Convocatoria para artistas: cuento de Jesús Mestre

El escritor y ambientalista mendocino comparte con los lectores una de sus obras, sobre un peligroso incendio subterráneo.

ASCUAS

Primero fueron una docena de gallinas muertas, tumbadas en los comederos, perchas y canastos. No se encontraron marcas de sangre, no se oyó ningún alboroto. Pasaron un par de semanas, y aparecieron las primeras denuncias de las familias de agricultores, sus tomates no crecen, sus chacras están vacías, la tierra no produce. Los pobladores están alertas, pero despreocupados por buscar respuestas. Adriano fue la excepción. Él, decidió escapar a los pronósticos religiosos de maldiciones o la ausencia de protección divina. Terminó su día de clases, tomó su caballo y de regreso a casa comenzó a recorrer el caserío donde los rumores dicen que pasan anomalías con el ganado y los cultivos. Descubrió también, trincheras de álamos y sauces resecas, madrigueras vacías y ausencia del trino de las aves.

Adriano llegó a casa, tostado por el sol de la siesta, sediento y cargado de preguntas. Contó a su madre lo que hizo en el camino a casa. La mujer escuchó con atención al adolescente, dejó de fregar el fondo pegajoso de la cacerola y exclamó.

—Hay que prender una vela a Deolinda Correa, La Difunta. Esta mujer Santa, nos tiene que cuidar de la “seca”.

El joven una vez más, recibió una explicación religiosa a un fenómeno del que estaba seguro que tiene más condimentos terrenales que divinos. Su sorpresa fue mayor dado que la respuesta era por parte de su madre, una mujer instruida, enóloga respetada en la localidad. Por un momento pensó que ella le hablaría de calentamiento global y cambio climático, no fue así.

El fin de semana, sin horarios que cumplir, fue el momento indicado para seguir buscando indicios. La “seca”, parece que, si es real, han pasado semanas sin lluvias, la vegetación que cubre el suelo esta débil, quebradiza, sin su color verde característico, y el aire se percibe polvoriento. Pero la muerte de las gallinas poco cuadra. La granja de la familia Escurra tiene provisión de agua de pozo y relucen llenos los silos que provee alimento a los animales. Adriano se adentró en el campo, capturó con su celular fotografías que retratan todo aquello que parece irregular. Llegó hasta la línea eléctrica, el terreno esta pandeado y los postes que brindan electricidad a los vecinos, torcidos. Quizás esto permite entender, esos reiterados cortes de luz, cada vez que llega una ventolera.

Adriano siempre sale con su fiel amigo equino, es una forma de disfrutar su tiempo libre, por eso no desaprovechó la posibilidad de hacer trotar a su caballo. Mantuvo con una mano las riendas y con la otra, sostuvo su boina tejida, comenzó a recorrer los senderos, con buen ritmo de galope. Inesperadamente, el caballo perdió el equilibrio, pues sus patas traseras se hundieron en el terreno. El joven, cayó de forma violenta, quedo aturdido, sus oídos le zumban, su mirada esta borrosa; tardó en recuperar el entendimiento. Levantó su rostro y vio a su caballo de pie con su cuerpo sucio, manchado, cubierto de cenizas. Empezó a buscar su morral de cuero para recuperar el celular, mientras lo hacía divisó humo que brotaba del suelo, se acercó hasta la zanja y pudo sentir el calor que se emana, fue en ese momento, cuando entendió que un incendio subterráneo era lo que ocasionó el colapso del terreno, sus gases afectaron a los animales, las elevadas temperaturas del suelo quemaron raíces, secaron forestales y vegetales. Adriano tenía la difícil tarea de impedir algo peor.

Montó de nuevo su caballo y se dirigió hasta el pueblo, sin saber la inminencia del próximo evento, aún más dañino. Esa tarde no era distinta a otras, el sol también quemaba, se detuvo, el retumbe de una explosión lo asustó, a la distancia pudo ver como el zepelín de gas del centro de salud ardió en llamas. Al llegar al lugar, un par de vecinos apagaban los restos de la estructura, pronto, más y más vecinos se sumaron para controlar el voraz fuego. Aprovechando la concurrencia Adriano relató lo investigado, era hora de actuar, no sólo sobre las prominentes llamas, además, era necesario comenzar a identificar los rastros del suelo incandescente y seguir el incendio, para evitar así, nuevos y mayores focos, el fuego se propaga muy rápido y crepitoso en superficie; bajo el suelo, es lento y silencioso.

Se debían recorrer cientos de hectáreas, muchas cultivadas, otras aún con monte. Algunos habitantes del poblado rural, comenzaron a evacuar las fincas, otros, decidieron quedarse para abrir picadas, cuidar su ganado y mascotas, quizás los zorros, serpientes y cuis no tuvieron la misma suerte. Llegaron bomberos voluntarios con excavadoras, cargando motosierras, picos y rastrillos. Los arroyos, aún, con escaso caudal de agua, fueron aliados. El mancomunado trabajo vecinal, permitió llegar al origen del foco incendiario, rostros tiznados pero alegres, manos callosas y sucias fueron testigo. No hubo cielo rojizo, chispas brillantes o columnas de humo espeso que alertaran. Las antiguas sangrías utilizadas para drenar las ciénegas, que luego serían terrenos cultivables, fueron alcanzadas por la quema de rastrojos y malezas, convirtiéndose en los pasadizos perfectos para propagar el calor y hacer arder lo profundo del suelo. La materia orgánica que le da su fertilidad, ahora había sido el combustible ideal. Los tractores que tiran las rastras de disco, no vinieron esta vez, a mejorar la productividad del suelo, vinieron a detener el fuego, para evitar así que regrese, encuentre yesca y tome más fuerza. Una pequeña ascua, más la negligencia humana fue suficiente para dejar al pueblo sobre un alfombrado suelo incandescente.

Breve perfil del autor

Jesús Sebastián Mestre nació en 1986 en Tunuyán, Mendoza. Es profesor de Geografía, realiza sus actividades en escuelas secundarias del Valle de Uco y en educación superior en formación docente; donde promueve acciones ambientalmente sustentables. Ha publicado dos libros, una novela breve y una antología de cuentos, además de participar en producciones colectivas.

⇒ CONVOCATORIA ABIERTA

Esta convocatoria de DIARIO DE CUYO y diario LOS ANDES está destinada a artistas sanjuaninos y mendocinos: autores de poemas, crónicas, cuentos, ensayos, historietas y cómics; y también ilustradores, pintores y fotógrafos (artísticos), quienes deberán enviar sus obras para que sean publicadas en sus ediciones web y papel; y en sus redes sociales.

Las obras deberán estar acompañadas de una breve biografía del autor y breve reseña sobre la/las obra/s a publicar. También de una foto color del autor, de frente.

Las obras literarias -cuentos, poemas, narraciones, etc.- deberán tener entre 900 y 1000 palabras.

Todo el material (textos o imágenes, reseña de la obra, biografía, foto personal y declaración) deberá enviarse en un solo correo electrónico a la siguiente dirección: [email protected]

Es requisito indispensable conocer bases y condiciones de la convocatoria de DIARIO DE CUYO, que podrán consultar en este LINK

La convocatoria de DIARIO DE CUYO y DIARIO LOS ANDES está destinada a artistas sanjuaninos y mendocinos, y tiene alcance regional

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