POLÍTICA INTERNACIONAL
POLÍTICA INTERNACIONAL
Por Claudio Fantini - Periodista y Politólogo
"De mí, MacArthur puede decir lo que quiera, pero no del presidente de los Estados Unidos". Así resumió Harry Truman su decisión de destituir al general cuyas proezas en la II Guerra Mundial y en la Guerra de Corea habían convertido en un prócer viviente. El entonces jefe de la Casa Blanca había entendido que si no destituía a Douglas MacArthur por sus desplantes y desobediencias a la cadena mando, sentaría un precedente antidemocrático: el excesivo poder de los militares sobre el poder civil.
Entender eso implica entender también que la investidura presidencial impone límites a los mandatarios. Esos límites comienzan por el trato respetuoso a los demás y por la actuación apegada al mandato conferido por la sociedad, sin confundir su rol de mandatario con el de un soberano que decide lo que le plazca y trata a los demás como se le antoja.
A esta altura de la historia, la democracia está siendo atacada por líderes mesiánicos que denuestan públicamente a sus adversarios y críticos, incluidos gobernantes extranjeros.
Ningún otro presidente norteamericano habló tanto en primera persona atribuyéndose supuestos logros y victorias, como lo hace Donald Trump. Ningún otro menospreció a sus antecesores como hizo el magnate neoyorquino. Nadie en el Salón Oval tomó tantas decisiones arbitrarias y dijo tantas barbaridades como el líder ultraconservador. Y nadie como Trump expuso tan abiertamente su desprecio a la institucionalidad democrática que aún resiste sus esfuerzos por diluirla.
Lo más parecido a Trump no está en la política de los Estados Unidos, sino en Latinoamérica. El ejemplo actual es Javier Milei y los inmediatos anteriores son Jair Bolsonaro y Hugo Chávez, éste último el único que logró poner en disolución la institucionalidad de su país.
Milei y Bolsonaro son de los pocos que continúan siendo admiradores de Trump. El presidente argentino quedó incluso a contramano de casi todas las democracias occidentales y demás gobiernos del mundo, al alinear el país con el jefe de la Casa Blanca en su guerra contra Irán.
Las democracias noroccidentales tomaron distancia de una guerra que consideran ilegal. Canadá, Reino Unido, Francia, España, Italia, Alemania y los estados nórdicos cuestionaron duramente no haber sido consultados por Trump en la decisión de atacar a Irán. Hasta la derechista italiana Giorgia Meloni tomó distancia y cuestionó que él y Benjamín Netanyahu iniciaran la guerra que está dañando la economía global.
La misma posición adoptaron otras democracias como Australia y Japón. Sólo los quintacolumnistas de Vladimir Putin en la Unión Europea, el húngaro Viktor Orban y el eslovaco Robert Fico, apoyan todo lo que haga Trump, mientras que en Latinoamérica su más incondicional y ferviente admirador es Milei.
Lo era desde antes que Trump lo salvara del colapso financiero al que se aproximaba y de la derrota que anunciaban las encuestas en las elecciones de medio término.
Milei es de los pocos que no ven al jefe de la Casa Blanca como un ególatra con rasgos psiquiátricos, un arrogante impresentable que colecciona denuncias de abusos sexuales y en cualquier momento puede ser acusado de pedofilia. Alguien con instinto absolutista a quien las encuestas muestran deleznado por una amplia mayoría de norteamericanos que está inundando las calles con manifestaciones oceánicas rechazando sus apetencias monárquicas.
Meloni es duramente conservadora, pero es inteligente y mira con lucidez lo que está a la vista. Eso implica entender que el régimen iraní es mesiánico, dictatorial, ferozmente represivo y desestabilizador de Medio Oriente, pero que eso no implica que Trump calibrara bien lo que causaría la guerra en curso. Se entiende que los israelíes quieran destruir una teocracia oscurantista que nació proponiéndose borrar del mapa a Israel, pero los norteamericanos no sienten lo mismo.
Trump veía al régimen iraní como una serpiente a la que si le cortan la cabeza muere; pero descubrió que es una hidra, el monstruo de la mitología griega que tenía nueve cabezas y por cada una que le cortaran le nacen dos.
Israel conoce esa naturaleza porque la experimentó con Hamás. Asesinó a su fundador Ahmed Yassin y Abdulaziz Rantisi ocupó su lugar. También fue asesinado Rantisi y lo mismo ocurrió con las subsiguientes cabezas de Hamas, de las cuales dos de las últimas fueron Ismail Haniye y Yahya Sinwar.
Lo mismo hizo con Hezbollah. Israel cortó tres cabezas: Subhi al Tufayli, Abbas Musawi y Hassán Nasrallah. Pero Hezbollah sigue arrastrando al Líbano en sus guerras, ahora encabezado por Naim Qassem.
Si Trump hubiera sabido esa naturaleza en la teocracia persa no se habría involucrado en este conflicto. O tal vez quiso ser Hércules, el héroe mitológico que tras estrangular al León de Nemea mató a la Hidra de Lerna, en la segunda de las doce hazañas encomendadas por el rey Euristeo.
Esta guerra comenzó con la muerte de Alí Jamenei pero el régimen generó otra cabeza. Lo mismo ocurrió con todas las cabezas que le cortaron al aparato militar. Por eso Trump muestra ansiedad por hallar una salida. Esa ansiedad lo hace dar marchas y contramarchas que exhiben negligencia y desesperación por no quedar como lo que más detesta y con lo que hace bullyng a sus críticos: un perdedor.