Por Silvana Cataldo- Especialista en formación en lectura
Por Silvana Cataldo- Especialista en formación en lectura
La etapa de la adolescencia se ha extendido en los últimos años y los adultos perciben a los jóvenes como desorientados, con poca claridad acerca de su futuro, en comparación con generaciones anteriores que tenían más certezas. Hoy, a los jóvenes les cuesta independizarse, trazar planes a largo plazo, o elegir y terminar sus estudios. Sin embargo, una investigación, publicada el 26 de agosto de 2026, realizada por la Walton Family Foundation en asociación con Gallup (Voices of Gen Z Study, indaga las experiencias, actitudes y aspiraciones de la Generación Z en Estados Unidos y descubre varios puntos que requieren análisis. En este estudio, participaron 1.758 adolescentes y jóvenes escolarizados de entre 14 y 19 años, encuestados entre el 22 de mayo y el 9 de junio de este año. El 80% de los estudiantes cree que tiene un futuro brillante por delante, pero no creen tener las herramientas para afrontarlo. Contra una representación bastante extendida sobre una generación desencantada, el resultado de este estudio indica que los adolescentes siguen esperando cosas buenas de la vida. Tienen aspiraciones, intereses, deseos. El problema aparece cuando deben responder otra pregunta: ¿cómo transformar aquello que deseo en algo que cada uno pueda construir?
La multiforme apariencia del futuro
Durante décadas, imaginar el futuro estuvo asociado a una secuencia bastante reconocible: terminar la escuela, estudiar una carrera, conseguir un trabajo estable, independizarse, formar una familia, comprar una casa. No todos podían recorrer todos los pasos de ese camino, por supuesto, pero existía como representación social de aquello que significaba progresar. Para los adolescentes actuales, ese horizonte es mucho menos lineal. Las profesiones cambian, aparecen trabajos que pocos años atrás no existían, la inteligencia artificial modifica actividades y competencias, las relaciones laborales se transforman y los recorridos formativos se multiplican. Al mismo tiempo, conviven universidad, formación técnica, cursos breves, emprendimientos, trabajos independientes y aprendizajes que se producen fuera de las instituciones tradicionales.
Gallup encuentra precisamente allí una brecha entre jóvenes y adultos. La mayoría de los estudiantes recibe orientación sobre la universidad, mientras que son mucho menos frecuentes las conversaciones sobre formación técnica, certificaciones, empleos que no requieren un título universitario o la posibilidad de emprender. Incluso entre quienes no planean ir a la universidad, las alternativas reciben comparativamente poca atención por parte de los adultos que los acompañan. Quizás deberíamos preguntarnos, entonces, si cuando un adolescente dice que "no sabe qué quiere hacer" realmente no tiene deseos o sueños para su futuro o simplemente no logra traducirlos al lenguaje con el que los adultos esperamos escucharlos. Tal vez no pueda nombrar una profesión, pero sí sepa que quiere tener autonomía, trabajar en algo que le interese, crear, viajar, disponer de tiempo, ayudar a otros, vivir en determinado lugar o participar de algo que considere valioso. Eso también es empezar a construir un proyecto.
La dificultad está en que ninguna generación adulta puede hoy entregar a los más jóvenes un mapa confiable de los próximos veinte años. Simplemente porque tampoco nosotros conocemos ese territorio. Pero de esa incertidumbre no se desprende que debamos renunciar a prepararlos. Todo lo contrario. El gran desafío hoy no es preparar a los jóvenes para "el futuro", sino ayudarlos a desarrollar habilidades para construirlo. Y estas herramientas son clave para ser en el mundo de hoy: la agencia (la capacidad de tomar decisiones y producir un impacto en nuestro entorno); el autoconocimiento; la adaptabilidad; la mirada crítica; y la capacidad de trazar un propósito para cada cosa que emprendemos.
La búsqueda de ese futuro deja entonces de ser simplemente "tener éxito" o "conseguir trabajo". Es la construcción progresiva de una respuesta a tres preguntas mucho más profundas: quién quiero ser, qué puedo aportar y qué vida considero valiosa. Y ningún adolescente construye esas respuestas solo
El rol fundamental de los adultos
Aquí aparece otro de los grandes hallazgos del estudio de Gallup. El 79% de los estudiantes dice tener en la escuela algún docente u otro adulto que lo alienta a perseguir sus metas y sueños. El 71% cuenta con alguien que regularmente se interesa por saber cómo está y el 70% con un adulto que reconoce sus talentos e intereses. La proporción baja al 63% cuando se pregunta si existe alguien que lo ayuda a pensar caminos futuros adecuados a sus capacidades. Es decir que aproximadamente tres de cada diez estudiantes no sienten que haya en la escuela un adulto que reconozca particularmente sus talentos o que se interese regularmente por cómo están. No es un dato menor. Porque acompañar no significa decidir por ellos. Tampoco repetir mecánicamente "vos podés hacer cualquier cosa que te propongas". A veces la intervención de un adulto consiste en algo mucho más concreto: advertir una capacidad que todavía no ha sido reconocida, formular una pregunta, acercar una oportunidad, señalar un interés persistente o ayudar a conectar aquello que un adolescente hace hoy con algo que podría hacer mañana. El estudio muestra que los estudiantes que encuentran sentido en lo que aprenden, pueden poner en juego sus fortalezas, construyen vínculos y sienten pertenencia, también muestran mucha más confianza respecto de su preparación para el futuro. El futuro, en ese sentido, también se construye en relación con otros.
Lejos de poder mostrarles un camino, el nuevo rol que debemos asumir como adultos es acompañar a los adolescentes, escucharlos y ayudarlos a desarrollar capacidades para intervenir sobre aquello que les toque vivir.