En el mapa educativo del país, han aparecido en los últimos tiempos las escuelas de alto rendimiento, con antecedentes en establecimientos educacionales estadounidenses y alemanes, y más recientemente en japoneses, para el descubrimiento de "niños talentosos” denominación actual del chico "superdotado” o "genio”. Son alumnos pequeños con un coeficiente intelectual por sobre 132, lo que revela una categoría de alto rendimiento o inteligencia eficiente.

En esos establecimientos para beneficiar a los educandos se los une a otros de menor nivel cognitivo pero destinado a favorecer la sociabilidad y la sana convivencia. La estrategia pedagógica se encuentra en planificar en forma diversa sin que ninguno note la diferencia, por ejemplo: en primer grado los niños talentosos sacan porcentajes, mientras que sus compañeros sólo alcanzan a distinguir qué productos hay en un carrito de supermercado.

Como dato curioso se ha citado un joven de 18 años que concluyó sus estudios de contador en un año y diez meses y actualmente se encuentra en Harvard. Esto nos habla más allá de los niveles intelectivos, de la capacidad operativa en un mercado sociocultural de elevada competitividad.

Cabe finalmente la pregunta si la eficiencia, que es el rendimiento, se le une a la eficacia que es la satisfacción y si esos niños y jóvenes no habrán quemado etapas de maduración, las que al final de la vida pueden significar éxito o fracaso.

Lo importante es que los cazatalentos no se conviertan en exportadores de cerebros sino que la personalización de la enseñanza y la recuperación de valores, aunque no tan rentables, sean premisas básicas en la educación argentina.