Por Claudio Fantini - Periodista y Politólogo
Por Claudio Fantini - Periodista y Politólogo
Los británicos "tenemos con Estados Unidos todo en común, excepto el idioma". Como si parafraseara aquella la lúcida ironía de Oscar Wilde en El Fantasma de Canterville, se atrevió a decir en el escenario político norteamericano las razones por las que hoy los gobiernos del Londres y Washington parecen hablar en idiomas diferentes.
Muchos en el Reino Unido y en Europa no podían creer que fuese ese rey insípido quien dijera ante el mismísimo Donald Trump todo lo que ese personaje arrogante y narcisista detesta que le digan.
Algunos hasta se habrán pellizcado para verificar que no fuera un sueño. Y efectivamente, no lo era. Quien cuestionaba las posiciones del magnate neoyorquino en materia de cambio climático, vínculo transatlántico, guerra Rusia-Ucrania, futuro de la OTAN y Caso Epstein, entre otras cosas, era Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor, monarca del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y soberano de los otros catorce reinos que integran la Commonwealth.
En la célebre novela de Wilde, el fantasma de Sir Simon Canterville expresa la flemática aristocracia británica, mientras que la familia Otis, llegada desde un país sin aristocracia ni linaje, representa un mundo moderno que no sentía miedo por la presencia espectral que buscaba atemorizarlos, sino que, por el contrario, les causaba gracia.
Carlos III parafraseó en términos de significado la idea expresada por el poeta y dramaturgo de la era victoriana, pero no para resaltar la diferencia entre una alcurnia perezosa y una modernidad impertinente como el cuento aludido, sino para mostrar la diferencia entre la visión geopolítica del actual líder norteamericano y la de los demás miembros de la OTAN, así como también la diferencia abismal entre el modelo iliberal que encarna Trump y la democracia liberal que defienden las centroizquierdas y centroderechas europeas.
Lo que más le interesó remarcar al monarca británico en Estados Unidos, es el deber moral de ayudar a Ucrania frente a la guerra criminal que le impuso Rusia.
El discurso del rey dejó en claro que Trump aleja a Estados Unidos de sus aliados europeos, rompiendo un vínculo histórico que ha sido exitoso en términos militares, económicos y políticos. No lo dijo, pero se deduce que Trump lo hace por identificarse ideológicamente con el asesino serial que habita el Kremlin, igual que las ultraderechas quintacolumnistas de Rusia que intentan destruir la UE desde adentro.
Carlo III dijo todo lo que dijo con elegancia británica, tono amable y discretísimos toques de humor. Que lo haya aplaudido de pie la totalidad de los legisladores demócratas y buena parte de los republicanos, fue una señal clara del éxito que tuvo su forma de plantear el mensaje de las democracias liberales europeas.
Donald Trump estaba coucheado para no mostrarse tal como es frente al rey. Hasta tuvo que responder con humor de buenos modales los cuestionamientos que, con tanta elegancia, Carlos III le había planteado en el Capitolio: "felicitaciones, lograste que te aplaudan los demócratas, algo que yo nunca consigo".
De ser por su propia naturaleza, Trump lo habría tildado de "perdedor" o, como le respondió a la periodista que, tras el atentado en el Hilton, le preguntó lo que pensaba del manifiesto que escribió el autor del fallido atentado acusándolo de "violador, pedófilo y traidor". No gritó ni gesticuló, pero dijo a Norah O'Donnell que es una persona horrible. "Estaba esperando que leyeras porque sabía que lo harías, porque sois gente horrible", disparó a sangre fría sobre la periodista.
Como fuere, las tres palabras con que Allen cargó lo que suponía su epitafio, fueron disparadas con excepcional puntería sobre la de por sí deteriorada imagen de Trump.
La historia norteamericana está plagada de magnicidios y de intentos fallidos de magnicidios. Un racista mató a Abraham Lincoln por haber abolido la esclavitud e impedido que el sur se separe para mantener la mano de obra esclava en sus plantaciones; veinte años más tarde, por una presunta deuda política Charles Giteau mató al presidente James Garfield y otras dos décadas más tarde, en el amanecer del siglo 20, un anarquista asesinó por razones ideológicas al presidente William McKinley.
A pesar de las conclusiones de la Comisión Warren, el asesinato de JFK dejó la sospecha de que se trató de una conspiración interna, hipótesis que se reforzó cuando, tres años después, asesinaron a su hermano y heredero político Robert Kennedy en Los Ángeles.
Los dos intentos de asesinato que tuvieron por blanco a Gerald Ford entran en el rubro "locos sueltos" (en ese caso locas sueltas, porque ambos fueron perpetrados por mujeres). Y en ese casillero está John Winkley, quien hirió a Reagan en el mismo hotel donde Allen intentó sin éxito el primer magnicidio colectivo de la historia.
El atacante del Hilton erró dos de los objetivos que se había planteado: masacrar altos funcionarios y morir baleado por los cientos de agentes encubiertos y guardaespaldas que se encontraban en el salón de la cena de corresponsales. Pero la munición verbal con que cargó su "manifiesto" impactaron donde tenían que impactar: el Talón de Aquiles del presidente que constituyen las denuncias de agresiones sexuales que tenía antes de entrar a la Casa Blanca, su servil funcionalidad a Vladimir Putin y su oscuro vínculo con Jeffrey Epstein.
Trump sintió el impacto sobre su imagen pública, de por si manchada por sus vilezas y arbitrariedades, además de negligencias como la que lo extravió en Oriente Medio, donde el régimen iraní, como dijo el canciller alemán Friedrich Merz, lo está "humillando".