La bendición de las seis esculturas históricas de la Iglesia Catedral de San Juan, realizada el sábado pasado, no fue solamente una ceremonia religiosa. Fue, ante todo, un acto de reparación de la memoria y una señal de que el patrimonio de una ciudad puede recuperar su lugar cuando existe voluntad para preservarlo.
Las imágenes, fundidas en hierro en Francia en 1870, acompañaron durante décadas la fachada de la antigua Catedral hasta que el terremoto de 1944 obligó a retirarlas. Desde entonces atravesaron distintos destinos y permanecieron alejadas del edificio al que originalmente pertenecieron. Su regreso al frente de la Catedral actual, concretado durante 2025, permitió recomponer una parte significativa de la historia arquitectónica y religiosa de San Juan.
San Marcos, San Lucas, San Juan Evangelista, San Mateo, San Juan Bautista y San Pedro no son simples ornamentos. Son testimonios materiales de una época, piezas que sobrevivieron a una de las mayores tragedias sufridas por la provincia y que, pese al paso del tiempo, conservaron la capacidad de vincular a las generaciones actuales con aquella ciudad que el terremoto transformó para siempre.
Por eso resulta especialmente significativo que su restauración haya exigido un trabajo minucioso. La exposición a las condiciones climáticas, la oxidación y antiguas intervenciones habían deteriorado las superficies metálicas. La recuperación de la pátina de cobre, la eliminación de materiales agregados con posterioridad, la estabilización estructural mediante soldaduras y anclajes químicos y la aplicación de una protección adecuada al ambiente sanjuanino permitieron devolverles dignidad y, al mismo tiempo, garantizar su permanencia.
La bendición encabezada por el arzobispo Jorge Lozano, al término de la misa del sábado 29 de agosto y en coincidencia con la conmemoración del martirio de San Juan Bautista, agregó una dimensión simbólica a la recuperación. El templo no solamente volvió a exhibir parte de su pasado: volvió a integrarlo a su presente.
Y ese presente plantea ahora un nuevo desafío. La anunciada intervención de la plazoleta lateral, con el recambio del piso, la recuperación del espacio público y la instalación de las antiguas linternillas metálicas restauradas, puede convertirse en una oportunidad para que la Catedral dialogue todavía más con la ciudad. Abrir ese ámbito a ceremonias, actividades culturales y otras propuestas vinculadas al templo significa entender el patrimonio no como una pieza inmóvil, sino como un espacio vivo.
Recuperar patrimonio no consiste únicamente en conservar objetos. Consiste en recuperar relatos, identidad y pertenencia. San Juan perdió buena parte de su patrimonio en 1944; cada pieza que regresa es, de algún modo, una pequeña victoria contra el olvido.
La Catedral recupera sus esculturas. Ahora corresponde que la ciudad las haga parte de su memoria cotidiana.