¿Existen grupos que deben suplicar por el reconocimiento de sus derechos? ¿Cómo se vincula el gobierno con los desvalidos y los enfermos?
Lo expuesto por este filósofo, cobra especial relevancia en estos momentos, con relación a determinadas políticas de este gobierno, que estarían en aparente conflicto con esas preguntas y que tienen que ver con su rechazo, declamado, a los principios de la "justicia social", porque ésta no es posible aplicarla sin financiamiento. De algún lado deben salir los fondos y esa es la cuestión. Ya está visto que no se la puede hacer "combatiendo al capital". Lo que se debe combatir es la pobreza.
En mi opinión, la moral debe ejercerse, antes de declamarse. En cierto punto me agrada que el gobierno se fije como objetivo ejercer su poder bajo premisas morales. Eso es esperable de todo gobierno, y sus funcionarios incluidos. De ese modo, se pone a sí mismo un límite muy alto frente al escrutinio de la población, que ya está saturada de tantos espectáculos ligados a la corrupción. Pero, a la vez debe surfear contra las torpezas y probables hechos de corrupción generados por alguno o algunos de sus propios funcionarios, y queda sometida a la conocida sentencia del que "no solo hay que ser, sino parecer". Con lo cual se desdibuja su apelación a la moral, como eje de gobierno. Se corre el peligro de romper esa especie de contrato establecido sobre todo con sus votantes, quienes en su mayoría expresaron su hartazgo con los manejos de administraciones anteriores.
Hechos recientemente aparecidos a la consideración pública como los de Adorni e Insaurralde, que se suman a la infinidad de casos de los cuales ya la gente común hasta ha perdido la cuenta, hacen que el reclamo de decoro, honestidad y transparencia en el manejo de la cosa pública, sea un sueño o una ilusión que aparenta disolverse entre las manos.
Me viene la memoria aquella frase de Carlos Menen: "Cuando se retire alguien que te estuvo hablando de moral y buenas costumbres, ponete a contar los cubiertos". No es gratis calzarse los zapatos de ser intachable, y prometerlo, para después mostrar la hilacha, porque a lo mejor no fallaste en lo personal, pero sí cualquiera de los que te acompañan. Y éstos son tantos, que se torna imposible de controlar esa pulsión que existe en cierta gente por quedarse con dineros públicos.
Algunos indicios avalan el propósito moral de este gobierno. La suspensión de la obra pública, más la desregulación o desarme de varios de los llamados "kioscos" de la burocracia, que son resortes aptos utilizados tradicionalmente para cometer actos de corrupción, parecen ir en ese sentido. Al menos así ha justificado la anulación de esas partidas y que, como en el caso de la obra pública nacional, ha sido motivo de varios reproches, sobre todo de gobernadores e intendentes.
De modo que es todo un desafío esa vara tan alta que le ha impuesto Milei a su gobierno. Es de esperar que no quede solo como una expresión de buenos propósitos.
¿Y si empezamos con votar la famosa ficha limpia, que el gobierno y aliados propusieran y fracasara el año pasado en el Congreso? Sería un principio, sólido y capaz para que la sociedad comience a creer en sus gobernantes y se consolide la democracia.