Por Silvana Cataldo
Especialista en formación en lectura
Durante años, leer fue una de las prácticas culturales más
extendidas y valoradas. Libros, diarios y revistas formaban parte de la vida cotidiana de millones de personas. Sin embargo, en los últimos años, diversos estudios internacionales muestran un descenso sostenido del hábito lector en adultos, especialmente de la lectura por placer. La centralidad de las pantallas, el consumo rápido de contenidos digitales y el cansancio acumulado al final de la jornada trajeron nuevos hábitos que han ido desplazando la lectura prolongada, reflexiva, silenciosa.
Este fenómeno no distingue fronteras. En distintos países, las encuestas de uso del tiempo coinciden en una tendencia: los adultos leen menos y durante menos tiempo que hace veinte o treinta años. No se trata de un problema de alfabetización (la mayoría sabe leer) sino de una transformación profunda de los modos de informarse, entretenerse y vincularse con la cultura escrita.Dentro de este escenario general, hay un grupo particularmente atravesado por esta transformación: las personas mayores de 50 años. Se trata de una generación que aprendió a leer en contextos donde el libro tenía un lugar central, que leyó para estudiar, para formarse profesionalmente y para mantenerse informada. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de estas personas se fueron alejando de la lectura.
Las razones son múltiples. Por un lado, la lectura aparece asociada al esfuerzo, a la obligación, a una etapa ya cumplida: “leer era para estudiar”, “ya leí bastante en la vida”. Por otro, las responsabilidades laborales, familiares y domésticas reducen los márgenes de tiempo disponible, y cuando ese tiempo aparece, suele destinarse a formas de descanso más pasivas o inmediatas. Así, la lectura como espacio de disfrute, exploración o encuentro queda relegada. No porque no interese, sino porque no encuentra lugar en la rutina cotidiana.
Leer después de los 50: una práctica con enormes beneficios
Paradójicamente, es precisamente en esta etapa de la vida cuando la lectura puede aportar beneficios profundos y duraderos. La investigación científica de los últimos años es clara: leer con regularidad en la adultez media y avanzada tiene impactos positivos en el funcionamiento del cerebro, en el estado de ánimo y en la salud general.
Desde el punto de vista cognitivo, la lectura estimula redes neuronales vinculadas al lenguaje, la memoria, la atención y la comprensión. Mantener estas redes activas contribuye a fortalecer la llamada reserva cognitiva, es decir, la capacidad del cerebro para compensar el paso del tiempo y retrasar el deterioro cognitivo. Leer no “cura” enfermedades, pero sí ayuda a envejecer con mayor autonomía mental.
La lectura fortalece la memoria, la atención y la reserva cognitiva en edades avanzadas.
Y eso no es todo. En el plano emocional, la lectura ofrece algo cada vez más valioso: tiempo de calidad con uno mismo. Leer reduce el estrés, mejora el estado de ánimo y permite procesar emociones a través de historias, ideas y experiencias ajenas. En una etapa en la que muchas personas atraviesan cambios vitales importantes (nidos vacíos, jubilación, redefinición de proyectos), la lectura puede convertirse en un espacio de búsqueda y construcción de sentidos.
Además, leer también es una actividad social. Compartir lecturas, comentar un texto, recomendar un libro genera vínculos, conversación y pertenencia. Algo fundamental en edades donde la soledad no deseada empieza a ser un riesgo real.
Cómo volver a leer (sin exigencias ni culpas)
Volver a leer después de los 50 no implica retomar hábitos del pasado ni enfrentar listas interminables de “libros pendientes”. Implica, sobre todo, reencontrarse con el placer.
Algunas estrategias simples pueden marcar la diferencia:
-Clubes de lectura: presenciales o virtuales, formales o informales. Leer sabiendo que habrá un espacio para conversar motiva y sostiene.
-Leer con otros: un texto compartido con amigos, familiares o colegas, aunque sea breve, abre el juego al intercambio.
-Empezar por textos cortos: cuentos, crónicas, ensayos breves. No necesariamente tenemos que empezar por una novela extensa.
-Elegir sin prejuicios: leer lo que interese, sin jerarquías. La lectura que los adultos han asociado a la responsabilidad y el trabajo, también es entretenimiento, placer.
-Integrar la lectura a la rutina: diez o quince minutos diarios pueden ser suficientes para recuperar el hábito de la lectura.
Leer después de los 50 es una decisión de bienestar, una forma de cuidar la mente, las emociones y los vínculos. En un mundo que acelera y fragmenta la atención, volver a leer es, también, una manera de recuperar un espacio personal, para conectar con nosotros mismos.

