20 de septiembre de 2026 - 04:00

Minería: de la licencia social a la pertenencia

Por Maximiliano Aguiar - Sociólogo. Dirige MAYA Comunicación y Acierto Consultora

En agosto de 2003 les preguntamos a los sanjuaninos qué tipo de provincia era San Juan: agrícola, minera, industrial, de servicios. El 15% respondió que minera. Repetimos la pregunta en junio de este año: más del 60%.

Conviene detenerse en ese número, porque no dice lo que parece. No estamos midiendo si a la gente le gusta la minería. Estamos midiendo cómo se define a sí misma. La opinión cambia: se mueve con una noticia, con un mal trimestre, con una elección. La identidad no. La identidad se resiste, tarda, y cuando se mueve se queda movida. Lo que pasó en San Juan en estos veintitrés años no es un cambio de humor social. Es un cambio de identidad, y es enorme.

También está incompleto.

San Juan fue históricamente una provincia terminal. Nadie pasa por acá camino a otro lado: o venís, o no venís. Mendoza tiene el paso a Chile, Córdoba está en el medio de todo. Nosotros somos destino o no somos nada. Eso, que parece un dato de geografía, nos constituyó culturalmente. Donde llega poca gente, el que llega es primero un desconocido y recién después, si acaso, un vecino. Escuchamos a alguien hablando en otro idioma y codeamos al de al lado.

De ahí sale un marco de lectura que tiene décadas: el que viene de afuera se lleva lo nuestro y deja poco en el terruño. No es una tontería ni un prejuicio gratuito. Es lo que aprende una sociedad que efectivamente vio irse cosas.

Y ahí está el problema. En veintitrés años cambió el producto, no el rol. Antes se llevaban uva y cebolla; ahora, mineral. San Juan sigue siendo el lugar del que se saca algo. Mientras ese rol siga intacto, cualquier cosa que llegue se va a leer igual, y la discusión pública va a volver siempre al mismo lugar: si conviene o no conviene, si dejamos o no dejamos. Es la conversación que se tiene sobre algo ajeno.

Por eso creo que el concepto de licencia social quedó corto. No está errado: está incompleto. Una licencia es un permiso. Se otorga por un plazo, se vence, hay que renovarlo, y lo da alguien que está fuera de la relación. Nadie pide licencia social para un proyecto agrícola, aunque use agua y use tierra. La agricultura no pide permiso porque hace mucho que es de acá.

Un invitado que se queda unos días en casa pide permiso para abrir la heladera. El que vive ahí no lo pide. No porque tenga más derechos, sino porque pertenece. Esa es toda la diferencia, y no es poca: la pertenencia saca el examen permanente.

Nadie pide licencia social para un proyecto agrícola, aunque use agua y use tierra. La agricultura no pide permiso porque hace mucho que es de acá. Nadie pide licencia social para un proyecto agrícola, aunque use agua y use tierra. La agricultura no pide permiso porque hace mucho que es de acá.

La pertenencia no es un deseo abstracto: ocurre. Ocurre en zonas mineras de Canadá y ocurre en el sur del Perú, donde la actividad forma parte de cómo la gente se describe a sí misma, mientras que en otras regiones del mismo país, con el mismo mineral y la misma ley, sigue siendo algo que apenas se tolera. La diferencia no está en la geología ni en el monto de la inversión. Está en si la sociedad llegó a considerar esa actividad como propia.

Se puede verificar, además, y tiene dos direcciones. Una es que entre gente: talento, inversión, empresas y profesionales que elijan San Juan. Esa mitad viene ocurriendo, y no por casualidad: la empujan el precio internacional del cobre, los incentivos nacionales a las grandes inversiones, decisiones provinciales que alentaron esa llegada y una sociedad que en veintitrés años dejó de leerla como algo ajeno. La otra dirección es que salga conocimiento: soluciones pensadas acá que se usen en otros lugares y en otros rubros. Esa mitad no tiene todavía ninguno de esos motores, y es la que convierte a una provincia terminal en un lugar por donde las cosas circulan.

No lo resuelve un solo actor. Hace falta política pública que entienda el arraigo como capacidad instalada y no solamente como empleo y proveedores. Hacen falta empresas que dejen de estar cerca y empiecen a ser de acá. Y hace falta una cultura dispuesta a aceptar que del que llega se aprende, y que lo aprendido se puede vender afuera.

Dentro de diez años no deberíamos estar midiendo si San Juan es una provincia minera. Esa respuesta ya la tenemos. Deberíamos estar midiendo cuántas minas del mundo funcionan con algo que se pensó acá. El día que esa respuesta no sea cero, nadie va a hablar de licencia social. No porque hayamos ganado la discusión, sino porque va a ser una discusión sin sentido.

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