Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora
Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora
Ayer fue el Día del Estudiante, pero ¿qué supone ser estudiante en la actualidad? Nuestras aulas han experimentado un giro notorio y, en muchos aspectos, desafiante. Existen factores que se repiten y que, al parecer, seguirán formando parte de la historia de la educación: estudiantes que llegan con realidades familiares, económicas y emocionales diversas, con experiencias y condiciones de vida que inevitablemente influyen en sus trayectorias educativas. Pero, junto a estas circunstancias que históricamente han acompañado a la escuela, aparecen también otros factores emergentes, propios de un profundo cambio de época. Son jóvenes atravesados por la tecnología, la inmediatez, las redes sociales, la multiplicidad de estímulos y nuevas formas de comunicación. Han crecido en un mundo donde la información está disponible de manera permanente. En medio de todo esto comprenderlos requiere, por lo tanto, abandonar ciertas miradas simplistas y preguntarnos qué está ocurriendo con sus aprendizajes, sus vínculos y su manera de relacionarse con el conocimiento y sobre todo el mundo que los rodea.
En este escenario aparece, además, una generación que suele ser caracterizada coloquialmente como "generación de cristal", expresión utilizada para referirse a jóvenes considerados más sensibles frente a la frustración, la crítica o los límites. Sin embargo, sería injusto reducirlos a una supuesta fragilidad. La sensibilidad no es necesariamente una debilidad. Puede ser una característica de una época en la que la exposición permanente, la comparación social y la comunicación digital generan nuevas experiencias emocionales. El verdadero desafío educativo consiste en acompañar esa sensibilidad sin eliminar la exigencia, enseñando también a tolerar la frustración, perseverar, equivocarse y volver a intentar.
Los aportes de las neurociencias han permitido comprender que aprender no consiste únicamente en recibir información. La atención, la emoción, la motivación, la memoria, el descanso y los conocimientos previos intervienen en los procesos de aprendizaje. Esto invita a repensar algunas prácticas educativas y a comprender que los estudiantes pueden necesitar estrategias diferentes para acceder al conocimiento. No se trata de reemplazar la lectura, la escritura o el estudio sistemático, sino de diversificar las propuestas para lograr aprendizajes significativos.
En este punto, el celular ocupa un lugar central. Es, al mismo tiempo, una herramienta y una barrera. Puede permitir acceder a información, consultar fuentes, producir contenidos y desarrollar determinadas actividades educativas. Pero también puede convertirse en un obstáculo para la atención sostenida. Las notificaciones, las redes sociales y el consumo constante de contenidos breves pueden dificultar la concentración necesaria para leer un texto extenso, resolver un problema matemático o sostener una reflexión profunda. Por eso, el desafío no consiste simplemente en prohibir el celular, sino en enseñar a utilizarlo. Una educación para esta nueva generación debería formar estudiantes capaces de distinguir información de conocimiento, de evaluar la confiabilidad de una fuente, de administrar sus tiempos y de comprender que no todo aquello que aparece en una pantalla merece inmediatamente su atención.
Los resultados de PISA también son fundamentales al momento de revisar la acción educadora, ya que la escuela continúa teniendo una responsabilidad irrenunciable en la construcción de aprendizajes básicos. La tecnología puede acompañar, pero no reemplaza al docente; las nuevas metodologías pueden enriquecer, pero no sustituyen el esfuerzo para alcanzar lo que se propone como mérito personal.
Los nuevos estudiantes necesitan una escuela que pueda comprender el tiempo que les toca vivir sin quedar atrapada en ello, y a su vez nuestros estudiantes necesitan familias que acompañen este proceso fundamental en la escuela y con el docente. Necesitan tecnología, pero también libros; espacios para expresarse, pero también límites; comprensión, pero también exigencia. Tal vez el verdadero desafío de la educación actual no sea decidir si los estudiantes cambiaron, porque evidentemente lo hicieron, sino preguntarnos qué debemos cambiar nosotros como adultos para acompañarlos sin renunciar a enseñarles a pensar, aprender y crecer.
Ayer, 21 de septiembre, celebremos a quienes, con esfuerzo, perseverancia y tenacidad, eligen continuar el camino de sus estudios hasta alcanzar sus metas. Pero que esta celebración también sea una oportunidad para mirar a quienes, por diferentes circunstancias, han dejado un banco vacío y quizás también han dejado de soñar con su propio futuro. Que la escuela y el hogar de cada alumno, pueda ser para ellos un lugar al que siempre sea posible regresar; un espacio donde volver a encontrar una oportunidad, una palabra de aliento y alguien que les recuerde que nunca es demasiado tarde para retomar un sueño, detrás de cada estudiante hay una historia, y detrás de cada historia existe todavía una ilusión por construir.