19 de julio de 2026 - 05:45

We play Rocky

Por Diego Castillo - Secretario de Redacción DIARIO DE CUYO

Entre tantas repeticiones de goles, reels de jugadas increíbles, resúmenes de partidos con música épica y declaraciones de superestrellas del fútbol, de golpe aparece, sin algoritmo que lo justifique, el primer tráiler recientemente lanzado de "I Play Rocky". Ahí freno el escroleo. ¿Por qué las redes me están mostrando esto? ¿Qué tiene que ver una producción de cine anunciada para noviembre próximo con la euforia previa a la final del Mundial que se disputará esta tarde en Nueva York? Hago un ejercicio de memoria, repaso apenas por encima toda la saga del boxeador que creó Stallone, y me cae la ficha: ¡Messi es Rocky! ¡La Scaloneta es Rocky! ¡Argentina es Rocky! Yes people, we play Rocky.

Cuando Sylvester Stallone tenía 29 años sentía que ya no tenía horizonte. Con los bolsillos llenos de pelusas, rebotaba de no en no como actor, le cerraban decenas de puertas por la parálisis parcial de su rostro y su dicción complicada. Entonces, en lugar de dejarse aplastar por el desánimo, escribió en tres días y medio el guión de una película y salió a buscar plata y pantalla. Lo que siguió es historia conocida. Rocky, el film en cuestión lanzado en 1976, aparentemente contaba la vida de un boxeador, pero en el fondo ponía en el ring la moral y la épica del ser humano versus la adversidad y el leviatán del fracaso.

Por supuesto, era la propia historia de este actor golpeado la que latía en esas 115 páginas vivas. Un tipo que apenas si tenía dónde dormir con su familia pero que creía tenazmente en la dignidad. Sly se empecinó ante la maraña de productores y realizadores que visitaba. Él, aseguraba, iba a ser el protagonista de esa película. Pero en Hollywood nadie daba dos pesos por él y su cara torcida, aunque reconocían que su guión era un diamante. Le ofrecieron demasiada plata por los derechos y para que desistiera de protagonizar el film. Llegó a rechazar hasta un millón de dólares, dice el mito, a fin de mantenerse en su convicción de "ser" Rocky en la pantalla, pese a que hacía poco había tenido que aceptar doscientos dólares por aparecer en una peli porno soft para tener algo para poner en la heladera.

Volvamos entonces al escroleo. Entre Messi y Messi, me aparece un anuncio de la Amazon MGM Studios que muestra íntegro el primer recorte de I Play Rocky, la biopic sobre el actor nacido en los rincones marginales neoyorquinos. A esta nueva producción la dirige Peter Farrelly y la protagoniza Anthony Ippolito, un actor neoyorquino de 26 años que estaba tan empecinado en interpretar a Stallone en este proyecto, que grabó en su casa videos haciendo de Rocky a la perfección y bombardeó a los encargados de casting, decidido a pelear hasta el último round por el papel.

Empiezo a sospechar que el algoritmo no es tan zonzo como creemos. Que, entre miles de goles, abrazos, lágrimas y estadísticas, haya decidido colar precisamente el tráiler de I Play Rocky no parece una casualidad. Tal vez entendió antes que yo cuál era la verdadera historia que estaba viendo.

Aquí me viene, por ejemplo, un carrusel de frases de Lionel Scaloni luego de la épica victoria 2-1 sobre Inglaterra en la semifinal. "Son guerreros. Nunca dejan de creer y nunca dejan de competir", sentencia sobre sus dirigidos. En la placa siguiente: "Este equipo saca lo mejor cuando lo ponen contra las cuerdas". Sospechosa analogía boxística, pienso, y sigo pasando el dedo. Aparece un post con la imagen de Messi todo transpirado y, sobre él, el entrecomillado: "Nadie nos regaló nada. No le debemos nada a nadie".

Imagino entonces a los más aguerridos de la Selección en el rol de boxeadores. En esta esquina, Cuti, Ota, Paredes, el Caballo González, el Motorcito De Paul y su reemplazo como titular en el campo de la semi, Giuliano Simeone, el poderoso chiquitín que domó a los Tres Leones como si fueran gatitos de peluche. Lo de Giuliano es increíble. Corría 2023 y, postrado en una cama de hospital con la tibia y el peroné fracturados, le prometía solemnemente a su familia que iba a sobreponerse a la adversidad y que iba a jugar el Mundial de 2026. “Les digo que me acompañen hasta la muerte, que vamos a ir al Mundial”, escribió entonces en un grupo de Whatsapp. Le siguieron cinco meses de lucha, kinesio, esfuerzo, contención psicológica y, sobre todo, resiliencia. Al igual que Stallone, y luego como Rocky, el hijo del Cholo encontró el éxito sólo después de la caída, el dolor y el amargo vacío de la incertidumbre.

En ese cuadrilátero hipotético con los luchadores de la Scaloneta de un lado, ubico en la otra esquina a la antiargentinidad que vienen erigiendo personajes como Álvaro Morales, periodista de ESPN México, quien no pierde oportunidad de decir que los árbitros juegan para Argentina. O Gary Neville, el exfutbolista inglés que también proclama que la Scaloneta sólo gana por “ayudas” externas. O el enjambre de influencers y comentaristas en redes que divagan entre un supuesto favoritismo de la FIFA hacia Messi, un VAR programado para favorecer a la Selección y un complot para “arreglar” este Mundial a conveniencia del actual campeón. Versiones, todas, analizadas por el prestigioso sitio Chequeado como simple conspiranoia sin sustento.

Claro, nuestros Rockys de celeste y blanco no son, como sí el personaje original de Stallone, desafortunados que buscan redención ni Davides que salen a la cancha con hondas y piedras a desafiar Goliates. Son campeones del mundo. Son estrellas en sus ligas. Son históricos con plena conciencia de su valía. Son, por así decirlo, más similares a Rocky 2. Lo cual no los hace menos luchadores. Pelean contra otros titanes, contra distracciones, contra sus propias dudas e imprecisiones. Y logran, como el gran Balboa castigando a Creed sobre el final, levantarse de la lona, remontar a veces resultados inverosímiles y, como sucedió con Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra, usar los últimos minutos de oxígeno para imponer su estirpe de campeón.

Por estos días y sobre todo hoy, en el umbral de la final-finalísima del Mundial 2026 contra la disciplinada España, el “nadie nos regaló nada” y el “saca lo mejor contra las cuerdas” de sendos Lioneles sobrevuelan y atraviesan la idiosincrasia argentina. Representan la historia de un país que cada tanto debe sacudirse el polvo y volver a levantarse pese a todo, pese a los demás, pese a sí mismo.

Rocky nunca fue la historia de un boxeador. Fue la historia de alguien que se negaba a aceptar la derrota antes de tiempo. De alguien que seguía de pie cuando todos lo imaginaban en el suelo. Quizás por eso, entre tantos goles y videos virales, el algoritmo decidió sugerírmelo justo ahora. Porque, al fin y al cabo, eso es lo que hace esta Selección desde hace años. Y porque, si el Mundial fuera una película, nadie podría discutir quién interpreta hoy el protagónico: yes, people, We play Rocky.

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