Por Carlos Salvador La Rosa Sociólogo y periodista

Todo en la personalidad de Donald Trump habla de un sujeto desagradable y pendenciero, rencoroso y vengativo, con alma de matoncito de barrio, aunque el barrio sea del tamaño de un imperio. Ejemplo reciente de tan vulgar matonería: “No me diste el Nobel de la Paz, entonces dejo de defender la paz, jodete, jódanse”.

Sus principales políticas de gobierno son regresivas a más no poder: la influencia inevitable que sus ideas antivacunas ejercen en la opinión pública universal está haciendo que regresen enfermedades que se creían erradicadas para siempre. Sus planteos negacionistas en lo climático corren el riesgo de llevar la contaminación ambiental a niveles superlativos. Está jugando con fuego. Su política antiinmigratoria no consiste en detener la inmigración ilegal o ponerle trabas hasta a la legal, sino la persecución feroz, represiva y policial de cualquier inmigrante sospechoso (y para su política, los sospechosos son todos los inmigrantes, legales o ilegales). Ni siquiera parece ser un patriota que quiera a su país. Él solo se quiere a sí mismo: eso que prometió de la vuelta de las industrias para recuperar la prosperidad de los años 50 en el interior de los EEUU nunca lo cumplió porque no se puede cumplir. Y el aumento de los aranceles tampoco los usa para proteger su industria nacional, sino para negociar y chantajear al resto del mundo con sus pretensiones de hegemonía universal, que es lo único que le interesa.

Donald Trump sabe que, si existieran instituciones globales eficaces, sus políticas no prenderían, pero cuando lo único que predomina es el imperio de la ley de la selva, lo suyo es la mera aplicación de las prácticas de este mundo: la lógica del poder sin ley y la de los hechos consumados, que hoy son las dos únicas reglas que funcionan. Bienvenidos al Mundo Trump.

Pero lo cierto es que con él o sin él, el mundo estaba marchando muy mal. Por maldad como en el caso de Putin, o por impotencia como en el caso de los organismos internacionales o por mezcla de corrupción e ineficacia en los políticos tradicionales de casi todos los países. Nada de eso lo generó Trump, más bien se apoyó en esas tendencias negativas, para convencer de que él traía la buena nueva contra todo eso que las personas y las sociedades deploraban cada vez más, por comprensibles razones.

Aun así, Trump es un gran lenguaraz que prometió construir una muralla del tamaño de la china en la frontera entre EEUU y México para frenar la inmigración y mil macaneos similares. En cinco años es muy poco lo que hizo, salvo una enorme pirotecnia verbal, amenazas vociferantes e insultos rapaces, que los usa para luego negociar.

Una de las pocas concretas que efectivizó hasta ahora fue lo de Venezuela. Lo hizo a través de la lógica del poder sin ley y de los hechos consumados, que hoy son las dos únicas reglas con que se maneja el mundo. Pero no lo hizo estúpidamente, lo estudió a fondo. Y desnudó -mucho más que lo que destrozó- la realidad del mundo actual: “Si ninguno de ustedes tiene la respuesta frente al drama de Venezuela y los venezolanos, pues yo tengo una y estoy dispuesto a aplicarla”, insinuó y comenzó a ponerla en práctica, aunque aún no se sepa el final de su experimento.

No obstante, quizá lo más importante en términos de política internacional es que demostró con el secuestro de Maduro algo que hasta entonces no se sabía: que ni China, ni Rusia ni nadie con cuyo apoyo chantajeaba Maduro el sostenimiento de su régimen si lo atacaban, se metieron, sino que miraron para otro lado. Por lo tanto, hoy Trump se imagina que puede hacer lo mismo con Cuba (o incluso hasta con Irán) porque tampoco ninguna gran potencia los apoyaría.

Además, sabe que en un mundo con reglas lo suyo podría ser discutido desde la legalidad internacional, pero en un mundo de la ley de la selva lo suyo es la mera aplicación de las prácticas de ese mundo.

El discurso de Trump en Davos utilizó lo del secuestro de Maduro como carta de presentación para desde allí en más hacer lo que se le venga en ganas. Es que sus logros parciales en Venezuela ya los quiere ir cobrando en efectivo exigiendo que le paguen autorizándolo a convertir al mundo en Mundo Trump. Por las buenas o por las malas. Como chantajear con que si no es el Nobel de la Paz será el Nobel de la guerra, y que si quiere puede tomar militarmente ya mismo Groenlandia. Y esto es solo el principio.

Dijo sobre Groenlandia: “Apenas estamos pidiendo un pedazo de hielo. Pueden decir que sí y estaremos muy agradecidos, o pueden decir que no y lo recordaremos”. Puro chantaje mafioso a lo don Corleone. Y sobre su enojo porque no le dieron el premio Nobel sostuvo: “Ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz… ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos”. Actitud por demás miserable. Para finalizar con una proclama que no es precisamente la de un aislacionista: “Estados Unidos ha vuelto: más grande, más fuerte y mejor que nunca”.

La excusa que aduce es la de proteger su “espacio vital para defender la soberanía e integridad de EEUU” (como comprar o anexar por la fuerza a Canadá, al canal de Panamá, a Groenlandia, al Golfo de México). Idea peligrosísima por demás que en su momento gestó los peores totalitarismos Es lo mismo que piensa Putin al intentar reconstruir la gran Rusia.,

En síntesis, durante su segundo mandato Trump está volviendo a la típica idea imperial de moldear todo el mundo a su imagen y semejanza. Ya no quiere solamente hacer grande a Estados Unidos otra vez “internamente”, sino recuperar su predominio tipo imperial por todo el mundo conocido, por medios conocidos y desconocidos. Gestar el Mundo Trump.